Laura Manzanera ofrece en su libro «Insumisas» ejemplos de mujeres que en distintas épocas decidieron vestirse con ropa masculina para escapar de la opresión social y de las limitaciones impuestas a su género.

Texto: Susana PICOS

 

En un día como hoy, en el que se celebra el Día Internacional de la Mujer, nos acordamos de todas esas mujeres que tuvieron que enmascarar su género con ropa de hombre para alcanzar su libertad. Esas pioneras lograron introducirse en ámbitos que les estaban vetados, aunque algunas de ellas pagaron un precio muy alto por ello.
La periodista y escritora Laura Manzanera ha reunido en su libro «Insumisas» (Principal) diferentes casos de mujeres que en distintas épocas se han tenido que ocultar bajo ropas masculinas para poder disfrutar de los mismos derechos de los hombres. Algunos nombres son conocidos como Juana de Arco, Concepción Arenal o George Sand, pero hubo y hay muchísimas otras.

– Dime qué te pones y te diré cuánto mandas. ¿A lo largo de la historia, hasta qué punto la vestimenta ha marcado a las mujeres?
En todo los puntos. La moda femenina ha sido, y en gran medida sigue siendo, represora. Solo hay que pensar en el corsé, esa cárcel ambulante que aplastaba el tórax, oprimía el vientre y las caderas y hacía sobresalir riñones y pechos. Una auténtica cárcel ambulante. Llevarlo era una tortura.
La moda ha sido la herramienta de vigilancia más efectiva para distinguir y separar ambos sexos. Solo hay que pensar en la tradición de vestir a las niñas de rosa y a los niños de azul, una práctica que en sus orígenes era a la inversa. Pero quizá la prueba más evidente de esta distinción es la dualidad falda-pantalón. La primera es incómoda, se abre, se levanta según cómo te muevas y cuando hace viento. No te permite realizar actividades dinámicas, pero sí te obliga a sentarte de forma recatada. El pantalón, sin embargo, es cerrado y práctico, simboliza la libertad, permite la acción y el poder que han disfrutado los hombres.

– La mujer que se vestía con ropa masculina, ¿tenía el deseo de convertirse en hombre?
En absoluto. Se hacían pasar por hombres con el único fin de poder hacer cosas que tenían prohibidas por el mero hecho de haber nacido mujeres. Sus motivos eran diversos: huir de un matrimonio no deseado o de un marido maltratador, eludir los únicos roles que se les adjudicaban (esposa y madre, criada, monja o prostituta), abandonar la miseria, obtener un sueldo propio, ejercer un trabajo prohibido, desarrollar una pasión, perseguir el amor o la defensa de una causa…. o simplemente intentaban salvar la vida. Eran rebeldes con una buena causa. Solo saltándose la principal norma de género, la vestimenta, y ocultando su identidad, podían ser más libres.

– ¿Históricamente, en qué campo profesional ha habido más mujeres vestidas de hombre?
Con diferencia, en el campo militar. La mayor cantidad de mujeres vestidas de hombre se encuentra en las fuerzas armadas, la institución más masculinizada. Hasta hace poco, la milicia era un universo exclusivamente varonil. Y la única forma que tenían las mujeres para participar activamente en la lucha era con el engaño, no siendo ellas mismas.

– Nos cuentas que en la piratería la norma era clara: quien embarcaba a una mujer vestida de hombre era condenado a muerte. Pero hubo mujeres piratas y en la marina, ¿cómo se las ingeniaron?
Solían hacerse pasar por uno de los muchos grumetes que viajaban en los buques. No resultaba difícil. La camisa holgada y el chaleco disimulaban los pechos, aunque por precaución se los vendaban enrollando un lienzo alrededor del torso, los pantalones anchos o los calzones camuflaban las caderas, y el pañuelo anudado al cuello, la falta de nuez. Llevaban el cabello recogido en una coleta, como los chicos, e igual que ellos eran imberbes.
Satisfacer las necesidades fisiológicas era más complicado. Los marineros solían orinar directamente en el mar desde la plataforma de proa, así que a menudo ellas hacían lo mismo empleando, disimuladamente, un pequeño embudo de cuerno o de metal.

– La imagen del Oeste que nos ha llegado es la de un vaquero con sombrero y espuelas, pero tú nos hablas de mujeres vaqueras. 
En el Oeste, un territorio hostil repleto de polvo y peligros, los vestidos y enaguas que se lucían en el Este eran todo menos prácticos. Por eso algunas de las pioneras se atrevieron a ponerse pantalones, entre otras cosas para poder cabalgar con comodidad.
Cuando se habla de la conquista del Oeste, solo se oyen nombres masculinos (Buffalo Bill, Jesse James, David Crockett…), pero sin las mujeres no hubiera sido posible. Muchas de ellas se negaron a permanecer subordinadas a los varones, y en su búsqueda de independencia vistieron como ellos. La más conocida de estas pioneras es “Calamity Jane”, pero hubo otras.

– También te refieres a deportistas que practicaron disciplinas que se consideraban exclusivas para hombres.
Sí. La incorporación de la mujer al mundo del deporte ha sido tardía, más aún en el deporte profesional. Y, aún hoy, compiten en inferioridad de condiciones. Solo hay que ver lo que han luchado y están luchando las futbolistas españolas para que se las reconozca.
En mi libro recojo la historia de Anita Carmona Ruiz, la primera futbolista profesional de España de la que se tiene constancia. Empezó jugando en el Sporting de Málaga haciéndose pasar por un chico más del equipo. Su atrevimiento le costó pena de prisión por escándalo público, pero no desistió de seguir haciendo lo que mejor se le daba. Siguió jugando, camuflada, en el Vélez, con el apodo de “el Veleta”. Entre 1927 y 1932 disputó unos cuarenta partidos y fue un referente del equipo. Anita metió un “gol” al machismo por toda la escuadra.

 – ¿Qué significó para las mujeres la propuesta de los nuevos diseños femeninos de Coco Chanel?
Coco fue una visionaria y, como tal, revolucionó la moda femenina. Sus diseños mezclaban lo masculino y lo femenino, toda una declaración de principios. Y predicó con el ejemplo; sin ocultar su género, se atrevió a ponerse pantalones y a exhibir trajes varoniles cuando montaba a caballo. Unas prendas que le proporcionaban mucha más libertad.

– ¿Qué influencia tuvo el cine en popularizar la nueva forma de vestir de la mujer?  
La literatura y el cine influyeron mucho en el estilo de las garçonnes, las francesas que en la década de 1920, los “años locos”, masculinizaban su aspecto. Exhibían silueta rectilínea, pelo muy corto, cigarrillos en largas boquillas, traje y corbata o esmoquin. Vestían de hombre y, de paso, disimulaban sus atributos femeninos. Pero el estilo garçonne era mucho más que una moda, era el símbolo de las mujeres que reivindicaban sus derechos. Protagonizaron una verdadera rebelión. Sus ropas evidenciaban sus voluntades y exigencias: renunciar a una vida de reclusión, ganar un sueldo, elegir la vestimenta… Su imagen quedó grabada para siempre en algunos personajes literarios y cinematográficos, como el de Marlene Dietrich en la película Marruecos (1930), de Josef von Sternberg. Aparece con esmoquin, pajarita y sombrero de copa. Es, por cierto, la imagen de portada del libro Insumisas.

–  ¿Es un hecho del pasado o en el siglo XXI sigue habiendo mujeres que se han de hacer pasar por un hombre para ser libres?
Quiero pensar que mayoritariamente es un hecho del pasado, pero hemos de tener en cuenta que lo vemos todo con la perspectiva de Occidente, y el mundo oculta otras muchas realidades. En el libro recojo un caso reciente que ilustra esto, el de la egipcia Sisa Abu Dauh, que hace más de cuarenta años se disfrazó de hombre para que a su hija no le faltara el pan. Enviudó y su familia no la dejaba trabajar, porque no era respetable para una mujer. Pero ella se rebeló, se afeitó la cabeza, se colocó un turbante y ocultó su cuerpo bajo una túnica. Así, transformada, buscó trabajo, y lo encontró. Hizo de agricultora, albañil y limpiabotas.

– ¿Hay lugares en el mundo de hoy donde no pueden entrar?
Los hay. El más conocido es el monte Athos, un territorio de unos cuatrocientos kilómetros cuadrados en el mar Egeo que rigen monjes ortodoxos. Desde el siglo X, y hasta hoy, está prohibido el acceso a las mujeres. Parece imposible que en el siglo XXI, y en Europa, pase esto, pero así es. A lo largo de la historia, algunas mujeres han conseguido colarse (habrá otras tantas, seguramente, no descubiertas) disfrazadas de hombre. Entre las que se sabe que estuvieron allí destaca Mara Branchovic, la mujer del sultán otomano Murat II, que se saltó la prohibición en el siglo XV. La verdad es que me gustaría conocer el Monte Athos. Y no solo porque me lo prohíban –que también–, sino también por curiosidad, y porque siempre me ha atraído todo lo que tenga que ver con el Mediterráneo.

-¿Algunas mujeres escondidas bajo apariencia masculina pueden estar viviendo en las calles de nuestras ciudades?
Mientras escribía el libro, entrevisté a Gema, que había vivió y dormido en las calles de Barcelona durante doce años. Me contó que era habitual que las mujeres sin techo se hicieran pasar por hombres. Ella mismo lo hizo. Camuflan su sexo para evitar, básicamente, actos violentos o violaciones. Muy triste, la verdad. Y una muestra de que, en el intento de salvar la integridad e incluso la vida, tantas mujeres hayan decidido hacerse pasar por un individuo del otro sexo.