Julio Llamazares: “Pare, escuche, mire”

Julio Llamazares ha publicado recientemente “El viaje de mi padre”, donde repite el viaje que hizo su padre durante la guerra civil desde su aldea en León al frente de Castellón. El más andarín de nuestros escritores, estuvo el pasado Festival Eñe en un diálogo titulado “Sibaritas del arte de pasear” con el biógrafo de Josep Pla, Xavier Pla, moderado por el director de Librújula. Estas son algunas de las palabras de Llamazares que hicieron que a una hora muy tardía de la noche, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid la gente ni cenase ni durmiese.

 

Voz: Julio Llamazares   Foto: Asís G. Ayerbe

 

El viaje de mi padre. Es un viaje muy particular porque repito el viaje de mi padre con 18 años durante la guerra civil a la batalla del Ebro. Lo que he descubierto es algo que ya sabía, que estaba ya en esa primera frase de El Río del Olvido: que el paisaje es memoria. Los paisajes incorporan como una pátina los hechos que sucedieron en ellos. Cuando vas por Teruel, sopla el viento, huele a tomillo y ves unas trincheras… el pensamiento empieza a circular por sí mismo y empiezas a imaginar que sentirían aquellos chavales de 18 años a 20 grados bajo cero. Estás en un pueblo de Teruel donde murieron dos mil jóvenes de los dos bandos para conquistar un pueblo en el que ahora viven veinte o treinta personas.

 

Los 3 mandamientos del caminante: Estuve en un taller de literatura de viajes en Chaves, en Portugal, y lo titulé con tres palabras que para mí son los tres mandamientos del viaje y, me atrevería a decir, que de la vida, que copié de los carteles de las vías férreas portuguesas. En los pasos a nivel, aquí en España como somos muy bruscos el rótulo dice: “cuidado con el tren”. Los portugueses, como son más poéticos, dicen “Pare, escuche, mire”.

 

Los 3 pilares del viaje:  El primero es el paisaje como depósito de memoria, el paisaje no es un telón de fondo de un escenario sino un espejo que te refleja pero también te modela. El segundo es el paisanaje: se viaja para aprender y se aprende escuchando las historias de la gente. El tercero es el azar; que pases por un lugar por la mañana o por la tarde cambia la luz, la gente, cambia la experiencia que te llevas. Hay que dejarse llevar por el azar, que te aporta esa libertad necesaria para viajar.

 

Despacio:  Mi primer libro se titula La lentitud de los bueyes, así que lo de ir despacio me viene de muy atrás. Si puedes ir andando, mejor que en coche. Si puedes ir en coche, mejor que en avión, porque el camino es tan importante como la llegada. Lo importante en la vida y en la literatura es el camino que recorres. Hacerlo despacio y contemplando el paisaje y hablando con la gente es más gratificante que esa velocidad que la industria del viaje recomienda.

 

Adentro:  Todo viaje es interior. Hay un viaje físico, pero también un viaje interior que te transforma y no regresas siendo el mismo. Esa es la diferencia entre viajero y turista.

 

Cerca y lejos:  Me he movido mucho pero no he llegado a ningún sitio. Lo cuento en mi libro El río del olvido: mi primer viaje en lugar de plantearme ir al Amazonas fue conocer el pequeño río donde me bañaba los veranos. Caminé durante una semana desde donde muere, en la desembocadura, hasta donde nace entre León y Asturias. El turismo promociona el sentido olímpico del viaje, cuanto más lejos mejor. Hay gente que ha estado en Vietnam o en Bali y no conoce la comarca de al lado de su casa.

 

Caminar: En estos últimos años ha habido incluso una moda editorial sobre caminar y pensar. Es verdad que andar es una excusa para pensar. La esencia del paseo es la ligereza, dar una vuelta sin ningún motivo, destino ni itinerario. Se trata de dejar vagar el pensamiento de manera casi inconsciente, un poco lo que pasa cuando te sientas en la playa a ver las olas. O miras pasar la corriente del río desde un puente o miras el fuego, que el pensamiento fluye. Es una puerta a la imaginación y al pensamiento, no es tan importante por dónde vayas sino lo que te sugiere por donde vas.

 

Contar: Me interesan autores como Josep Pla, Cunqueiro o Miguel Torga que cuentan el mundo a través del paisaje materno. Dice Torga en sus diarios: “Llego a casa, enciendo la lareira y me quedo horas en silencio porque mis palabras no están a la altura de mis sentimientos”. Es la lucha de los escritores: que haya la menor distancia posible entre los sentimientos y las palabras, pero el lenguaje es limitado y tú eres limitado como escritor. Por eso siempre pienso que el éxito de un escritor no es tener más o menos reconocimiento social, que venda más o menos libros, sino que haya la menor distancia entre lo que quieres contar y lo que realmente has puesto en el papel.