«La hija», de Sergio del Molino
«La hija», de Sergio del Molino, demuestra que todavía es posible escribir una novela contemporánea con herramientas narrativas clásicas sin caer ni en la nostalgia ni en el manierismo. Frente a cierta narrativa actual obsesionada con la fragmentación o el artificio formal, Del Molino apuesta por la continuidad tonal, la densidad moral y la confianza en el poder de la narración sostenida. El resultado es una obra sobria, inquietante y literariamente muy sólida.

Texto: Eduardo Garrido Pascual
En un momento en que buena parte de la narrativa contemporánea parece debatirse entre la hipertrofia del yo, la fragmentación estructural y la necesidad constante de exhibir conciencia de modernidad, resulta llamativa la apuesta narrativa de Sergio del Molino en La hija.
No porque renuncie a la complejidad contemporánea —la novela está profundamente atravesada por ella—, sino porque decide afrontarla mediante recursos que muchos considerarían hoy casi intempestivos: continuidad tonal, construcción pausada de personajes, desarrollo moral sostenido y una firme confianza en la capacidad de la narración para sostener por sí sola el peso del relato.
Lo notable es que esa elección estética no produce una novela anacrónica. Al contrario. Hay algo inesperadamente moderno en la serenidad narrativa del autor, quizá porque frente al exceso de estímulos, ironías y artificios de cierta ficción actual, su escritura recupera una forma de autoridad literaria basada en la precisión, el ritmo y la contención.
La novela evita desde el principio cualquier tentación efectista. Del Molino no necesita grandes golpes de escena ni mecanismos de suspense demasiado visibles para mantener la tensión. Esta surge de otro lugar mucho más difícil de administrar literariamente, el de la conciencia moral de los personajes. Poco a poco, casi sin subrayados, el relato va estrechando un cerco ético alrededor de ellos hasta convertir situaciones aparentemente cotidianas en conflictos de enorme densidad emocional.
Ahí reside buena parte de la fuerza de la novela. En su capacidad para sostener una inquietud constante sin alterar apenas el tono. Todo en La hija parece narrado desde una calma engañosa, como si la prosa supiera desde el principio que no necesita precipitarse. Esa seguridad tonal es, probablemente, uno de los mayores logros del libro.
La tradición realista
No resulta extraño que durante la lectura aparezcan ecos de cierta gran tradición narrativa española. No porque Del Molino imite estilos del pasado ni porque practique un realismo decimonónico en sentido estricto, sino porque comparte con autores como Benito Pérez Galdós o Miguel Delibes la convicción, cada vez menos frecuente, de que la novela sirve, ante todo, para explorar la complejidad humana.
En La hija no hay personajes concebidos como simples portadores de ideas ni figuras diseñadas para confirmar prejuicios morales del lector. Del Molino los observa con una mezcla de proximidad y distancia que evita tanto la absolución sentimental como la condena simplificadora. Todos parecen moverse en una zona moral incierta, sometidos a contradicciones que la novela no pretende resolver del todo.
También en ese sentido la escritura de Del Molino se aparta de ciertas inercias contemporáneas. Frente a una literatura donde a menudo los personajes funcionan como vehículos de tesis previas o identidades perfectamente codificadas, La hija recupera una dimensión más ambigua y más profundamente novelesca de la condición humana.
A ello contribuye decisivamente la prosa del autor. Sobria sin caer en la sequedad, precisa sin resultar fría, la escritura mantiene en todo momento un difícil equilibrio entre claridad y densidad expresiva. Del Molino escribe con una naturalidad muy trabajada, de esas que esconden un enorme control técnico.
Y quizá ahí aparezca una de las paradojas más interesantes de la novela. Su clasicismo formal termina funcionando como un gesto de resistencia frente a determinadas convenciones de la narrativa contemporánea. En tiempos de dispersión narrativa, la apuesta por una estructura sólida y una voz sostenida adquiere casi un carácter contracultural.
La novela como espacio moral
Lo verdaderamente valioso en La hija no es su solvencia formal, sino su ambición moral. En tiempos de novelas construidas para confirmar emocional o ideológicamente al lector, Del Molino apuesta por algo más arriesgado y más difícil, explorar la complejidad de ciertas conductas humanas sin ofrecer coartadas fáciles ni respuestas apaciguadoras.
La voluntad de comprender más que de juzgar es, probablemente, el rasgo que más la emparenta con la gran novela realista clásica. Del Molino no construye un relato para confirmar certezas morales del lector contemporáneo, sino para incomodarlas ligeramente. Y lo hace además sin necesidad de dramatismos excesivos ni subrayados discursivos.
La sensación final que deja la novela es la de haber asistido a un relato que confía plenamente en la inteligencia del lector, una novela que no necesita explicarse continuamente ni justificar su relevancia mediante artificios externos. En un panorama literario donde con frecuencia se confunde complejidad con fragmentación y modernidad con ansiedad formal, La hija reivindica algo mucho más difícil y menos vistoso, la madurez narrativa.
Quizá por eso la novela produce una impresión tan poco frecuente hoy. La de estar leyendo un libro profundamente contemporáneo escrito desde una conciencia literaria clásica. No como ejercicio nostálgico ni como imitación arqueológica, sino como demostración de que ciertas herramientas narrativas siguen teniendo una enorme capacidad para iluminar el presente.
Y tal vez ahí resida, finalmente, la mayor virtud de Sergio del Molino, haber entendido que ciertas formas clásicas de narrar siguen siendo capaces de iluminar las incertidumbres del presente.







