Miguel Pajares, antropólogo, ensayista y profesor universitario, publica la novela «El legado« (Editorial Alrevés).

Texto: David VALIENTE

 

El cambio climático es un asunto muy serio y prueba de ello lo encontramos en las terribles catástrofes naturales que, raro es el día, nutren las escaletas de los noticiarios. Sin necesidad de salir de España, los incendios que asolan nuestros bosques y campos nos advierten del peligro que corremos al querer jugar con las resiliencia de nuestro plantea. En el incendio de la Sierra de la Culebra, las llamas devoraron 24. 737 hectáreas, siendo, hasta el momento, uno de los incendios más destructivos que han azotado a nuestro país. Más señales la naturaleza no puede darnos. ¿Llegará el día que la sociedad reaccione o cuando lo haga ya será demasiado tarde?

En su intento por concienciar, Miguel Pajares, antropólogo, ensayista y profesor universitario, ha publicado recientemente una novela llamada El legado (Editorial Alrevés) en la que nos muestra que pendemos de un hilo muy fino cada vez más tenso por nuestra desmesura consumista. En la novela, Arcadio Rosales, un investigador de gran prestigio internacional en lo referente al cambio climático y los metales para la transición ecológica muere de pronto dejando una serie de secretos que su hija, Pepa Rosales, y un hacker italiano, Tony Barcino, tendrán que averiguar.

Desde que publicara su primer ensayo en 1998, Pajares no ha cesado en su actividad intelectual, pero hace doce le picó el mosquito de la narrativa y escribió, con un fuerte tono de crítica social, su primera novela sobre la trata de seres humanos, Cautivas (Editorial Plataforma). Tras su debut ha publicado cuatro novelas más.  “La narrativa me permite llegar a un público más extenso,”, comenta Miguel Pajares a través del teléfono móvil.

El legado tiene mucho de novela negra, y no es casual pues Miguel considera que los buenos thrillers “sitúan los crímenes dentro de su contextos sociales e intentan explicar cuáles son los condicionantes que han llevado a los personajes a cometer actos deleznables”. Esta disposición natural del género se sintetiza a la perfección con el realismo social y la crítica tan presente en las cinco novelas publicadas por el autor.

Un contexto recurrente en su trabajo literario es el continente africano. Sus últimas tres novela se ambientan en esa tierra tan cercana geográficamente, pero tan lejana en lo referente al entendimiento socio-cultural. “Llevo 30 años estudiando de manera sistemática el fenómeno migratorio, me interesa África y la relación que sus migraciones mantienen con Europa” afirma el autor. “Lo hemos comprobado recientemente con la muerte de 30 personas en la valla de Melilla. Después se ha descubierto que un gran número de esas personas eran sudanesas, por lo tanto procedentes de un espacio geográfico conflictivo. La ley da derecho a asilo, no tendrían que arriesgar la vida de la forma que lo están haciendo. Nuestra política fronteriza es dañina y muy irracional”.

Es paradójico, a los refugiados ucranianos los traemos en avión y vamos a la frontera a recogerlos; en cambio a sus homónimos africanos les damos con la puerta en todas las narices.

Lo que hacemos con los ucranianos es lo que tendríamos que estar haciendo con el resto de refugiados. Ojo, no critico la respuesta europea a la crisis migratoria ucraniana, más bien la celebro. Así es como se debe tratar a un refugiado: acogerlo, facilitarle los permisos, no ponerle trabas burocráticas. Los ucranianos en tan solo unos días tienen sus papeles. No así con el resto de refugiados que para llegar a Europa pasan penurias y una vez que llegan al continente entre que les dan cita en una comisaría para manifestar su situación, les hacen una entrevista y por fin se convierten en solicitantes de asilo, pasan meses. Luego, llegan a esperar incluso años hasta que les dan los papeles reglamentarios. La situación que estamos viviendo nos demuestra que los trámites pueden estar solucionados en un solo día. Sin embargo, han triunfado las tesis de la extrema derecha, que afirman que la inmigración es una amenaza, y los gobiernos temerosos de perder votos no dudan en aplicarla. Un informe de Naciones Unidas sostiene que en Europa necesitamos al menos 60 millones de inmigrantes si para el 2050 queremos mantener los niveles de crecimiento económico actuales. Esos son más de los inmigrantes que en las últimas tres décadas han llegado a Europa y son  muchos más de los que seguramente querrán venir. No tenemos necesidad de poner trampas mortales ni de financiar a países terceros, como Marruecos, Turquía, Libia y Egipto, que solucionan las crisis migratorias de la forma que pudimos comprobar el otro día.

Usted acaba de decir que las tesis de la extrema derecha han triunfado, ¿cómo es eso posible, si no tiene una representación institucional importante en Europa?

La extrema derecha ha crecido mucho estos años; en  Austria y Dinamarca ocuparon cargos en el Gobierno durante un breve periodo de tiempo. Los partidos han resurgido y van ganando votos, lo que produce una competencia con los partidos tradicionales por esos votos que antes tenían asegurados o, por lo menos, no tan disputados. La derecha no quiere verse superada por la extrema derecha, por eso divulgan el mensaje xenófobo, mientras que los partidos de centroizquierda, aunque no se hacen ecos de ese tipo de discurso, callan y consienten  que sus argumentos se hagan hegemónicos.

Los materiales necesarios para la transición energética se encuentran, en una proporción importante, en el Congo; un país donde el expolio es una crónica diaria. ¿Resulta descabellado afirmar que el peso de nuestro progreso cae de nuevo sobre los congoleños?

No lo es. Sin embargo, no perdamos de vista la coyuntura actual porque China es el país que controla a nivel mundial la producción de los metales utilizados en la transición energética. En el siglo XIX, Reino Unido derrotó al gigante milenario chino gracias al carbón que nutria las calderas de las máquinas de vapor; un siglo después, el descubrimiento del petróleo por parte de los Estados Unidos y su explotación competente les dio las energías suficientes para dominar el mundo; no obstante, el siglo actual, pertenece a China, ya que sin sus minerales la construcción de parques eólicos y solares es imposibles. Aun así, no olvidemos el papel del Congo y mucho menos el expolio que las multinacionales occidentales han hecho en su tierra.

Hablando de China, algunos analistas afirman que el mundo será más justo con el país asiático a la cabeza, ¿lo está siendo en África?

No estoy tan seguro. Tengo la corazonada de que sí. China extrae la riqueza mineral del continente y, a cambio, construye infraestructuras. Las multinacionales occidentales simplemente expoliaban las riquezas sin molestarse en crear sistemas de desarrollo ni aportar incentivos para el crecimiento económico del continente. Podríamos decir, en comparación, que China es un poco más justa, pero sin olvidar que extrae las riquezas del suelo y las gestiona a favor de sus intereses. Por lo tanto, sigue sin ser lo suficientemente justo.

Recalca en El legado que los metales son escasos, si tenemos en cuenta la explotación intensiva que hemos hecho en el último siglo del petróleo y el carbón. ¿En un escenario de transición ecológica, el crecimiento económico se ralentizaría?

No cabe la menor duda. El crecimiento se va a ralentizar inexorablemente, y cuanto antes nos concienciemos de ello y empecemos a organizar la sociedad, mejor sabremos gestionar el cambio. Es cierto que todavía nos queda mucho carbón en las minas, sin embargo en cuanto al petróleo…ya se están empleando técnicas muy agresivas de extracción porque las reservas están próximas a agotarse. No obstante, el verdadero problema a corto plazo no es la escasez. Debemos reducir los gases de efecto invernadero que vertimos a la atmosfera, y la manera más rápida y eficiente de hacerlo es dejar de quemar combustibles fósiles y pasarnos a fuentes de energía renovables. Sin embargo, este tipo de fuentes no van a proporcionar los mismos niveles de energía que proporcionan los combustibles fósiles; aparte de que dependen de unos metales muy escasos en la corteza terrestre, su eficiencia energética es inferior, debido al bajo nivel de tasa de retorno energético. De todos modos, tendremos que cambiar de un modelo económico que prescinda o no dependa tanto del crecimiento a otro sistema más colaborativo y público. Lo que implica, de hecho, un una mentalidad social diferente, que debemos desarrollar si queremos evitar el colapso.

Por ese motivo en su informe, Arcadio propone un nuevo modelo social y económico muy alejado del actual, ¿no suena un podo utópico?

Sin duda es un gran dilema: la sociedad debe cambiar, pero parece que no se ha percatado de ello y sigue con las mismas dinámicas de hace un siglo. Y eso que tras la pandemia parecía que se presentaba un nuevo escenario; mas continuamos tomado el avión con regularidad, seguimos empleando vehículos privados para desplazarnos, seguimos consumiendo la misma cantidad de carne, cuando producirla emite muchos gases de efecto invernadero y contribuye a la inseguridad alimenticia del mundo, puesto que dos terceras partes de los cultivos se transforman en piensos para animales. Actuamos como si el cambio climático y la escasez de alimentos fueran futuribles teóricos y desoímos las advertencias de los científicos alarmados por los desastres naturales que están por llegar. Es decepcionante.

Parece que la lucha contra el cambio climático está llena de contradicciones.

Así es. Se implementan medidas ineficaces para luchar contra el cambio climáticos y lo que se deber hacer, que es reducir el consumo, no se hace. Para una transición energética que nos permitiera mantener los niveles de producción y crecimiento actuales, tendríamos que desarrollar una minería a gran escala, lo que implicaría destruir ecosistemas. Si no reducimos el crecimiento económico y el consumo no vamos a poder luchar contra los efectos ya visibles del calentamiento global.

Arcadio también denuncia en su informe que el compromiso de las multinacionales es marketing.

Hay mucho marketing. De todos modos, yo haría una distinción entre los compromisos que asumen las grandes multinacionales y los que hacen los políticos, estos últimos me parecen más sinceros. Si bien es cierto que no implementan las medidas adecuadas, me cuesta no creer en las palabras de Teresa Ribera, la ministra de Transición Ecológica, porque procede del ámbito de la lucha contra el cambio climático. Sin embargo, el compromiso de las empresas es puro marketing. Por ejemplo, la petrolera más importante de Europa, la británico-holandesa Shell, vende gasolina a través de unas tarjetitas. Aseguran que si compras petróleo con ellas no emites gases de efecto invernaderos, por la sencilla razón de que unos cuantos céntimos van destinados a la plantación de un árbol, lo que, supuestamente, compensa la emisión. Desde luego no es así. Estos proyectos se plantean como alternativas de futuro y, de todos modos, para captar todas las emisiones de CO2 necesitaríamos replantar de árboles los campos de cultivo, por lo que olvidémonos de la producción de alimentos. Intentan que el consumidor se quede con la conciencia tranquila, pero lo que dicen no lo ampara la ciencia.

Se criticaba mucho a Greta Thunberg por su militancia ecológica, ¿eran acertadas las críticas?

Las petroleras, el sector automovilístico, las empresas agropecuarias… están detrás de los bulos y las críticas. Los responsables del cambio climático no quieren que la situación tome otro camino, por eso financian plataformas para dispersar dudas y bulos. Greta Thunberg hizo una revolución, consiguió movilizar a los jóvenes de casi todo el mundo, algo que tiene mucho valor y que despierta el encono de quienes no quieren que la situación siga igual que siempre.

Con la guerra en Ucrania. los Estados han olvidado sus compromisos con el medioambiente.

Se busca petróleo por todo el mundo. EE.UU. negaba las licencias para extraer petróleos en tierras federales, pero ya se conceden de nuevo. Joe Biden ha expedido más licencias que Trump, algo bastante serio. En el mar del Norte ocurre lo mismo, las licencias antes limitadas ahora se dan sin pudor. El carbón vuelve a tomar protagonismo y sus emisiones de gases de efecto invernadero y la polución dañan el medioambiente y nuestra salud. Estamos retrocediendo, aunque los países aseguran que buscan una transición hacia las energías renovables que les permita dejar definitivamente su dependencia del gas ruso, en realidad están potenciando el consumo de combustibles fósiles