En el ensayo “La orilla celeste del agua”, Jordi Soler reflexiona sobre la hipervelocidad del siglo XXI y la excesiva dependencia a las nuevas tecnologías de nuestra sociedad.

 

Texto: David VALIENTE

 

El ensayo del poeta y escritor mexicano Jordi Soler, publicado por la editorial Siruela, La orilla celeste del agua, recoge cuatro pequeñas piezas- La mirada activa, Cartografía del Corazón, El Jardín y Canticum. En ellos recupera temas para él bien conocidos, como nuestra manera de vivir, la identidad, la buena vida, además de algunos más personales como la música. Durante nuestra entrevista telefónica rememoramos a viejos filósofos, andamos por los difíciles caminos del amor y la modernidad,  examinamos las condiciones político sociales de la actualidad y, esto no podía faltar, nos deleitamos con las canciones de la mítica banda de hard rock Led Zeppelin.

 

Cuando leo su primer ensayo, siento un cierto grado de nostalgia por un pasado que fue, y que, según los caminos elegidos por nuestra especie, parece que no regresará.

Más que nostalgia, como dice el subtítulo, trato de mapear la realidad que con frecuencia se nos escapa y no somos capaces de captar. Mi pretensión con el libro es invitar a las personas a mirar con atención las cosas que no ven, pero que están a su alrededor. Por eso recojo la historia de Goethe y la Catedral de Estrasburgo, porque es el ejemplo perfecto de una persona capaz de prestar atención a los detalles que para los demás pasan desapercibidos. Su capacidad para observar más allá, le permitió detectar la torre que faltaba en la catedral. Él se atrevía a salir todos los días al mundo con los ojos bien predispuestos al hallazgo; en eso mismo consiste la mirada activa.

 

Sin embargo, cuando salimos a la calle podemos ver a la gente todo el día conectada a la pantalla del móvil. Hay muchas distracciones…

Sí. La mirada activa requiere de un esfuerzo por parte de las personas. En el libro, hablo de los futuristas italianos, este grupo de artistas que transformaba los ruidos de la modernidad en arte. Precisamente, cuando camino por la calle de delante de mi casa, una calle muy céntrica y transitada, pienso en Filippo Tommaso Marinetti, el fundador del futurismo, y cómo él combinaría los diferentes ruidos para componer una sinfonía. Por desgracia, ya no miramos nuestro entorno, sino que la realidad nos entra por esa suerte de oráculo llamado pantalla del móvil.

 

¿Qué le parecen las máscaras que creamos ahora?

He intentado contraponer la idea marco aureliana de tallar la máscara con la concepción plotiniana que nos incitaba a esculpir la estatua. A grandes rasgos, los dos filósofos no invitan a reconsiderar lo que somos. Obviamente, la personalidad no nace de forma espontánea, requiere de tiempo y está determinada en gran medida por nuestro marco cultural y familiar. Hay un refrán hispano que dice: “Genio y figura hasta la sepultura”. Este refrán da a entender nuestra dejadez y, como resultado de ello, nuestra incapacidad para cambiar; todo lo contrario de lo propuesto por Marco Aurelio y Plotino. Por eso, decidí rescatarlos, porque  verdaderamente tenemos la capacidad de replantear nuestra personalidad. Por otro lado, para mí tiene más relevancia la propuesta de Marco Aurelio. En la cara se codifica toda nuestra vida, y, en estos momentos que todos vamos tapados de ojos para abajo, no nos damos cuenta de nuestra capacidad de asumir ciertas máscaras. No llevamos puesta la misma con  nuestra pareja que con nuestros amigos o familiares cercanos. Marco Aurelio nos invita a ser conscientes de todas las máscaras que podemos llevar a lo largo del día, y a partir de ellas, tallar la mejor máscara posible.

 

Y esa predisposición a tallar la máscara adecuada, ¿no puede hacernos caer en los arquetipos?

Por supuesto. Es difícil no caer en el arquetipo, pero si lo tenemos que hacer, mejor que seamos conscientes de ello, de que lo hacemos porque queremos o nos conviene. Del arquetipo hay que huir, pero también, en algunas ocasiones, abrazarlo.

 

Parece una actitud fría y calculada.

Hay maneras deportivas de hacerlo. Basta con darse cuenta de la situación y salir predispuesto al hallazgo. De hecho, fue André Breton, líder de los surrealistas, quien conceptualizó ‘el hallazgo’. Él pensaba que la mejor manera de salir a la calle era en un estado de total distensión, libres y abiertos a ver que encontramos a lo largo del camino.

 

Hablemos de los andróginos y de cómo los románticos tenían la concepción futura de que todos seríamos así; parece que se equivocaron…

Vamos por el camino contrario. Con este ensayo, entre otras cosas, planteo la pregunta de por qué siendo estructuralmente iguales y habiendo tantas personas que  podrían gustarnos, solo nos enamoramos de una. La ciencia dice que una persona se enamora de aquella que cuenta con el cuerpo bacterial que le falta. Esto quiere decir que cuando besas a alguien no lo haces porque te guste o la desees, sino porque quieres salvar tu vida. Estas ideas que circunscriben el amor a procesos químicos y neuronales, me parecen interesantes a la vez que desoladoras; además me dejan muy frío y me hacen recordar que he aprendido mucho más del amor leyendo a los poetas, novelistas y filósofos que a los científicos. A mí no me interesan las concepciones del amor científicas, me interesa el misterio que sigue representando; y como tal lo trato en el ensayo, sin la intención de descifrarlo, porque el amor debe permanecer siendo un misterio. Trato de dar la vuelta a algunos puntos de vista que considero erróneos como ese que dice que nos enamoramos de nuestra media naranja, cuando en realidad lo hacemos de nuestro opuesto complementario o de la horma de nuestro zapato.

 

Quería preguntarle sobre las explicaciones científicas. ¿No le parece que la ciencia, las redes sociales, la vida rápida a la que estamos casi todos expuestos pueden hacer que el amor pierda ese encanto de la espera, la intimidad de la pareja, en definitiva, el misterio que usted dice que es?

Ni los grandes instrumentos a nuestra disposición para aproximarnos al fenómeno amoroso nos explicarán ese misterio, es más, resaltan nuestra ingenuidad, ya que nos encontramos ante uno de los grandes misterios de la naturaleza, ingobernable e incalculable. El éxito en Tinder no te asegura que en la vida real vayas a experimentar lo mismo, y si lo experimentas es porque probablemente lo ibas a tener sin la app. Por otra parte, fenómenos de toda la vida, hoy los calificamos de forma muy pomposa, por ejemplo el poliamor. Todo esto, en realidad, son ilusiones que nos hacen reflexionar sobre el proceso amoroso, pero que por suerte siguen dejando intacto el amor y el enamoramiento.

 

Y claro, la imaginación alimenta el misterio, ¿verdad?

Prefiero vivir en el misterio que nos da la vida, ya que no es posible ni deseable saberlo todo. Por eso uno de los grandes componentes del enamoramiento es la imaginación. En el ensayo, analizo a un personaje de una de mis novelas enamorado de una mujer, pero que de pronto descubre que no le gustan sus pies. Sin embargo, gracias al amor le termina gustando esa parte del cuerpo amado. Creo que esto es el enamoramiento. El enamorado debe de poner de su parte en el cuerpo amado, sino el amor sería imposible o algo técnico vinculado exclusivamente a la reproducción.

 

¿Usted cómo concibe la ruta del amor al modo de Breton o como Fleetwood Mac?

La propuesta de Fleetwood Mac me produce vértigo, no quiero ser esclavo de mis amores pasados ni tampoco me gustaría conservar todos los eslabones de la cadena amorosa que me ha traído hasta aquí. Es más, me causa terror esta posibilidad, porque algunos de mis amores los he enterrado, los he dejado completamente atrás. El planteamiento de Breton me resulta coherente, quizá no con la misma coherencia, pero creo que buscamos un cierto tipo de persona por los factores que nos condicionan; la persona con quien decides compartir tu vida tiene las condiciones de todas las mujeres que has conocido previamente.

 

Usted hace mención al zapato de la novela de Flaubert, y retomando el tema de la imaginación: ¿cree que la manera de entender la erótica ha cambiado en estos últimos siglos?

Mi ensayo dice que somos el mismo animal que fueron los filósofos griegos o los primeros Homo Sapien Sapien. El fundamento de nuestros temores y deseos son los mismos, aunque haya ciertos aspectos menos determinantes que puedan cambiar. Por eso, creo que el pie sigue provocándonos la misma perturbación que le produjo al joven narrador de la novela de Flaubert el pie de su amada.

 

Respecto a las vacas libias que caminan hacia atrás y muestran impasibilidad; creo que serían grandes estudiosas porque cuentan con las dos características imprescindibles para la investigación y el estudio: revisar los materiales (es decir, caminar hacia atrás) y una paciencia infinita. Por desgracia, el mundo del estudio y la investigación ha perdido estas cualidades, parece que estudiar se ha convertido en una carrera a contrarreloj que la gana no quien tenga un trabajo más acertado y completo, sino quien llega antes. ¿Cree que con la pandemia hemos regresado a esa tendencia que tanto favorecía a las disciplinas científicas y humanísticas?

El cambio, en realidad, ha sido en la posición dentro de los espacios físicos. Nuestro confinamiento dudo mucho que se asemeje al que se vivió con la Gripe Española. En ese momento sí tuvo que haber reflexión, pues no disponían de las distracciones puestas hoy a nuestra disposición. Estar pendiente de la pantalla del móvil es una suerte de confinamiento, estés donde estés, ya sea el campo o un autobús, te encuentras confinado en un universo virtual. Desde este punto de vista, estoy desesperanzado y dudo que hayamos sacado lecciones valiosas. Pero, de otro modo, creo que el confinamiento nos ha enseñado nuevas dinámicas de trabajo. Antes, debido a las presentaciones y firmas de libros, los escritores viajábamos muchísimo, pero nos hemos dado cuenta de que no es necesario. De hecho, la conversación que estamos manteniendo ahora mismo por vía telefónica es una prueba contundente de ello. Seguramente, antes nos habríamos visto en algún café.

 

En su ensayo usted menciona el Manifiesto de arte revolucionario y arte socialista escrito por León Trotsky donde describe el futuro de los seres humanos si eligen el camino de la izquierda ¿estamos cerca lo propuesto por Trotsky?

Estamos muy lejos de la conceptualización que los firmantes del manifiesto (León Trotsky, André Breton y Diego Rivera) plantearon. Como demuestra el manifiesto, la izquierda tenía una vigencia crucial para el mundo y  hacía mucho hincapié en la colectividad. El otro día leí en un think thank francés que la juventud se está derechizando, es decir, está asumiendo los valores de la derecha; ¿y cuál es el principal baluarte de la derecha? Sin duda, el individualismo. La izquierda pierde territorio progresivamente, porque la juventud contempla con recelo a los estado que no son capaces de proveerles de un futuro. Entonces, depositan toda su confianza en la lucha individual, en el liberalismo. No obstante, la historia ha demostrado regirse por un sistema pendular, así que después de este periodo de individualismo rampante, vendrá otro de colectividad.

 

¿Cree que la pandemia contribuirá al retorno de la colectividad?

Me gustaría pensar que sí. Al menos he tenido la impresión de que iba a pasar y seguramente pasó. El mismo fenómeno de la vacunación masiva es resultado de la colectividad, difícilmente se hubiera podido hacer de manera individual, se ha necesitado de la organización estatal.

 

En su ensayo, cuenta que Lutero y Bach combatían a los demonios que habitaban en los bosques con música. ¿En pleno siglo XXI, contra qué demonios debe luchar la música?

Para empezar contra el demonio unificador de la música en plataformas como Spotify. Siempre ha existido el mainstream en la música; las estaciones musicales emitían una y otra vez un mismo hit. Nos tocaba a los entusiastas de la música averiguar lo que se escondía detrás de esa canción. Cada quien se montaba su propia colección de discos de acuerdo con su preferencias y gustos musicales. Ahora, ese input nos llega de manera masiva simplemente con abrir la computadora o el teléfono móvil. Lo más grave es que no nos damos cuenta qué las sugerencias responden a los intereses de los dueños de las plataformas. Yo siempre escribo con música. Cuando comienzo una novela elijo un CD y lo pongo una y otra vez todas las veces que me siento a escribir y todo el tiempo que estoy delante del texto. Con los primero acordes ya me meto en la estructura de la novela y la escritura fluye. Sin embargo, la bandeja del disco está rota, y tampoco sé si quiero repararla porque supone un esfuerzo que no quiero hacer. Spotify me permite elegir todo los discos que quiera, pero no los repite sino que termina y me conduce por unos meandros desconocidos. En el ensayo, planteo que la música tiene unos poderes de evocación que no tienen otras artes, solo con escuchar una breve melodía, puedes retrotraerte a un momento específico de la vida. La literatura activa las capacidades intelectuales, la música apela al corazón y al estómago.

 

¿Y fuera del ámbito de la música contra qué demonios debe luchar?

Los hemos revisado a lo largo de nuestra conversación. El demonio en persona te invita a hacer cosas que muchas veces no quieres hacer. Estamos rodeados de constantes distracciones. Por ejemplo, antes para ver una película seguías un ritual: cogías el disco, lo metías en el DVD…Ahora tan solo con el mando de la televisión puedes cambiar de película las veces que quieras, las puedes dejar a medias e incluso muchas veces terminas viendo un film que ni siquiera te gusta. Igual ocurre con el teléfono, terminas enredado en asuntos que ni te incumben. Este demonio distractor se combate con la disciplina. Aunque, caer de vez en cuando en las tentaciones es saludable. Pero si caes, hazlo por tu propia voluntad, no por la falta de ella.

 

Hay algo que siento al leer el ensayo. ¿A usted no le disgustaría fundirse con la música, es decir, que no hubiera ningún medio físico entre usted y los acordes?

Efectivamente. Mi intención con este ensayo es exponer ciertas tendencias actuales sobre las que reflexionar. Si quieres reflexionar sobre algo, primero tienes que caer en ello. Me sigue fascinando la facilidad de hoy para hacer algunas cosas. Recuerdo que a finales de los 80 era muy difícil conseguir discos extranjeros, tenías que encargarlos en una tienda especializada, además costaba mucho dinero adquirirlos. Durante años estuve buscando a un compositor del siglo XVIII apellidado Bieber. Por casualidad cayó en mis manos su obra titulada Misa de Bruselas, una pieza que me volvió loco; hice una buena colección de sus discos. Sin embargo, en Spotify encontré toda su obra a golpe de click. Con esto que acabo de decir no pretendo exaltar estos fenómenos, creo que la labor del ensayista es analizar con ojo crítico lo que ocurre, y cosas así forman parte de nuestro momento.

 

Cómo han cambiado los ídolos musicales; antes eran dioses, ahora son mundanos.

En esos momentos había unos sustratos atávicos muy interesantes. Recuerdo como el líder de Led Zeppelin, Robert Plant, tocaba en sus conciertos como un sacerdote oficia una misa. Todo el mundo presente callaba y oía con devoción las canciones que salían de su voz, algunos incluso lloraban. No tuve la suerte de verlos en directo, pero estoy convencido que yo hubiera sido uno de esos fieles comprometidos con el artista. Por desgracia, el tuteo de las redes sociales ha terminado con la distancia entre ‘el fiel’ y ‘su dios’, nos ha igualado desde el momento en que una persona puede interpelar a un artista por Twitter y decirle cualquier cosa. El trasunto físico de esto es que una persona puede subir a un escenario a dar una colleja al cantante. Esto me parece una desgracia.