El premio Ángel Crespo de traducción, que concede la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña (ACEC) premia este año la labor de un escritor afín al grupo literario Olulipó, en la tarea de traductor de uno de los grandes referentes oulipianos vivos.

 

.Texto: Redacción

 

Pablo Martín Sánchez combina la narrativa con la traducción y la enseñanza de escritura creativa. Es doctor en Lengua y Literatura Francesas por la Université de Lille y doctor en Teoría de la Literatura y del Arte y Literatura Comparada por la Universidad de Granada. Al filo de la pandemia del covid cerró con la publicación de Diario de un viejo cabezota (Reus, 2066)  la trilogía iniciada brillantemente con El anarquista que se llamaba como yo y continuada con Tuyo es el mañana, publicadas las tres en Acantilado. Compagina su labor como escritor con la de traductor. Le gusta la arquitectura y el juego narrativo y por eso es miembro del Ouvroir de Littérature Potentielle (conocido popularmente como Oulipo). De ahí que haya sido el traductor ideal para la obra de otro reputado oulipiano, el escritor y matemático Hervé Le Tellier, que desde 1992 es miembro del grupo de experimentación narrativa de vanguardia Oulipo y ha sido editor de autores de esa cuerda, como Raymond Queneau o Georges Perec.

El Jurado del XXV Premio de Traducción Ángel Crespo, integrado por Juan Gabriel López Guix, traductor y profesor de la UAB, Joan Parra, traductor y profesor de la UPF, Agata Orzeszek Sujak, traductora y profesora de la UAB y Gabriel Hormaechea, traductor y profesor del IDEC de la Universidad UPF ha concedido por unanimidad el premio a Martín Sánchez por su traducción de La anomalía (publicada por Seix Barral). Un premio patrocinado por la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña (ACEC), del Centro Español de Derechos Reprográficos (CEDRO) y del Gremi d’Editors de Cataluña, que quiere apoyar la figura del traductor, no siempre suficientemente bien valorada en nuestro ecosistema cultural.

¿Eres un escritor que traduce o un traductor que escribe novelas?

Antes pensaba que traducía para ser mejor escritor, pero últimamente tiendo a pensar que escribo para ser mejor traductor. Supongo que llegará un día en que me dé cuenta de que escribo y traduzco para ser mejor lector.

¿Qué ha aprendido el traductor del escritor? ¿Y el escritor del traductor?

El traductor ha aprendido del escritor a asumir riesgos, a aceptar que toda traducción es una obra de creación. El escritor ha aprendido del traductor a ser humilde, a aceptar que todo acto de escritura es en el fondo un acto de reescritura.

¿Traducir una obra con un argumento asombroso como La anomalía que hace saltar por los aire la lógica cotidiana obliga al traductor a tener una concentración suplementaria para meterse en situación?

No creo que requiera de mayor concentración, pero sí de mayor capacidad de abstracción.

Los escritores afines al grupo oulipó son unos miniaturistas de la narrativa, muy atentos a armar engranajes y retos de ingenio para el lector. Y tú eres un escritor declaradamente oulipiano. ¿Es conveniente formar parte de esa “conjura” oulipiana para poder traducir a Hervé Le Tellier en toda su dimensión?

No, desde luego que no. Pero sí hay que tener cierta sensibilidad oulipiana. Si no sabes lo que es un anagrama, ni siquiera podrás traducir correctamente el título de la novela (pues L’anomalie es un anagrama de una frase que aparece en el texto); si no sabes lo que es un contrapié, difícilmente podrás traducir determinado pasaje de otra de sus novelas. Y así con todo…

¿Cuál es el escollo más difícil con el que te has encontrado en esta traducción?

Seguramente la última página, donde el texto empieza a perder letras, dibujando una especie de embudo o de reloj de arena, de tal manera que llega un momento en que es imposible saber cuál es el texto base. Y, como Hervé Le Tellier no quiso revelarme su contenido (ni a mí ni a sus distintos traductores), tuve que imaginar un hipotético texto base en francés, traducirlo al castellano y luego ir eliminando letras… El efecto que produce en el lector es el mismo (no entiende qué hay escrito) y, de hecho, podría haber mantenido el texto idéntico al original; pero el prurito oulipiano me lo impidió.

¿Y algún descubrimiento en los entresijos del libro que te haya resultado un hallazgo?

Sí, muchos: por ejemplo, descubrir que los títulos de cada una de las tres partes que conforman la novela son versos de poemas de Raymond Queneau. En casos así, lo más pertinente es buscar si existe traducción castellana y, afortunadamente, dos de ellos habían sido traducidos por un gran traductor, como es Adolfo García Ortega (El instante fatal, Visor, 2009).

El francés es una lengua vecina. ¿Ser traductor del francés, donde bastante gente puede o cree que puede opinar, obliga a ser más cuidadoso?

Depende de con qué lengua la compares: yo también soy traductor del catalán…

Los traductores forman parte de las huestes invisibles del mundo editorial. ¿Falta reconocimiento a los traductores o están donde tienen que estar?

Por supuesto que falta reconocimiento: es una vergüenza que el nombre del traductor no aparezca siempre en la cubierta. Pero lo que realmente falta es que las tarifas estén a la altura del trabajo que realizamos: no puede ser que nos sigan ofreciendo lo mismo que hace diez años, cuando el IPC ha aumentado un 18% desde entonces. Aunque un compañero de ACE Traductores me dijo hace poco algo que me dio que pensar: según él, el nombre del traductor no debería aparecer ni en la cubierta, ni en la portada, ni en ningún sitio. Tampoco deberían existir los premios a la traducción. ¿Por qué? Porque entonces nos pagan con el prestigio. Y lo que hacen falta son tarifas justas que permitan a los traductores vivir de su profesión, como ocurre en otros países.

¿Cómo valoras la concesión de este premio Ángel Crespo? ¿Qué sentiste al recibirlo, más allá de la esperable alegría?

Más allá de que sea uno de los premios de traducción más importantes a nivel nacional, para mí ha sido algo muy especial, ya que es el primer premio que recibo como traductor (aunque otras obras que he traducido han ganado premios, como el Llibreter concedido a Ánima de Wajdi Mouawad o el Euskadi de Plata que acaba de recibir Delphine de Vigan por Las gratitudes). Pero sobre todo me ha hecho pensar en todas aquellas personas gracias a las cuales me he convertido en traductor y con las que estaré siempre en deuda.