«Los requisitos del amor», de John Armstrong
La editorial Gatopardo publica el ensayo del filósofo galés «Los requisitos del amor. Una filosofía de la intimidad», con traducción de Iñigo García Ureta.

Texto: Antonio García
Pocos temas más interesantes que el amor. De hecho, pocos de los libros que nos apasionan, de las películas que nos han fascinado a lo largo de la vida, tratan de otra cosa que no sea, de una forma u otra, del amor. Nuestras propias vidas, sin ir más lejos, se nos antojan una especie de búsqueda permanente del amor, salpicada de éxitos y fracasos, de decepciones y maravillosa intimidad. Claro que hay más cosas: trabajamos, hacemos deporte, nos emborrachamos o invertimos en bolsa, pero pocos podrían decir que todo eso tiene especial sentido en una vida carente de amor. Mucho se ha escrito sobre ello, como es lógico. Del amor divino al mundano, del amor cortés a la relación concertada, esporádica y casual, los novelistas, los filósofos, los teólogos o los psicólogos no han dejado, durante siglos, de darle vueltas al asunto. Intentando definirlo, procurando describirlo, buscando ensalzarlo o desacreditarlo, limitándolo a una serie de fenómenos químicos u hormonales o haciendo pender de él el destino del mundo.
El filósofo galés John Armstrong se ha atrevido a pensar, de nuevo, sobre ello, y, la verdad, ha acertado en su propuesta. Los requisitos del amor es un ensayo breve y delicioso, sensato e inteligente, sensible y útil. Alejado de cualquier árida erudición, escrito con un estilo cercano, fresco y convincente, la obra de Armstrong se muestra aparentemente modesta, pero contiene una carga de profundidad intensa y, a la postre, conmovedora. Casi diríamos una pequeña lección de vida, al modo de los viejos humanistas. No en vano el acertado título lleva una matización que expresa aún mejor la intención del autor y el contenido del texto: Una filosofía de la vida cotidiana. Y es que, cuando hablamos del amor, en muchas ocasiones, parece que nos referimos solo a ese periodo convulso, extático y subyugante que es el enamoramiento, “ese estado de imbecilidad mental transitoria”, cuando no dura toda la vida, del que hablaba irónicamente Ortega y Gasset. Pero el amor, como también sabía el propio Ortega, es mucho más. Armstrong, igualmente, lo sabe, y dedica su libro a que no lo olvidemos, a que no pasemos por alto todo eso que no es embelesamiento, atracción furiosa y deseo. A reflexionar sobre los muy variados, a menudo contradictorios, esquivos y complejos requisitos que son necesarios, y ninguno suficiente, para que prospere el amor. No es preciso que esa relación se prolongue indefinidamente en el tiempo, no tiene obligatoriamente que “durar toda la vida”, pero sí ha de ser verdadero amor: una relación fructífera, íntima, honesta, beneficiosa y apasionada. No descarta el autor los amores filiales o la amistad, pues le dedica un capítulo a la especial relación que mantuvieron Schilller y Goethe, pero el libro se centra en el amor romántico, el tipo de amor que la literatura ha intentado exponer y desentrañar desde la antigüedad; el amor del que hablaba Platón en El banquete, del apasionado y autodestructivo de Werther, de la “felicidad conyugal” que Tólstoi llevó a su pequeña novela, a pesar de su turbulenta vida privada, o del que los psicoanalistas escudriñaban en las alcobas burguesas de los padres de las histéricas que acudían a sus consultas. Sin olvidar el esquema del amor paulino que tanto ha marcado nuestra tradición, ni las reflexiones de Agustín de Hipona sobre el tema. Incluso Wittgenstein, un filósofo muy poco dado a la efusividad sentimental en sus escritos tiene su lugar entre las referencias de Armstrong.
Compuesto por veintidós breves capítulos, más una Coda final, cada apartado da pie al siguiente propiciando un progreso en el acercamiento al amor. Al hilo de obras clásicas, de teorías filosóficas o psicológicas, el autor recupera lo acertado de cada propuesta, matizándola con otras aparentemente contradictorias pero que, también, contemplan un aspecto del amor que no debía descuidarse. Es más, el cuidado, de sí y del otro, es uno de esos requisitos necesarios para mantener viva esa llama, que no tiene por qué ser ya hoguera, del amor. Armstrong hace gala de una sensibilidad exquisita, exhibe una perspicacia notable y maneja tanto los sentimientos como los conceptos con una precisión impecable. Analiza algunos de los factores que nos impelen a buscar el amor, establece las necesidades del amante y expone cómo la imaginación crea la impresión de que el otro será capaz de satisfacerlas. Pero esa idealización también afecta a la consideración de uno mismo: pensamos que nosotros, igualmente, seremos capaces de aportarle un bien fundamental. Sin embargo, hacer que la realidad coincida con la fantasía, sin forzar la realidad ni convertir la ilusión en una decepción, y que todo ello se prolongue en el tiempo, a pesar de la erosión cierta de la cotidianeidad y el desapego, no es una tarea sencilla. Es verdad, como señala Armstrong, que “la necesidad de amar y ser amado está profundamente arraigada en la naturaleza humana”, pero, igual de cierto es, como así mismo precisa, que “el amor es un logro, una conquista individual, y no algo con lo que simplemente nos topamos si tenemos suerte”. En esa tensión entre lo que anhelamos y el trabajo diario, disciplinado, generoso, sobre nosotros mismos y abierto al conocimiento, la aceptación y el perdón del otro, se juega todo ese complicadísimo entramado al que dedicamos novelas, fantasías, películas y pensamientos, cuando no la vida misma.
Armstrong nos propone, un poco al modo antiguo, conocernos, mejorarnos y hacernos merecedores de amar y ser amados. La suerte es importante, desde luego, pero mucho más lo es responsabilizarse de uno mismo y ser sinceramente receptivo a las necesidades de los que supuestamente amamos. Dure lo que dure. Un libro en apariencia sencillo pero intenso, sutil, aleccionador. Un estupendo ensayo sobre eso tan extraño y tan potente a la vez que es el amor.






