Stig Dagerman y la serpiente de la guerra

Se reedita oportunamente «La serpiente», donde el escritor sueco relata su experiencia en el servicio militar obligatorio. Una alegoría sobre el miedo latente al advenimiento de la guerra, muy adecuada en estos tiempos de ruido de drones en la noche.

Texto: David Valiente

 

“Lo trágico de nuestra situación actual es que, si bien puedo estar convencido de la existencia de virtudes humanas, aún puedo dudar de la capacidad del hombre para detener el holocausto que todos tememos”, escribió Stig Dagerman en un artículo de 1950 titulado ¿Creemos en el hombre? En su caso, las dudas lo derrotaron por completo porque el 4 de noviembre de 1954 a la edad de 31 años, el escritor sueco se quitó la vida aspirando el monóxido de carbono de su coche en marcha. Ese gas que inhaló resultó ser la metáfora perfecta para describir los últimos años de su vida, marcados por otros venenos para el alma, como el fracaso amoroso, la inestabilidad familiar y las constantes dificultades económicas. Su espíritu ya era viejo y su voz, casi muda, no podía expresarse con la claridad de antaño. Sin su única vía de desahogo y con la sensación de soledad en sus espaldas, el lector que lee sus obras setenta años después no puede evitar pensar que su suicidio fue la crónica de una muerte anunciada.

El agotamiento que condujo a este final funesto comenzó en una infancia no del todo fácil. Sus progenitores lo concibieron fuera del matrimonio y su madre lo abandonó a los pocos meses de nacer, dejándolo al cuidado de un padre más bien ausente. El futuro escritor creció junto a sus abuelos paternos en la pequeña población sueca de Älvkarleby. Me imagino al Dagerman niño —aún con el apellido de nacimiento Stig Halvard Andersson— contemplando cómo, en su fluir, el agua tiñe de blanco las macizas rocas, mientras su mente construye un mundo diferente al conocido hasta ahora por los humanos, uno en el cual el río no necesite luchar sin cuartel por escapar a través de los riscos.

En busca de ese ideal, el futuro escritor se acercó a los postulados anarcosindicalistas y al anarquismo humanitario. De hecho, militó en la Federación de Jóvenes Sindicalistas de Suecia (Sveriges Syndikalistiska Ungdomsförbund) y curtió su talento narrativo en un periódico de corte anarquista: el Arbetaren. Una buena parte de los críticos suecos han cuestionado los trabajos que clasifican a Dagerman como un autor existencialista —aunque resulta difícil no advertir esta constante en toda su obra. Él asumió la convicción de que ninguna ideología, por noble que se proclame, consigue liberar por completo al ser humano de la angustia de existir. Esa idea alcanzaría su formulación más conocida en el ensayo Nuestra necesidad de consuelo es insaciable, donde sostiene que ni la religión, ni la política ni el éxito personal bastan para acallar las preguntas fundamentales del individuo.

Entonces ¿a qué clavo ardiendo se puede agarra el ser humano para no caer en la desesperada apatía?; ¿qué es aquello a lo que Stig Dagerman no se pudo asir para evitar su desenlace catastrófico? La respuesta es las cosas cotidianas de la vida que, aunque simples, la llenan de contenido —“el encuentro con una persona amada, una caricia, la ayuda en la necesidad, el espectáculo de un claro de luna, un paseo a vela por el mar, la alegría que se siente por un hijo, el estremecimiento ante la belleza”—, y el impulso creativo que él perdió justo cuando las carreras literarias y periodísticas suelen empezar a tomar forma.

Stig Dagerman es uno de los escritores más emblemáticos del movimiento Fyrtiotalismen, debido a su competencia para analizar las tensiones de su tiempo sin sacrificar su identidad narrativa. La serpiente (Nórdica), concebida a partir de su experiencia en el servicio militar obligatorio, es una alegoría sobre el miedo latente al advenimiento de la guerra y cómo este consigue dominar a los grupos humanos. Ese temor queda materializado en un reptil y resulta sorprendente observar a soldados preparados mentalmente para las situaciones más extremas quedarse paralizados al contemplar su cuerpo escamoso reptando con parsimonia en la barraca del cuartel. Pero el miedo en Dagerman nunca se limita a una amenaza física. Sus personajes también temen al fracaso, a la culpa, al abandono y, sobre todo, a esa voz interior que obliga a enfrentarse a la propia conciencia.

Junto a esta interpretación, algunos estudiosos consideran que la protagonista principal de la trama no es otra que la etérea acción de esperar. En sus páginas se oyen rumores de combates; sin embargo, la catarsis de la batalla nunca irrumpe arrasando hasta con los sentimientos de angustia de los personajes. Los críticos también han destacado la influencia kafkiana en su obra, sobre todo en esa capacidad de agolpar imágenes, una detrás de otra, sin ofrecer al lector la oportunidad de asimilarlas.

Dagerman era mucho más que un periodista cultural o escritor de éxito; era también un reportero valiente, de raza y comprometido con los códigos deontológicos del oficio. Así lo demostró en 1946, cuando el periódico Expressen le envió a cubrir la situación de posguerra en Alemania. Por aquel entonces, ya se estaba gestando un relato incompleto sobre la imagen de los alemanes. Nadie ponía en duda que la carrera del Tercer Reich por el poder en el continente precipitó los hechos de la Segunda Guerra Mundial; tampoco se cuestionó su autoría en la campaña de exterminio fordista más brutal de la historia. Pero su sensibilidad supo traspasar el muro narrativo al mostrar en una serie de reportajes —hoy conocidos por el título de Otoño alemán— que la población culpable y vencida pasaba hambre y caminaba descalza entre las ruinas de los bombardeos, de la misma forma que lo hacían los franceses o los soviéticos. Fueron verdugos, pero más tarde también les tocó conocer lo que significaba ser víctimas.

Más allá del valor informativo de estos reportajes, Dagerman fue de los pocos en darse cuenta de que, además de destruir lo material, la guerra degrada la responsabilidad moral hasta el punto de que nadie termina sintiéndose responsable del sufrimiento ajeno. De ahí la desconfianza que durante toda su vida mantuvo hacia las grandes organizaciones de índole variado:

“Creo que el enemigo natural del ser humano es la gran organización, porque le arrebata la necesidad vital de sentirse responsable de sus semejantes, restringe sus posibilidades de mostrar solidaridad y amor y, en cambio, lo convierte en un agente de poder que, por el momento, puede estar dirigido contra otros, pero que en última instancia está dirigido contra sí mismo”,  (De su ensayo ¿Creemos en el hombre?

Su carrera literaria fue fructífera, pero muy breve. En apenas cinco años escribió el grueso de su producción ficcional; a partir del año 1951 solo vieron la luz algunas piezas de teatro y periodísticas, algunos prólogos por encargo y traducciones, pero ninguna nueva obra relevante. Los motivos de este progresivo agotamiento creativo son varios, aunque el más importante seguramente sea la desconfianza en sus cualidades narrativas. Paradójicamente, quien había descrito con tanta precisión los mecanismos del miedo e incertidumbre terminó convirtiéndose en una de sus víctimas. El joven periodista fue un hombre incapaz de encontrar el consuelo que llevaba años persiguiendo con la escritura, y supo transmitir esta angustia en una carta que envió a la actriz Inga Landgré:

“Ahora todo está mejor, aunque no especialmente bien. Mi vida parece haberse bloqueado y no sé cómo abrirla otra vez. Ya no puedo escribir, ni reír, ni hablar, ni leer… Al releer El lobo estepario pensé que allí tenía un pariente. Como él, pertenezco a la estirpe de quienes llevan siempre la muerte a su lado como una posibilidad. No sé por qué sigo viviendo. ¿Ves tú algún sentido?”

Estas oraciones de su puño y letra me convencen de que el joven escritor sufrió la misma atrofia anímica que cada vez más individuos adolecen. Dagerman identificó el punto exacto de no retorno: el umbral que conduce a la catástrofe personal más absoluta, pero a la vez el lugar exacto donde la acción humana cobra sentido. Por desgracia, su literatura no ofrece remedios mágicos, aunque obliga al lector a asumir que la dignidad humana nace precisamente de seguir buscando sentido incluso cuando ninguna respuesta parece definitiva. Tal vez por eso Dagerman siga siendo un autor imprescindible. Porque comprendió que las grandes catástrofes históricas comienzan mucho antes de que estallen las guerras: empiezan cuando los individuos dejan de preguntarse por el sentido de sus actos.