Miguel Hernández, el poeta del amor y del compromiso

Reino de Cordelia publica una edición ilustrada por Toño Benavides del «Cancionero y Romancero de Ausencias».

Texto: Enrique Villagrasa  Ilustración: Toño Benavides

 

Ha caído en mis manos la preciosa edición de Cancionero y Romancero de Ausencias (Reino de Cordelia) del poeta del pueblo Miguel Hernández (Orihuela, 1910-Alicante, 1942), con preciosas ilustraciones de Toño Benavides (León, 1961) y en edición del siempre admirado Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950), quien nació el mismo día que mi madre, aunque ella ya tiene 96 años y todavía me manda. El hecho de leer estos poemas nacidos en las cárceles franquistas me hace recordar la necesidad que hay del amor por la vida, por los otros y por la naturaleza y la libertad, también en la fraternidad y en la igualdad, aunque todo esto sea un problema de economía y no haya o brille por su ausencia la justicia poética y la justicia social en este mundo que tenemos.

Miguel Hernández, poeta del pueblo y de las trincheras, siempre ha estado a nuestro lado, pues el ansia de aprender mueve el cerebro, sabiendo que los versos, sus versos, son un regalo para nuestro corazón. Versos que no llegó a terminar ya que la tuberculosis carcelaria franquista no le dejó acabar, como todas las personas lectoras sabemos. Verdad y belleza por doquier en sus poemas, como verdad y belleza en esas Nanas de la cebolla que fue lectura de mis días infantiles y mis noches juveniles, en una huida hacia delante. Y, al abrir hoy este admirable libro, en esta edición tan bellamente ilustrada, me he encontrado con el amor que ascendía hacia nosotros desde sus impenitentes versos que reclaman libertad, y todo por amor a su mujer e hijo desde celdas de miseria y enfrentamiento fraternal. Que me llevan a pensar en las veces que hablábamos mi padre y yo de Miguel Hernández y su desgraciada muerte en las cárceles de ayer.

Tenía mi padre un poemario de Miguel traído de México, por un primo suyo, en aquel entonces, que guardaba junto a una edición de Las ruinas de Palmira de Volney, que seguro se lo regaló el padre del primo, que fue comisario de checas en los tiempos de la guerra fratricida y que, cuando iba un militar golpista a Barcelona, a él lo llevaban al hotel. ¡Qué situaciones aquellas! Yo no comprendía nada y leía por aprender, pues me divertía, se me pasaban las horas volando. Aun sabiendo o por eso que fueron pétreos los labios, que decía el poeta. Y pasó el amor y somos fantasmas en busca de esperanza y por eso leemos tus poemas ayer, hoy y siempre, poeta Miguel Hernández, poeta del amor y del compromiso con el otro.

Lo que me ha hecho recordar que Antonio Buero Vallejo también compartió con él algunos momentos carcelarios en la prisión de Conde de Toreno en Madrid, donde pasaron diez meses juntos en la galería de condenados a muerte. Creo que hay que leer y releer a Miguel Hernández, poeta que recorrió, cantó y contó, ese, su camino vital de desgarros y renuncias, dentro de una vida de pura coherencia política y existencial: “Pasó el amor, la luna, entre nosotros”.

Y, finalmente, aunque también es verdad, no seré yo quien le quite su razón a De Cuenca: “El Cancionero y Romancero de Ausencias de Miguel Hernández es un largo poema de amor sin ninguna instrucción política previa. Eso hace que gane en universalidad y en complicidad con todo tipo de lectores”. Pero de guerras, hambre y sed solo saben los pobres vencidos, pobres. Todo es un problema de economía, de un doloroso sentir como el del poeta Miguel Hernández, sin ir más lejos. El poeta tenía una conciencia más que trágica, demasiado bien lo sabía y sufría, pero su esperanza estaba puesta en el nosotros, tan necesario y justo ayer como hoy y mañana: “Hacia el arrullo un oleaje trajo”.

 

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EL AMOR ascendía entre nosotros

como la luna entre las dos palmeras

que nunca se abrazaron.

El íntimo rumor de los dos cuerpos

hacia el arrullo un oleaje trajo,

pero la ronca voz fue atenazada,

fueron pétreos los labios.

El ansia de ceñir movió la carne,

esclareció los huesos inflamados,

pero los brazos al querer tenderse

murieron en los brazos.

Pasó el amor, la luna, entre nosotros

y devoró los cuerpos solitarios.

Y somos dos fantasmas que se buscan

y se encuentran lejanos.