Samir Delgado nos introduce emocional y casi físicamente en los cuadros abstractos del pintor a través de la vibración de la poesía en “Jardín Seco”.

Texto: Antonio ITURBE   Foto: Archivo

 

 

El Museo de El Prado dedica estos meses la exposición Zóbel. El futuro del pasado a Fernando Zóbel, a uno de los grandes pintores españoles abstractos del siglo XX. En Jardín seco (publicado por Bala Perdida) el poeta y crítico de arte Samir Delgado muestra, en clave poética, un intenso diálogo inspirado en 50 cuadros de Zóbel. Un libro que a través de la poesía quiere penetrar en la profundidad de los cuadros del artista que fundó en 1966 el Museo de Arte Abstracto Español en las Casas Colgadas, en Cuenca.

Samir Delgado, un poeta, periodista y experto en arte nacido en Las Palmas y afincado desde hace años en México, se ha convertido en el gran valedor de Zóbel al que ha dedicado este “Jardín seco” con poemas que tienen su origen en sus atmosféricas pinturas.

Zóbel se licenció en filosofía y letras con una tesis sobre García Lorca.

Es magnífico que Lorca siga siendo un paradigma inspirador de todos los modos posibles, es una evidencia más sobre el magnetismo de lo poético que devuelve a la vida toda su magia. Y Zóbel en sus años de formación en Harvard tuvo esa revelación que acompañaría toda su existencia. De hecho, la biblioteca personal del artista se puede visitar y de nuevo queda a la vista la trascendencia de los libros y de la lectura para la creación de un mundo propio. Los museos como el abstracto de Cuenca están llamados a ser la vanguardia del futuro.

¿La pintura abstracta de Zóbel es una forma de poesía sin palabras?

Lo cierto es que la pintura de Zóbel es ya una poética en sí misma, como en toda cosmovisión artística hay una literatura que la sostiene, una narrativa lírica, un hilo de voz. Por eso ha sido un acierto inmenso que el Museo Nacional del Prado acoja una exposición con los diarios y dibujos de Zóbel, su pintura es un sedimento histórico, una imagen perviviente que  equivale al valor de un susurro, de una confesión al borde un río. Así que se ha hecho justicia con esta exposición de su legado, considerando que miles de visitantes podrán tener ante sí una miscelánea del artista. Igual que no se entiende hoy Nueva York sin Lorca, creo que también la razón de ser de un museo español es indisociable de la referencia de Zóbel, de la generación abstracta, su actualidad es la de la urgencia del aura y la necesidad de regresar al silencio de los colores en un mundo que se está volviendo sordo en las pantallas.

 En Jardín seco buscas entrar dentro del cuadro. ¿Qué ves desde adentro de la pintura?

Hay en la experiencia de mirar un cuadro la misma extrañeza y perplejidad de ver el fuego de una hoguera de noche, de mirar las estrellas en soledad, suceden cosas dentro de uno porque salimos de nosotros mismos por un instante. La pintura de Zóbel es un río a mediodía que convoca a la serenidad y al intelecto, lo que se ve adentro es un secreto, la idea de un secreto que espera por nosotros, y cada cual descubrirá su experiencia. Y lo he dicho alguna vez en las lecturas del libro “Jardín seco” que están inspiradas en la pintura de Zóbel, cada poema tuvo su origen en una de sus pinturas y la idea del libro trata de que al final es el río el que se parecerá al cuadro, y no al revés. La pintura imanta la realidad al punto de regresarla a su color genuino y la experiencia del arte y de la poesía hace que el impulso de reconocimiento y de fascinación vuelva a crecer en nosotros. Por ejemplo, en un cuaderno de Zóbel se pueden ver acuarelas como la de un cerezo en flor cerca del Rijksmuseum de Ámstedam, luego de ser vistas las acuarelas inspiran un poema sobre el cerezo en flor de Zóbel, y este flujo de intermitencias hace que la posibilidad de las miradas se multipliquen al infinito, universalizando el hecho democrático que significa la existencia del cerezo en flor, del museo y los poemas. No es extraño que después de visitar el museo de las Casas Colgadas en Cuenca, fundado por Zóbel, a los visitantes les queda la sensación de la maravilla del paisaje más cerca, recuperado gracias a la pintura. Los cuadros lejos de representar algo en particular, lo que hacen es devolver a las personas su potencial de representación, la posibilidad de la sorpresa y de ver, que se va perdiendo con el desgaste de la vida en una sociedad tecnologizada bajo el hechizo de las imágenes consumibles.  Ese es otro de los valores inconmensurables de los museos, son espacios de intensidad para la vista liberada de la oferta permanente. Y escribir sobre la pintura para mí ha sido un modo de confrontar la realidad también. De hecho, la sensación de mirar un cuadro precisa de tiempo y de educación de los sentidos, es algo que está en todas las civilizaciones, por eso la belleza y el conocimiento se transmiten sin datos y sin píxeles, son verdades auténticas que se sienten con la trascendencia de una caricia, de un dedo índice que señala hacia el interior del mundo. La conclusión a la que he llegado es que resulta de vital importancia que los centros educativos garanticen asignaturas de arte y de humanidades, la visita a un museo o un parque deben considerarse derechos universales. La inercia de los escaparates comerciales está poniendo en jaque la sensibilidad humana. Hace unos días asistí a una sesión de astronomía en la UNAM y pude ver con mis propios ojos las lunas de Júpiter. Se reclamaba el derecho a mirar las estrellas frente a la generalizada contaminación lumínica de las ciudades. Yo sentía que estaba viendo una pintura de Zóbel.  

¿Qué aprendiste de Zóbel al escribir este libro que no está en las enciclopedias?

Durante mis años de residencia en Cuenca visité muchas veces la tumba de Zóbel, que falleció en Roma en 1984. El cementerio está en la zona alta de la ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Es un lugar memorable, se percibe una panorámica de las hoces del río Júcar, incluso su playa, y un silencio monumental. La figura del artista nacido en Filipinas es un caso singular, alejado de la enciclopedia. De hecho, los pocos libros de arte dedicados a su obra, están descatalogados, y es posible encontrar referencias gracias a la Fundación March y a la inmensa labor de críticos como Rafael Pérez-Madero, fallecido en 2020, y Alfonso de la Torre quien ha desarrollado un trabajo trascendental para que vea la luz el catálogo razonado de la pintura de Zóbel. El artista fue también coleccionista de arte y un viajero cosmopolita que se dedicó al arte a pleno pulmón, del estudio de su obra aprendí que Zóbel forma parte de la órbita internacional de los creadores que nacieron bajo el influjo de la condición insular, igual que El Greco o Saint-John Perse. Su mirada es universal también por su origen, el espacio insular dota de una experiencia limítrofe, transfronteriza, donde el paisaje o la historia se experimentan desde el fragmento y la riqueza de las herencias. Filipinas es un archipiélago y tengo la certeza de que favoreció muchísimo la cosmovisión de Zóbel en su lado más sensitivo y ontológico, su pintura abstracta es una ráfaga de luz, un fogonazo de lirismo en la noche de la especie. El cuadro “Jardín seco” fue pintado en 1969, cuando se llegó a la Luna. Como decía Lezama Lima, acerca de las eras imaginarias, toda era tiene su imagen, y Zóbel legó la del espacio sideral, la de la orilla y el agua de la vida. Sucedió algo similar con Galdós, un escritor nacido en una región ultraperiférica como es Canarias, los Episodios Nacionales son el fruto de un alma insular, de alguien que escribía sobre la vida humana igual a como se mira el mar de las islas, es una constante histórica, que tiene que ver con la relación entre el centro y el margen, desde lejos todo se ve distinto.

¿Y qué aprendiste de ti mismo?

El libro “Jardín seco” se presentó en más de veinte ciudades y todavía le quedarán veinte más de cara a 2024 con el centenario del nacimiento de Zóbel. De esa experiencia como autor conservo una extraña predilección por el silencio, en cada lugar sentía la necesidad de encontrar un momento de silencio, entré en varias iglesias y bibliotecas con el único afán de sentir un silencio necesario para mantener el pulso del viaje. La escritura poética sobre la pintura de Zóbel también fue una reconciliación con el paisaje castellano, con un momento de la vida que fue decisiva en mi carrera cuando decidí irme a Madrid, con treinta años se puede nacer de nuevo y tuve en Cuenca, en la ciudad abstracta, una nueva oportunidad tras toda la infancia y juventud viviendo en islas. Además estuve en Nueva York y Boston, antes de escribir el libro, paseé los jardines de la Universidad de Harvard a plena conciencia con la idea de escribir el libro zobeliano. El Charles River se parecía al Júcar pensé, es un mismo río del artista. Cuando se asume la literatura como una dedicación vital no se puede dejar a un lado la escritura en ningún momento, eso también fue un aprendizaje, cualquier imagen, toda experiencia, puede ser detonante para un poemario. Y como los cuadros, los poemas también son la vida que está sucediendo a cada instante.

Has explicado que vas a dedicar los próximos años a seguir la estela de pintores abstractos. ¿Crees que siguen siendo los grandes incomprendidos del mundo del arte?

Tras visitar la retrospectiva de Hilma af Klint en el Guggenheim de Nueva York en 2019 tuve la experiencia repetida de lo que sentí la primera vez que estuve en el Museo abstracto de Cuenca, la historia del arte es lo que no se comprende sin la abstracción. Lejos de una pugna entre estilos o géneros, la abstracción ha sido una expresión genuina de la vida humana, hay libros de autores como Juan Eduardo Cirlot, de la generación Dau al Set en Cataluña, que establecen un paralelismo entre las manifestaciones rupestres y la vanguardia artística del siglo XX, es un mismo latido de lo humano. Durante la dictadura franquista, hubo pintores como Manuel Millares que hicieron de los cuadros un modo de resistencia y de denuncia, igual sucedió con la obra del andaluz José Guerrero, y tantos más. Desde la transición democrática, la abstracción puede considerarse uno de sus paisajes esenciales, si en Nueva York Pollock y Rothko manifestaron la aspiración de libertad absoluta del individuo y el ánimo de trascendencia, en el Estado español hubieron diferentes tendencias abstractas, que tenían una misma voluntad de ruptura y son testimonio de vida, un imaginario común que todavía producen un eco de plena actualidad. Hay un crítico de arte que firmaba con el nombre de Juan de la Encina, nacido en Bilbao y que vivió el exilio republicano en México, que me parece formidable para rescatar esa mirada crítica en el panorama español que se reprimió con el franquismo. Hay libros suyos que por ejemplo tratan sobre Worringer y la teoría de que lo abstracto ha sido una respuesta a la agorafobia de las culturas, a un encierro en situaciones de desconcierto. Y creo que la incertidumbre a nivel planetario plantea justamente el retorno de la abstracción en múltiples formas. Esa es la razón de escribir un proyecto de poemarios sobre arte abstracto, considerando que todavía sigue incompleta la transición, hay nuevos desafíos que interpelan a la escritura y donde la abstracción se convierte en el espejo de referencia, la muerte terminal del paisaje bajo el impacto de los dispositivos electrónicos o el maltrato hacia la biodiversidad de los ríos es un ejemplo, al igual que la lista interminable de atentados medioambientales que desde lo poético se afrontan como una irreversibilidad dramática. El lienzo es el lugar del campo de batalla, como decía Antonio Saura, y los poemas también.

Llevas años establecido en México, pero siempre tienes un pie (o medio pie) en España. Uno tiene la impresión de que seguimos sin ser capaces en España de establecer puentes verdaderamente anchos con la cultura de América Latina. ¿Es así?

Hay en la orilla americana un mundo por redescubrir. Hoy en día, hay poetas en lenguas indígenas que son vanguardia y manifestaciones artísticas que echan sus raíces más profundas en el mestizaje y la hibridación. De ahí que el puente con América Latina sea trascendental para entender los nuevos procesos de creación, en el Caribe angloparlante o francófono están buena parte de las avanzadillas de futuro en la cultura contemporánea, temas como la esclavitud y los derechos humanos, la lucha por la igualdad de género o las migraciones son un paradigma. De hecho, la experiencia del exilio republicano en México no ha sido del todo asumida en su esplendor, a mí me ha causado auténtica tristeza visitar la tumba de Cernuda y encontrar tantos libros sin reeditar de nuestros autores y autoras de la Generación del 27. Hay escritores de la segunda generación del exilio, nacidos en Valencia o Madrid, como Tomás Segovia y Gerardo Deniz, que son poco leídos en España y sin embargo representan para el idioma español una aportación esencial. Y para no ir tan lejos, antes que América Latina, existen otras referencias anteriores, como la literatura y el arte de Canarias, que son aún tomadas como un exotismo en la cultura española, y ahí el puente vuelve a ser fallido, el surrealismo canario tuvo más contacto con París que con cualquier ciudad española, y fue providencial. Hay que volver a mirar las lejanías.