Miguel Dalmau, autor de biografías literarias que descienden al abismo, acaba de publicar “Pasolini, el último profeta” (Tusquets), ganadora del Premio Comillas. Descendemos con él.

Texto: Antonio ITURBE

 

En el centenario del nacimiento del poeta, ensayista y cineasta italiano Pier Paolo Pasolini (1922-1975), Miguel Dalmau nos ofrece una de esas biografías suyas donde no solo nos cuenta la vida y los milagros de los personajes en los que se fija (Los Goytisolo, Jaime Gil de Biedma, Julio Cortázar…) sino que abre, como en cada uno de sus trabajos, un diálogo con la mismísima condición humana. Su libro Pasolini, el último profeta ha recibido el Premio Comillas de Biografía que concede la editorial Tusquets.

Pasolini, uno de los grandes renovadores del cine europeo, fue mucho más que un cineasta. Desde el principio fue poeta, nunca dejó de serlo, siempre al filo del erotismo y el desgarro vital. Hizo bandera de su homosexualidad y puso en solfa todos los tabúes de su tiempo. Militó en el Partido Comunista y siempre tuvo un afán de revolucionario: contra el poder, contra la corrupción, contra el confort biempensante y sobre todo contra sí mismo. Su muerte, en 1975, extremadamente violenta —su cuerpo se encontró brutalmente apaleado en un descampado cerca del balneario de Ostia, triturado de manera cruel con su propio coche—, sigue sin clarificarse casi medio siglo después. Forma parte del misterio de Pasolini, un personaje metido en todas las polémicas posibles que todo lo vivía con una pasión sin límite, como nos muestra Miguel Dalmau en esta apasionante biografía de autor con esa mirada suya que puede ser muchas veces desencantada, pero que jamás resulta cínica.

¿Qué te impulsó a ponerte tras los pasos de Passolini?

Lo cierto es que fue una suma de factores. Pasolini era muy apreciado en casa de mis padres y recuerdo el estupor que nos produjo que lo mataran como a un perro. Luego estuve varios años con una reportera italiana que lo adoraba y me hizo ver el carácter extraordinario y profético del personaje. Un buen día me puse a indagar y a escribir. Al saber de mi devoción pasoliniana, el productor Andrés Vicente Gómez me sugirió la posibilidad de hacer una adaptación teatral y todo se puso de cara. Sinergias. Aprovecho para decirte que esa adaptación ya está en marcha y que la obra va a dirigirla Agustí Villaronga, el director de cine.

¿Qué vas encontrando en el camino de su biografía?  

Pasolini es un genio oceánico que baña muchas orillas. Lo primero que encuentro es su genialidad un poco en la línea de la de Miguel Ángel, una genialidad rebelde y violenta, muy distinta a la de Leonardo. Luego descubro una personalidad extremadamente compleja que se movía a diario entre el cielo y el infierno, el tormento y el éxtasis. Es el personaje más difícil que me he encontrado nunca.

¿Y qué puertas se te abren? 

Las puertas que se me abren son en esencia un nuevo modo de mirar el mundo moderno. Parodiando a Huxley podría decir que son “las puertas de la percepción”, porque Pasolini anunció hace más de medio siglo lo que estaba por venir. En esencia, dijo que el nuevo fascismo no iba a ser, como creemos, un auge de la derecha radical sino la tiranía del capitalismo salvaje que nos aboca al hiperconsumo y a la pérdida de libertad individual. Solo años después surgieron pensadores como Gilles Lipovetsky para hablarnos de la era del vacío, el imperio de lo efímero, etc. Todo eso ya estaba en Pasolini y mucho más.

¿Pero qué encuentras que no pensabas encontrar?

Los hallazgos inesperados son una constante en Pasolini. No pensaba encontrarme a un poeta de primerísimo orden. De hecho es uno de los poetas europeos más notables de la segunda mitad del siglo XX. Tampoco imaginaba que se hartó de la palabra y decidió “reinventar” el cine a partir de la pintura medieval y el estudio de los mitos. Y sobre todo no imaginaba que fuera un “visionario” a la altura de Orwell, aunque en diferentes planos expresivos. Esa mezcla de facetas es imbatible. El mundo no dará a otro Pasolini. Solo hace falta ver el estruendo mediático que está generando su centenario. Y no solo en Italia: en toda Europa. Al final estamos abriendo los ojos al infierno que nos rodea.

¿Más allá de su disruptiva vida pública, quién crees que era Pasolini en su interior?  

El interior de Pasolini nos habla de un ser humano extremadamente sensible y cultivado, de una inquietud constante hacia todo, con un talento artístico descomunal. Pero también de una criatura acosada por demonios muy fieros y por pasiones muy intensas. Sobre todo la pasión de vivir, que es la más devastadora de todas, si se aborda desde la libertad.

Es un personaje hermético en algunos puntos. ¿Dónde pinchas en hueso? 

En toda biografía hay algo que se te escapa. De pronto llegas a un punto muerto por falta de información y solo puedes especular. Pero eso va en contra del género y sobre todo contra la verdad del personaje. Pese a mis esfuerzos, nunca podré saber el nombre de los verdaderos asesinos de Pasolini.

¿Qué has podido averiguar sobre su muerte tan extraña?

Actualmente puedo avanzar que su muerte fue un crimen de Estado. Se inscribe en la llamada “estrategia de la tensión”, orquestada desde la cúpula del poder democristiano, para impedir el auge del Partido Comunista o de los radicalismos de izquierda. Por supuesto no lo mató un chapero. Fue una encerrona en la que participaron matones de ultraderecha, relacionados con el hampa del Sur, y con la connivencia de los servicios secretos italianos. Al menos yo recojo esta teoría muy reciente de la investigadora Simona Zecchi, cuyo libro, La masacre de un poeta, está a punto de aparecer en castellano publicado por Malpaso. Interesantísimo.

¿Qué te ha enseñado esta búsqueda a ti mismo?

He aprendido que vale la pena luchar por defender una idea o una palabra que contribuya a la salvación del mundo. Quizá esto sea un poco solemne, pero si ahora estamos inmersos en el Apocalipsis es precisamente por haber corrompido, manipulado y hecho burla de los viejos ideales. Esta desidia general, fruto precisamente de una vida basada en el hiperconsumo, es lo que está matando a la especie. Pasolini fue la única voz de su época que reclamaba aire fresco en un mundo contaminado ya por los mercaderes. Lo dijo en una entrevista pocas horas antes de morir: “La tragedia de la Humanidad es que ya no hay seres humanos, solo hay extrañas máquinas que chocan entre sí”. Fue en noviembre de 1975. Hemos tardado décadas en descubrir que ya no somos ciudadanos libres, sino máquinas esclavas que chocan unas contra otras a mayor gloria del consumo.

Todo este trabajazo de años… ¿Ha valido la pena?

Como sabes, cada libro es un avance en la indagación de uno mismo, y en este caso el beneficio es el más alto que haya podido recibir, por muchas razones. Entre ellas, un gran premio. Pero, paradójicamente, me ha dejado desnudo y frente a un tramo de mi vida marcado por el vertiginoso paso del tiempo, que coincide con un momento muy inhóspito para la Humanidad. Este mundo no es lugar para viejos, desde luego, ni para aquellos que vamos camino de serlo aunque el corazón aún nos arda con la pasión de vivir.

Entonces, ¿vale la pena seguir escribiendo?

No, no vale la pena seguir escribiendo. Es mejor enamorarse de alguien que sepa ver el fondo de nuestra alma, que sepa captar nuestra mirada con sus ojos, que nos devuelva una sonrisa o una caricia, y nos acompañe hasta el final del camino. La palabra es enfática y no siempre dice la verdad. Solo los amantes sobreviven en el silencio.