La escritora mexicana Aura García-Junco reflexiona en “El día que aprendí que no sé amar” (Seix Barral) sobre el rechazo social a las relaciones sentimentales no “normativas”.

 Texto: Antonio LOZANO  Foto: Luis GARCÍA

“Tú nunca te has enamorado” le soltó una conocida a la escritora y traductora Aura García-Junco (México, 1988) tras confesarle que estaba en una relación abierta. La sentencia activó toda una serie de dudas que propulsaron a buscar su propio manual para amar. Jugando a enmendar las trasnochadas visiones del ars amatoria de Ovidio y combinando lo íntimo con el análisis sociológico, cultural y político, El día que aprendí que no sé amar reflexiona sobre cuestiones como el patriarcado, el feminismo, la tecnología, la fantasía romántica, el poliamor o la pornografía en un intento por cartografiar el convulso y mutante panorama sentimental pero también sus fosilizadas y paralizantes estructuras profundas.

 Argumentas cómo todo cuestionamiento del amor “normativo” -patriarcal, heterosexual, monógamo…- sigue encontrando un fortísimo rechazo. ¿Cuáles serían los principales constructos antropológicos, culturales, sociales, mentales… que impiden una visión expansiva del amor, una que incluya pues opciones como el poliamor o las relaciones abiertas?

Primero que nada, cuando hablo de amor romántico me refiero a esa construcción ideológica que dicta que hay una serie de elementos que delimitan qué es el Amor Verdadero: monogamia, amor de por vida, heterosexualidad, la familia nuclear como un fin, jerarquización extrema de la relación romántica por encima de todo, el amor como camino al paraíso, la idea de la media naranja y de una mística del amor, el otrx como una fantasía, por nombrar algunas características centrales. Hay cierta flexibilidad dentro de esta construcción, pero cuanto más nos alejamos de su centro, más complicaciones surgen.

Salir de la monogamia sacude varios de los pilares del amor romántico. Muchas fibras sensibles se tocan: la sexualidad libre, que sigue siendo un tabú. El sexo fuera de una relación sexo-afectiva sigue teniendo el tufo del pecado y peor aún si se trata de una mujer quien ejerce su sexualidad. La idea de que el placer (no solo sexual) en general es malo, inútil, hedonista, y otras cosas, como si las relaciones sexo-afectivas fuera sólo para algo, funcionales (procrear, por ejemplo; la familia nuclear). Del otro lado, está la idea de lo que un hombre puede o no hacer y dejar hacer: el hombre que “deja” que su mujer tenga relaciones con otro, cuando el discurso es que debería tenerla controlada. Además, en el libro menciono la economía de la escasez, de la que hablaron Dossie Easton y Janet Hardy, que se refiere a cuando se asume que hay una cantidad finita de amor en cada persona y que por lo tanto, a cuantas más personas les toque parte de ese amor las porciones son más pequeñas, como si fuera un pastel.

Por otro lado, el machismo sigue infiltrado en nuestras subjetividades en todo aspecto y en todos los géneros, y con frecuencia aparece dentro de las relaciones que se pretenden más alejadas de la norma. Estamos todavía en una transición en la que muchas veces querer no es poder (aunque otras tantas sí lo es).

Luego está la economía. Inmersxs en la precariedad, parecería que lo más sencillo es aferrarnos a la pareja monógama como un salvavidas; sin embargo, muchas veces lo que nos salva son las redes comunitarias más amplias, ya sean amorosas o amistosas, vecinales, comunales. Hasta en eso se mete el individualismo: en cegarnos a otras posibilidades de organización que no dependan únicamente de la pareja, que suele verse como una extensión del individuo.

No hay que dejar de lado que también hay elementos importantes de la historia personal que se interconectan con lo anterior. Por ejemplo, las heridas de infancia, como las de abandono, son sensibles ante todo aquello que suene a inestabilidad. A veces la idea de relación abierta también resuena a traiciones en la propia historia amorosa, como si de alguna manera le dijeras a tu interlocutorx “estoy legalizando la infidelidad”. Pega duro en las inseguridades. ¡Es un combo!

 Asocias el amor romántico con un conjunto de violencias y con la provisión de falsas certezas. ¿No crees que esta fantasía encierre ningún elemento positivo, que ni siquiera su asomo en las primeras fases de la seducción cumpla con algún requisito que juegue en nuestro beneficio (personal y social)?

Como todo conjunto de creencias, aferrarse al amor romántico como algo absoluto, sin duda tiene la función de un salvavidas cuando el mundo es tan mutable alrededor. Funciona como una prescripción que parece llevar a la estabilidad. Un autoengaño jugoso. No por nada se ha dicho tanto que el amor ha sido el opio de las mujeres. Sin embargo, esta serie de supuestos siempre están tensionados por la cotidianidad. Claro que algunos elementos pueden traer momentos de alegría, el problema es cuando esta tensión choca con situaciones tan cotidianas como por ejemplo que las relaciones se terminan o que deseamos a más de una persona a la vez, lo que crea una sensación perpetua de fracaso. Mucho depende de la fantasía de lo que debería ser. Habrá a quien la prescripción del amor romántico le siente mejor y a quien le siente peor, habrá quien ya de por sí no entra por default, pero para mí lo interesante está en cuestionar qué de esto nos lleva al sufrimiento o a dañar y dañarnos más que sus virtudes, que falsamente o no, ya están pregonadas a diestra y siniestra.

Hablas del mercado del amor, esa área de influencia neoliberal en la que las redes sociales canalizan nuestra búsqueda de pareja. ¿Qué factores perniciosos crees que añade la tecnología a esa esfera de los sentimientos y emociones que desde siempre el capitalismo ha buscado manipular?

El término de mercado del amor fue acuñado por la socióloga Eva Illouz para hablar de toda la parte material y comercial que rodea las relaciones: desde la publicidad que te vende un rastrillo como una necesidad para que tu pareja te quiera, hasta los espacios de socialización de las relaciones donde pagas por estar (cine, restaurantes). Las aplicaciones para ligar son una de sus formas más visibles en la actualidad, porque son una tecnología que moldea cómo conoces a alguien. Para empezar, al ser un espacio mediado (no estás viendo a la persona de frente sino mediante una interfaz), incluso el diseño de las aplicaciones influye. Es más fácil deshumanizar a quien tenemos en pantalla si le reducimos cotidianamente a una equis o una palomita, si está ya presupuesto que podemos abandonar la conversación a las dos líneas, si hay 10, 20 o 100 más al alcance de nuestro dedo. Al menos en teoría. De alguna manera, se reduce al otrx a un producto intercambiable. Es como si fuera un aparador con muchas marcas de shampoo. Puro capitalismo. Yo, como clienta buscando cubrir una necesidad, me siento atraída por el empaque y leo lo que me vende. La que parecería no estar invitada a la fiesta es la vulnerabilidad. En esta deshumanización, pretendemos que no podemos ser heridxs. Sin embargo, como cualquier que haya usado Tinder puede atestiguar, esto no es cierto. Además, no existe un contexto común, entonces aunque las personas salgan, es más fácil desaparecer porque no hay una penalización comunitaria ni tantas posibilidades de volverse a encontrar, en especial en las ciudades grandes.

Es complejo porque muchas de estas desventajas, son a la vez ventajas para quien por ejemplo es timidx fuera de la pantalla o quiere conocer a personas fuera de sus restringidos círculos laborales, por nombrar algunos ejemplos. Creo que lo importante es desautomatizar la manera en que nos acercamos a esta tecnología, es decir, repetirnos que quien está del otro lado de la pantalla es una persona y no un shampoo. La tecnología sí crea una dinámica, y tenemos que combatirla para no perder la humanidad del acto de conocer a otrx.

“La demanda cultural de la felicidad a ultranza y el rechazo del dolor son un producto posmoderno que puede llevarnos a un perpetuo sentimiento de fracaso”, escribes. ¿Cuáles han sido los principales agentes responsables de moldear la aspiración a esta burbuja a un tiempo auto exigente y profiláctica?

Un factor muy relevante es la cultura del self help nacida el siglo pasado en los Estados Unidos. De alguna forma es una simplificación funcionalista de los hallazgos del psicoanálisis del principio del siglo XX. La narrativa se volcó a que la felicidad es el objetivo final, ese que venden los anuncios de refresco. La buena noticia, es que según esta narrativa, la felicidad es un objetivo que se alcanza con tan solo quererlo. Como apuntan diversas teóricas como Sara Ahmed, pensada así, la felicidad es un producto del individualismo que pone todo el peso en las personas e ignora las opresiones colectivas. Es decir: si todo depende de ti, no importa si no tienes trabajo, si te discriminan, si tienes alguna neurodivergencia, si alguien te manosea en la calle, nunca debes dejar de sonreír. Quien no sonríe, es un fracaso. Es una forma de meritocracia psicológica: la sonrisa es de quien la trabaja, si no la tienes es porque no estás trabajando lo suficientemente fuerte. Deshacernos de la idea de felicidad a ultranza, paradójicamente, nos libera de muchas presiones que llevan al sufrimiento de la insuficiencia.

Por momentos eres crítica con determinados enfoques de algunas corrientes del feminismo. ¿Dónde crees que éste debería situar sus preferencias y cuáles deberían ser sus focos de actuación prioritarios?

No me atrevería a decir dónde tiene que poner sus focos de actuación todo el feminismo porque no creo que haya tal cosa como un objetivo preciso unificado más allá de la generalización que es “la búsqueda de equidad entre los géneros” (y agregaría yo entre las clases y razas). Lo que sí me parece esencial es que los feminismos no contribuyan a la opresión de colectivos de por sí violentados, como el de las personas trans. También creo que debemos seguir haciendo revisiones críticas de cualquier teoría que llevemos a la práctica. Todo el libro es una llamada a ello, a las preguntas, pero también a la apertura al otro, la otrx y la otra.