Los hijos del volcán (Alfaguara), del escritor mexicano Jordi Soler, cuenta la historia del hijo del caporal de una plantación cafetera que se adentra en la selva para protegerse del cacique del lugar.

Texto: David VALIENTE Foto: Asís G. Ayerbe

 

En su nueva novela, Los hijos del volcán, el escritor mexicano Jordi Soler recupera el paisaje de La Portuguesa, plantación de café donde nació, para contarnos la historia de Tikú, el hijo del caporal de una plantación cafetera que se adentra en la selva para protegerse de Lucio Intriago, el cacique de San Juan el Alto. En la entrevista que Soler nos concedió dejó bien claro que escribir sobre su tierra natal le proporciona un placer que conecta con lo físico: “Resulta que, cuando viajo a algún lugar y estoy en mi cenit, siempre pregunto a qué altitud estamos. La Portuguesa se encontraba a 820 metros sobre el nivel del mar. Casualmente cuando me siento así de bien, es porque me encuentro en altitudes similares”.

Aunque La Portuguesa desapareció, “fue vendida y diluida en la mancha urbana”, Jordi Soler emplea la imagen que construye en sus novelas “como un arma contra la nostalgia”. “Tras la ducha mañanera ya no puedo escribir ficción, porque se rompe el hilo onírico. Eso demuestra que mi novela recoge parte de mi infancia, pero también parte de mis sueños, es decir, el reverso de la autobiografía”, asegura el autor. El libro comienza con Tikú en el interior de la selva. Indefectiblemente, la primera pregunta debe ayudarnos a entender al protagonista.

 Tikú, un medio indio influido por ideas de izquierda, comete actos destructivos acuciado por unas voces. ¿Qué intención tenía con este personaje?

Tikú es el primer miembro de una familia pobre con la oportunidad de salir del círculo vicioso de la pobreza. Desde luego que su punto de vista, por la situación, es de izquierda, pero intento evitar la politización de la novela, por ello prefiero considerarlo un desposeído. Oye voces porque todos las oímos, todos hablamos constantemente en un tono reflexivo o de advertencia. Cualquiera de nosotros podríamos convertirnos en Tikú si dejáramos de luchar contra esa voz interna. De hecho, cuando en ocasiones la voz es más potente, la gente es incapaz de refrenarla y entran en un proceso patológico. En otros contextos, son muy conscientes de la voz. Carlos Castaneda nos cuenta que los brujos mexicanos hasta le pusieron un nombre socarrón: “diálogo interno”.

¿Por qué atacar la problemática de México desde la locura y no desde la racionalidad?

No quería hacer una novela de denuncia política al uso. La locura me permite abrir nuevas direcciones y centrarme en la parte mágica. En todo el texto intervienen fuerzas telúricas, el mismo volcán es una gran boca que conecta la superficie con el submundo, de donde surgen todas las deidades de las que habla la chamana. Este ambiente mágico guarda relación con las creencias prehispánicas enfrentadas a la estética católica imperante en México, pero trufada por la misma cultura opuesta. Las voces de Tikú se inscriben en esas fuerzas telúricas, que representan a la selva. Mis personajes son constantemente arrinconados por la selva y Tikú no es una excepción. Se metió la naturaleza dentro de él, como se mete el diablo.

Pero Tikú busca cobijo en esa naturaleza. De hecho, lo salva de la civilización…

Lo salva a costa de volverse parte de ella. Si no, ¿cómo te vas a salvar en un territorio tan hostil? Con esta novela pretendo desmitificar esa visión naif que se tiene de la naturaleza: aunque parezca que lo natural está para salvarte, en realidad no es así, y quienes hemos nacido en la selva lo sabemos. La naturaleza, si no te defiendes, va a devorarte. Durante mi niñez aprendí que el equilibrio ecológico consiste en machacar a la fiera que va a destruirte, es más, me la pasaba defendiéndome de las alimañas con un machete. La naturaleza siempre ha sido hostil. Esto lo entendieron muy bien los modernistas. El poeta Baudelaire, en su afán de ir contra los románticos, se dio cuenta de que el arte se debía hacer en las ciudades, donde estaban las máquinas. Pero ahora se ha dado otra vuelta de tornillo y el modernismo ha quedado sepultado por un neoecologismo, que de nuevo ama la naturaleza. En los capítulos del libro recupero el espíritu crítico de Baudelaire para mostrar que, si bien la selva es un lugar maravilloso, te va a devorar si vas haciendo el tonto y abrazando los árboles que te indica un gurú.

En su novela apreciamos dos tipos de desigualdad, una relacionada con el estatus económico y la otra con el color de la piel y los rasgos faciales. ¿Cuál de las dos está más arraigada en la sociedad mexicana?

Para mí, la más injusta y brutal tiene que ver con el aspecto físico. En México, si pareces indígena no tienes ninguna oportunidad, mientras que si eres blanco, por muy imbécil que seas, llegas lejos. La desigualdad económica se relaciona con la pigmentocracia, por supuesto. Sin embargo, en mi novela el dueño de la plantación cree en la igualdad, y cree también que la sociedad está corrompida por la desigualdad. Por eso contrata a la gente que vive alrededor de la plantación y los trata bien. El problema añadido a la desigualdad es que los estereotipos no se rompen: el hacendado será siempre, para el indígena, un blanco español, rico y explotador, algo que lamenta tanto el hacendado como el narrador.

De todos modos, el paisaje que usted refleja parece que no ha evolucionado desde el s. XVII. Es cierto. Esa zona de México que describo sigue inmóvil en la época del virreinato, cuando existían las encomiendas y un grupo de indígenas (encomendados) recibían órdenes de un español o un criollo. No podemos decir que la figura legal creada por el virreinato tratara a los indígenas como se trató a los esclavos en las plantaciones de algodón de Estados Unidos. Pero sí es cierto que esta zona de México sigue articulada socialmente con el binomio dueño-sirviente. Mi novela podría ser perfectamente un texto ambientado hace cuatro siglos, pero hay teléfonos móviles y vehículos modernos.

Junto al criollo, hay un nuevo actor de poder del que también se hace eco su novela: los narcotraficantes. ¿Cómo interactúan estos dos poderes?

Como bien sabemos, el poder se alía y coaliga. No son raras las alianzas entre zetas y narcotraficantes; consiste en conservar el poder a costa de pactar con tu némesis. Todas las fuerzas que se concentran en las faldas del volcán, desde paramilitares a narcotraficantes, son, desde luego, otra forma más de expresar la violencia natural. La sierra genera y multiplica todos estos demonios.

Entonces, en México, ¿la violencia regula las relaciones sociales?

Dependiendo de la zona. La retícula social se compone de violencia. En Ciudad de México no se puede frecuentar ciertos barrios a según qué horas, y si sales con un reloj caro corres el peligro de no volver con él a casa. La violencia condiciona la vida social, pero en el territorio que recreo en la novela con mucha más razón. Ahí solo vive quien sabe cabalgar la violencia.

¿Cuáles son las condiciones para que México sea un país tan desigual?

En México cabrían catorce Españas. La enormidad del país alberga 52 lenguas indígenas, incluso hay zonas donde no se habla el español. Millones de personas viven como en la época precristiana. Si quieres ser escritor debes vivir en Ciudad de México, si no, no eres nadie. Esto da cuenta de lo centralizado del país, tan solo tres ciudades pueden ser designadas como importantes y cosmopolitas; el resto es muy rural. La revolución zapatista organizó el campo de tal forma que lo desvinculó de las grandes metrópolis. Así es la realidad de toda Latinoamérica. Además voy a ser malo: México no recibe ninguna subvención de la Unión Europea.

Usted crea un cuadro duro, pero a la vez pone en la chamana unas palabras de esperanza cuando afirma que los españoles vienen y se van, pero que ellos, los indígenas, llevan toda la vida en México.

En efecto, un mensaje plagiado de mi infancia. A mí me decían estas palabras, porque yo nací en Veracruz, pero mis padres eran españoles. Me hacían ver que pronto nos íbamos a ir de la tierra de sus ancestros. ¿Quién sabe? Tal vez tengan razón y este paréntesis de quinientos años no sea nada en comparación a los milenios que ellos llevan viviendo allí.

Describe a un guerrillero llamado Abigail Luna. ¿En quién se inspiró para crear este personaje?

Cuando era niño me aterrorizaba la imagen de Lucio Cabañas, un guerrillero que operaba en la sierra que colinda con el Pacífico. Recuerdo salir con mi familia de excursión y mi padre tener que portar un revólver 38. Los caminos eran muy peligrosos y yo sentía adoración por el arma de mi padre. Por supuesto, estaba bajo el embrujo de una ensoñación, pues Lucio Cabañas se encontraba a cientos de kilómetros de Veracruz. No obstante, en mi juventud hice radio y mantuve comunicación con el Subcomandante Marcos, a quien le promocioné una serie de conciertos que hizo para conseguir fondos y sacos de maíz. En esa época conocí a otros zapatistas que despertaron mi inquietud desde el punto de vista literario. Creo que con esta novela está empezando a brotar una historia completa de Abigail Luna.

López Obrador, presidente de México, ha exigido al rey de España que pida disculpas por el pasado colonialista de nuestro país…

Se trata de una maniobra política con la que ha conseguido rédito de cara a sus votantes, pero que a nivel internacional le ha supuesto hacer el ridículo. No tiene mucho sentido reclamarle a una persona algo que sucedió hace quinientos años y que además fue perpetuado por otra dinastía real. Yo me quedé un poquito abochornado. Aunque la reacción de la derecha española, apelando a la capa, al espadón y al Cid, también resulta muy ridícula.

¿Qué opina del nuevo revisionismo que desde hace dos años se ha implantado en la sociedad?

Hay cierto revisionismo que sí se debe hacer: las estatuas de un dictador no pueden ocupar espacios públicos, por ejemplo. Pero otros tipos de revisionismo son ridículos. En California han tirado estatuas de Fray Junípero, un misionero mallorquín, que caminó hasta Estados Unidos para catequizar. Era un hombre bueno, sin pretensión colonialista. Tampoco considero conveniente que traten de borrar el rastro de Hernán Cortés, ya que solo destacamos su faceta negativa, y nos olvidamos de que Cortés hizo la primera universidad de América en México, donde tan solo se empleaba el náhuatl como lengua vehicular. Cuando derriban una estatua se destruye un pedazo de historia.