Jon Fosse, el Nobel del norte
Ha publicado “Vaim”, su primera novela después de recibir en 2023 el premio Nobel. De ser un autor noruego minoritario ha pasado a escritor de moda y ahora parece que a todo el mundo le gustó siempre. Seguramente él mismo estaría de acuerdo en que todo se ha desmadrado un poco.

Texto: Sabina Frieldjudssën Foto: Lina Valenti
Vaim es una de sus novelas minimalistas, breves, intensas, con muchos agujeros en la trama porque la trama le importa poco o nada. Nos explica las dificultades de un solterón que ha de ir con su barca a la población vecina a tratar de encontrar dónde comprar aguja e hilo de coser para arreglarse un botón. Sabe que lo timan en una tienda de ropa al venderle una bobina usada a un precio exorbitante, algo que se repite en la tienda más modesta de otro pueblo cercano. Nos tiene en vilo el monólogo del protagonista, un hombre de no muchas luces pero con pocas sombras, refunfuñando por esas ventas abusivas pero incapaz de revelarse. También sabremos de su amor platónico, Eline, que nunca le hizo ningún caso pero él le puso su nombre a su barco. Eline, que parece que huye de su pareja, un pescador, se le aparece inesperadamente en la barca y le pide que suelte amarras y se la lleve con él.
En las novelas de Jon Fosse la cotidianidad suele tener grietas, o zanjas, que se abren hacia lo sobrenatural o hacia lo surrealista. Esta es de las surrealistas, aunque sin exceso, más bien es de un realismo descolorido. Fosse tiene un talento innegable para la respiración del texto y una gran capacidad para envolverte en su retahíla monótona de personajes sonámbulos pero tal vez sea una narrativa algo sobrevalorada porque tampoco termina por emocionarnos, por contarnos nada en concreto ni por iluminar nada. La conclusión a la que llegas al terminar sus libros es que preferirías no ser noruego. Aunque eso también pasa con Per Petterson, Askildsen y otros optimistas del norte.
Fosse nació en 1959 en Haugesund, una pequeña ciudad de la costa oeste de Noruega. Empezó a escribir siendo muy joven, casi como una necesidad íntima porque era muy tímido. En varias entrevistas ha contado que no escribe para “decir algo” de forma directa, sino para explorar una experiencia interior difícil de expresar con palabras. Estudió literatura comparada y pronto publicó su primera novela, Raudt, svart (1983), aunque durante años su trabajo pasó relativamente desapercibido. Fue sobre todo a través del teatro, en la década de 1990, cuando su nombre comenzó a ganar reconocimiento internacional.
La vida de Fosse no ha estado libre de sombras. Durante su juventud y madurez luchó contra el alcoholismo, una adicción que él mismo ha descrito como profundamente destructiva. El alcohol estuvo a punto de acabar tanto con su vida como con su capacidad de escribir. Superar esa dependencia fue un proceso largo y doloroso, pero también marcó un punto de inflexión en su obra. A partir de entonces, su escritura se volvió todavía más concentrada, más atenta a los ritmos internos y a la fragilidad de la existencia.
La concesión del Premio Nobel lo sorprendió fiel a su carácter discreto. Fosse reaccionó con calma y cierta incredulidad. Lejos de celebraciones grandilocuentes, insistió en que el premio no cambiaba su relación con la escritura, que sigue entendiendo más cercana a la escucha que a la exhibición, como un acto casi espiritual. Se convirtió al catolicismo en 2013, algo poco común en la Noruega mayoritariamente protestante y secularizada. La espiritualidad, sin embargo, no aparece en su obra de forma doctrinal, sino como una búsqueda del misterio y de lo inexplicable. Lo sagrado suele tener una cierta aura fantasmagórica. Fosse escribe en nynorsk, una de las dos formas oficiales del noruego, menos usada que el bokmål, lo que refuerza su apuesta por una voz literaria marginal y personal.
Para John Fosse, la literatura no consiste en explicar el mundo, sino en acercarse a aquello que no puede decirse del todo. Por eso en sus libros hay muchos silencios y a menudo acabamos sabiendo muy poco de los personajes. Su última novela, Vaim, es un claro ejemplo: llegaremos a ver el final de unas vidas de las que en realidad tampoco nos habrá contado casi nada.
Durante su discurso de aceptación del Nobel habló de la escritura casi como una captura de algo preexistente: “Es una cosa extraña: cuando escribo, tengo la sensación de que el texto ya está escrito, está ahí fuera en alguna parte, no dentro de mí, y solo necesito escribirlo antes de que desaparezca.” También dijo que “Escribir es como rezar: una comunión y no una comunicación”.








