La escritora iraní Parinoush Saniee publica en España «Los que se van y los que se quedan» (Alianza Editorial).

 

Texto: David VALIENTE  Foto: Eva PEÑUELA

 

“Afortunadamente, mis hijos no residen en Irán. Sino sí estaría muy preocupada. Tengo hermanos mayores viviendo todavía allí, pero a ellos el régimen no les hará nada por su avanzada edad”, asegura Parinoush Saniee, mirándome directamente a los ojos, cuando le pregunto si teme una respuesta del régimen desfavorable hacia sus familiares. La entrevista tiene lugar en Casa Asia, en Madrid. Parinoush Saniee ha venido a España a promocionar su último libro, Los que se van y los que se quedan, publicado por Alianza Editorial. Su actitud es relajada, con un sutil toque de coquetería. Antes de comenzar la entrevista se retoca el maquillaje y al finalizar vuelve a realizar el mismo acto. Nuestra comunicación en farsi es fluida gracias a su intérprete, Hamid Hosseini, un iraní de ojos oliva, piel broncínea y cabellos cano, con un fuerte acento, pero de correctísimo español.

Parinoush Saniee (Teherán, 1949) comenzó su andadura literaria al comprobar que los informes que escribía no suscitaban la suficiente atención. Ella se había formado en el ámbito de la sociología y la psicología, por lo que escribir una novela era un reto necesario tras haber advertido al Gobierno iraní de que las condiciones de vida de los ciudadanos, tras la revolución de 1979, lejos de mejorar; entraban en un proceso de deterioro. La imposibilidad de estimular un cambio en las altas esferas la empujó a intentarlo con aquellos que sufrían las penalidades del régimen. No obstante, un ensayo no siempre es el camino más directo para llegar a un número amplio de personas. De ahí, su necesidad de escribir novelas para contar a su gente y al resto del mundo lo que sucedía dentro de Irán.

Los que se van y los que se quedan ha sido prohibida en su país, pues en las 200 páginas del libro se desvelan todos los traumas  que la sociedad sufre cada día de su existencia. Con una sencillez exquisita, Parinoush Saniee narra el reencuentro en la costa turca de una familia que lleva 30 años dividida por distintas vicisitudes de la vida y de la política. Una parte de los familiares tomó el camino del exilio y se amoldó a las condiciones de vida de los países receptores; aprendieron su lengua, sus costumbres e hicieron lo que más arraiga a una persona en un nuevo lugar: tuvieron descendencia. La otra parte se quedó en la tierra de sus antepasados, soportando las inclemencias de la dura disciplina impuesta por los ayatolás y la guerra.

“Casi todas las familias iraníes lidian con el problema de la disgregación. Yo llamo a este fenómeno ‘familias fragmentadas’. Mi novela es un intento de indagar qué ocurre cuando el tiempo pasa y parte de una familia se encuentra sumergida en otra cultura”. Sus conclusiones son claras y concisas: “Entre los familiares se rompe el lazo sentimental, dejan de conocerse”. Y la causa “no reside en el exilio, sino en las motivaciones de los exiliados”. No lo dice con palabras, pero en su mirada se puede leer un verso acusador lanzado directamente al régimen nacido tras la caída del sah.

Cada miembro de la familia, desde Dokhi, la narradora de la historia, hasta Michael, su primo, “simboliza un grupo social iraní”. Sin embargo, el personaje que roba toda la atención de la reencontrada familia (y seguramente hará lo mismo con el lector) es la matriarca, la abuela de la narradora, una mujer de avanzada edad que por encima de todas las cosas desea reunir de nuevo a sus hijos, nietos y biznietos: “La abuela simboliza  la madre patria y, por supuesto, no quiere perder a ninguno de sus hijos, por ello no hace distinciones entre quienes se quedaron y quienes se fueron”, afirma Parinoush Saniee, que acomoda la comisura de sus labios al son de una tenue sonrisa de preocupación.

Los exiliados “abandonaron todo y comenzaron una nueva vida lejos de la religión y de los quebraderos diarios de Irán”. Parinoush Saniee experimenta el exilio en sus propias carnes (desde 2017 vive en Estados Unidos), pero comprende a los compatriotas que “a diario se enfrentan a un entorno impositivo”. En la actualidad, “estas dos partes de Irán no se entienden”, recalca apesadumbrada.

Aunque parezca difícil de creer “en nuestro país todos los aspectos de nuestra vida, sin excepción, son política”. La religión hace las veces de pretexto de las pretensiones gubernamentales y los ciudadanos lo tienen muy presente en su día a día; “saben que si quieren salir a la calle el modelo de conducta a seguir es el presidente”.

Por otro lado, “con mi libro deseo acabar con el estereotipo que recae sobre mi gente: dicen que somos indolentes. Seguramente no tendremos el mismo ritmo de trabajo que en Estados Unidos, pero mi pueblo trabaja duro e intenta vivir su vida a pesar de las dificultades diarias”. En relación a esto, Siroos, otro primo de Dokhi, tiene fama de flojo. A Siroos, en Occidente, se le catalogaría dentro del grupo de jóvenes llamados ninis, pero la autora incide en el trasfondo particular que se le presenta al joven de 18 años: “Sus padres le dieron todo en su niñez, le prepararon el camino, pero cuando quiso echar a andar comprobó que el Estado no lo había asfaltado”.  “Es una generación que me preocupa y mucho”. Y así lo transmite la rigidez de sus facciones y una mirada que rehuía el contacto de los objetos de la sala. Esos jóvenes acumulan mucha ira, son una generación perdida “por el temor que les inspira la policía de la moral”.

No hace muchas semanas, la muerte de una joven, Mahsa Amini, presuntamente a manos de la policía de la moral, despertó la indignación del pueblo iraní. “Esa gente detiene a las personas y las llevan a comisaria si no cumplen con una reglamentación en el vestuario y en la manera de hablar”. Parinoush Saniee recuerda la vez que tuvo que acudir a comisaría a recoger a su hija.

La sociedad iraní, por otra parte, ha demostrado su solidaridad con Mahsa Amini. Miles de personas se manifiestan en las calles y en las redes sociales, aunque la represión del régimen está siendo tan virulenta que, en el momento que se escriben estas líneas, el número de muertos oficiales ascienden a 92. Un número que nos hace plantearnos lo que muchos analistas gritan a los cuatro vientos: ¿Estamos ante una ‘primavera iraní o persa’? “Deseo con todo mi corazón que así sea, pero me resulta muy complicado pronosticar si acontecerá un cambio estructural en el país”.

¿Hubo épocas mejores?

(Risas). Por supuesto que las hubo. Ahora, nuestro Gobierno reprime a los intelectuales, mira lo que le ha sucedido a Salman Rushdie. En época del sah, disfrutábamos de libertades sociales y económicas, si salimos a las calles a manifestarnos fue para exigir libertad política, pero nuestra situación era mucho mejor.