Arthur Conan Doyle afirmaba que se inspiró en la capacidad deductiva de un doctor que le daba clases en la universidad de Edimburgo para perfilar a uno de los detectives más emblemáticos de la historia de la literatura, aunque la sombra de Poe es alargada.

 

Texto: Sabina FRIELDJUDSSËN 

 

En 1876, Arthur Conan Doyle  (Edimburgo, 1859 – Crowborough, Reino Unido, 1930) comenzó la carrera de Medicina en la Universidad de Edimburgo, donde conoció al médico forense Joseph Bell y este encuentro iba a ser crucial para la historia de la novela policiaca. Él asegura que sería ese profesor Bell el que le inspiraría la figura de su famoso personaje, Sherlock Holmes. Explica en su apasionante autobiografía, Memorias y aventuras, cómo ese médico era capaz de saber montones de cosas de un paciente antes de que este abriera la boca únicamente fijándose en marcas anatómicas casi invisibles, aspectos de su vestimenta, su acento o cualquier detalle aparentemente insignificante al que él sacaba petróleo. Eso mismo hará el gran Sherlock para resolver los casos más intringulados.

La vida de Conan Doyle fue pura adrenalina, tal vez por eso su deporte favorito fue el boxeo, que llegó a practicar como aficionado y al que dedicó unos cuantos relatos. Su vida estuvo plagada de aventuras: embarcó de médico en barco ballenero por el Ártico, fue boxeador pero también esquiador e introdujo el esquí de fondo en Reino Unido. Practicó el automovilismo y la aeronáutica, se embarcó por África y participó en tres guerras: Sudán, Sudáfrica y Primera Guerra Mundial. Le apasionaba el ocultismo y era un patriota del imperio británico furibundo.

Como de joven andaba corto de fondos y había de ayudar a su familia, estando en tercer curso se ofreció de ayudante de médico rural. Explica en su autobiografía que un día se ausentó el médico titular y lo llamaron a él con urgencia: en un festejo se había querido disparar un viejo cañón y había estallado, con dramáticas consecuencias para la persona que se encontraba más cerca. Al llegar se encontró a un hombre con trozo de hierro incrustado en la cabeza. Tomó aire pero no mostró zozobra. Podía suceder que al arrancar el  hierro se llevarse con él medio cerebro. Pero se puso manos a la obra y aplicó todas sus fuerzas para extraer la pieza metálica. Cuando vio hueso blanco debajo y comprobó que no había llegado al cerebro dio un discretísimo suspiro de alivio.

Para redondear sus escasos ingresos de médico publicó en 1887 una breve novela de intriga titulada Estudio en escarlata. El protagonista era un investigador alto, delgado, que fumaba en pipa, bastante esnob pero con una inteligencia extraordinaria para fijarse en los más mínimos detalles de cualquier situación y llegar a conclusiones que le hacían parecer un adivino, pero guiándose siempre por la más absoluta lógica racional y científica. Un talento que, aplicado a la resolución de crímenes, lo convierte en un investigador imbatible. El éxito sorprendió al propio autor mismo y se convertiría en el primero de los sesenta y ocho relatos en los que aparece uno de los detectives literarios más famosos de todos los tiempos, Sherlock Holmes.

Sherlock Holmes, a quien en un principio Doyle tenía previsto llamar Sherrinford,​ vive en el número 221B de la calle Baker, en Londres. Es distante, incluso impertinente por momentos con el prudente Watson, tremendamente ingenioso e intelectualmente asombroso. Tiene un gran conocimiento científico, es un maestro de los disfraces, no se separa de su pipa, le encantan las galletas, toca el violín -un Stradivarius-  a horas intempestivas, practica con esmerada técnica el boxeo y consume cocaína en una solución al siete por ciento pese a las advertencias para su salud del Dr. Watson; por una vez, acabará haciéndole caso.

Se inspira en los grandes tándems literarios de la historia, especialmente en el modelo de ayudante-narrador utilizado por Edgar Allan Poe en Los crímenes de la calle Morgue para poner en marcha la sociedad Doctor Watson & Holmes. Watson es un médico leal y educado, pero con un ingenio normal y corriente que acompaña a Holmes y escribe sus aventuras con minuciosa admiración.

Conan Doyle tenía muy clara una norma en sus aventuras de Sherlock Holmes: “No basta con declarar que alguien es listo. El lector quiere ejemplos concretos”. Juega siempre a mostrar al lector la manera en que Holmes llega a sus deducciones más sorprendentes, a través de la lectura de manchas que pasan inadvertidas para el resto de la gente, arañazos casi invisibles, olores tenues o insignias que para él son libros abiertos. Hay títulos inolvidables como El perro de los Baskerville, Escándalo en Bohemia o El signo de los cuatro.

Sin embargo, Conan Doyle siempre consideró las novelas de Holmes una cosa menor dentro de su producción literaria. A él lo que le apasionaban eran sus panfletos políticos patrioteros o sus libros de ocultismo, que vistos hoy día resultan bastante indigestos.

En 1893, harto del impertinente Sherlock Holmes, decidió darle muerte en la ficción a manos de su enemigo mortal, el maligno profesor Moriarty. Sin embargo, la presión de sus lectores fue de tal calibre que debió resucitar al detective en 1902.

Conan Doyle reconoció la inequívoca influencia de Edgar Allan Poe y afirmó que “Cada uno de los relatos policiales de Poe es una raíz de donde se ha desarrollado una literatura completa… ¿dónde estaban las historias de detectives hasta que Poe sopló sobre ellas el aliento de la vida?”. Eso sí. La naturaleza vanidosa de Conan Doyle le impulsaba a dejar claras algunas cosas, desde su punto de vista, y ya en la primera historia de Holmes, Estudio en escarlata, cuando el Doctor Watson compara a Holmes con Dupin, este responde: «no hay duda de que crees que estás halagándome… En mi opinión, Dupin era un tipo bastante inferior”. Que cada uno decida qué maestro de la deducción es más grande.

Mañana, seguimos en Librújula con Agatha Christie en este repaso a algunos de los momentos estelares de la historia del género negro para prepararnos para el festival de novela policiaca BCNegra, que se inicia el 3 de febrero en Barcelona.