Libros del Asteroide reedita “Salvatierra” del escritor Pedro Mairal, una de las voces literarias latinoamericanas actuales de más talento.

 

Texto: David PÉREZ VEGA

 

Leí por primera vez Salvatierra de Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) en 2011, en la edición de El Aleph, la ya desaparecida y mítica editorial de Mario Muchnick. Es una novela corta de la que guardaba un buen recuerdo. Ya he escrito más de una vez que Pedro Mairal es uno de mis escritores latinoamericanos favoritos de la actualidad. Sin que yo se la pidiera, me enviaron Salvatierra desde Libros del Asteroide, la editorial que la reedita ahora. Ya me habían enviado, en los últimos años, sus libros La uruguaya, Una noche con Sabrina Love y Maniobras de evasión. En realidad releer Salvatierra no entraba en mis planes lectores más inmediatos, pero una vez que tuve el inesperado libro en las manos, tan bellamente editado, me apeteció volver a leerlo después de una década. Lo acabé en un solo día afortunado. No recordaba la novela en detalle, y me ha vuelto a encantar.

Salvatierra, hijo de un emigrante español, instalado en el campo argentino ‒en Barrancales, un pueblo separado de la frontera de Uruguay por un río‒, se cae a los nueve años de un caballo. Si para Funes el Memorioso, el personaje de uno de los cuentos más famosos de Jorge Luis Borges, un trance similar supuso adquirir la cualidad de recordarlo todo, para Salvatierra supondrá la mudez y la iniciación en el arte pictórico. Un arte pictórico peculiar: a lo largo de 60 años concentrará sus energías en pintar una secuencia continua sobre una tela, dividida en rollos, y que al final supondrán más de cuatro kilómetros de cuadro. Una especie de autobiografía en la que la propia figura del artista está ausente.

La novela está narrada por Miguel, el hijo menor de Salvatierra, quien junto a su hermano, Luis, dejaron el pueblo para instalarse en Buenos Aires. Una emigración que, en más de una ocasión, Miguel siente como una traición a su padre. Después de la muerte de sus padres, Miguel primero, y después Luis, se interesarán por la suerte del legado de Salvatierra, esa obra río, que descansa en un galpón de Barrancales. Los hermanos iniciarán una poco fructuosa lucha con la burocracia argentina, hasta que consigan interesar a una institución holandesa, que va a mandar a dos expertos que escanearán todo el cuadro. Para atenderlos, Miguel regresa al pueblo. Allí se percatará de que falta un rollo de la pintura paterna, el correspondiente al año 1961. Y la novela se abre al misterio y al género de detectives: Miguel necesita encontrar ese rollo ausente para completar su figura del padre, que a veces siente que le ha anulado, ya que él hubiera hecho, nos dice, todo, a la manera de Salvatierra, o nada, y la inmensidad de la obra del padre desbarató sus energías.

El libro admite muchas lecturas simbólicas: el hijo busca al padre, o se busca a sí mismo a través de la figura anuladora del padre; el campo se ha despoblado y la vida se ha trasladado a la ciudad, y la novela puede ser una metáfora de una Argentina que ha perdido sus señas de identidad; aquí está nuestro intento de apresar la vida –de recordarlo todo, como Funes- y la inutilidad final de todos nuestros esfuerzos; la continuidad, sus ciclos humanos; y puede ser leída, incluso, como un desquite del propio Mairal contra la fuerza anuladora del padre de la literatura argentina, Borges.

En esta relectura me he dado cuenta de que hay un tema en común entre Salvatierra y La uruguaya: para Pedro Mairal, el misterio, el contrabando, la trasgresión, la infidelidad conyugal, se encuentran en la otra orilla, en el país vecino. Se lo escuché al autor en una entrevista: le gusta pasar desde Argentina a Uruguay porque allí es todo muy similar a como es en casa, pero ligeramente distinto. Y en esta pequeña extrañeza se sustenta alguna de las claves de estas dos potentes novelas cortas.

Además del misterio que genera la pérdida del rollo del año 1961, existe otro elemento de tensión en la trama: el dueño del supermercado cercano al galpón, donde se guarda la obra de Salvatierra, está presionando a Miguel y a Luis para que les venda el terreno, ya que lo necesita para ampliar su negocio.

Ya he comentado, a raíz de mis lecturas, de La uruguaya, Una noche con Sabrina Love y los cuentos de Breves amores eternos, que uno de los temas de Mairal es el de la masculinidad débil, la idea de retratar a hombres inseguros de mediana edad, que están dispuestos a tirar su vida por la borda por conseguir un poco de sexo con una desconocida más joven que ellos. Esta idea también está presente, de un modo más oculto que en las obras comentadas, en Salvatierra, puesto que Miguel es un divorciado, entrado en la cuarentena, que echa de menos a su mujer y a su hijo, y siente deseos sexuales por una de las expertas en arte que ha venido desde Holanda para escanear la obra de Salvatierra y por una chica que verá en una villa. Ambas mujeres jóvenes y lejanas para él, estandartes de un deseo que, de forma sutil, se muestra como una fuente de frustración.

Salvatierra se lee muy rápido, uno no desea desprender la vista de sus páginas, siempre abiertas al misterio, a la poesía. Todas las escenas están dibujadas con una gran viveza y todos los personajes o las situaciones se hacen esenciales, hasta llevar a un final que, pese a que ya estaba insinuado desde las primeras páginas, no deja de ser emocionante.

Si al final el lector descubre que el último rollo de la obra de Salvatierra encaja con el primero, en una suerte de obra circular, también podrá comparar, que el último capítulo de la obra de su hijo (el libro que tiene entre manos) también encaja con el primero, creando así un gran equilibro narrativo.

Como me ocurrió tras la primera lectura, hace una década, me ha apenado que la novela fuese corta. Me parece, sin embargo, una novela corta perfecta, una pequeña obra de orfebrería, donde todas sus partes encajan con gran precisión.

Salvatierra me ha vuelto a saber a clásico; tiene la fuerza de esas cortas y perfectas novelas hispanoamericanas, como El coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Márquez o El lugar sin límites de José Donoso.

Voy a releer La uruguaya.