El escritor Javier Marías, probablemente el autor más importante de la literatura española contemporánea, falleció anoche tras complicarse su enfermedad pulmonar. Lo lamentamos muchísimo.

Texto: Antonio ITURBE  Foto: Asís G. AYERBE

 

Que Javier Marías no estuviera en la lista de escritores invitados a la Feria del Libro de Frankfurt con España como país invitado (¡con lo que lo admiran y valoran en Alemania!), nos causó extrañeza, pero uno trata de no atender a las malas señales. Los problemas con una neumonía, finalmente han sido fatales.

Si la neumonía no nos lo hubiera arrebatado habría sido nuestro Premio Nobel de Literatura del siglo XXI porque sus libros están escritos con algo que es más que oficio, que es más que planificación y estructura, incluso que es más que talento: tienen la rara capacidad de resultar hipnóticos. Su fraseo en curvas, en bucles, en repeticiones que a él le gustaba llamar ritornellos, pronunciándolo a la italiana, conforman una literatura única. Había a quien no le gustaban sus novelas, a quien le parecían espesas y estaban en su derecho de no agradarles y hasta es comprensible. Es verdad que a veces costaba entrar en sus libros, con sus digresiones que habrían sido muy del gusto de su admirado Lawrence Sterne. Pero si traspasabas la puerta y entrabas en esa textura circular de su narración donde él manejaba el reloj del tiempo y lo detenía a conveniencia, te quedabas dentro.

Podemos decir títulos, pero están todos en la Wikipedia: desde Los dominios del lobo que publicó con 19 años y ya nunca se quitaría de encima el apodo de “el joven Marías” (en distinción de su padre, el historiador Julián Marías), hasta su última novela hace un año, Tomás Nevinson, con ese espía visto desde la óptica oblicua de lo cotidiano, las paradojas morales  y las luchas interiores. Un libro que forma un cubo de Rubik con la anterior novela, Berta Isla, que nos ofrece el poliedro completo del espía que ha de construir su vida sobre algo que a Marías lo fascinaba: la importancia del peso de la ausencia y de lo que se silencia, el relato poderoso que emerge cuando no cuentas algo, porque él nos enseñó que el no contar genera su propia urdimbre de incertidumbres y sobreentendidos y arma una historia aún más ruidosa que el propio silencio.  Después de la titánica trilogía de Tu rostro mañana con ese extraordinario boomerang lanzado hacia el futuro, parecía que ya lo había escrito todo… y llegó esa pieza deliciosa que es Los enamoramientos, empapada de emoción, de extrañeza y de literatura. Y siguió escribiendo a un nivel estratosférico.

Premios relevantes en diversos países, traducido a más de 40 lenguas, él mismo traductor excepcional, editor generoso de Reino de Redonda una editorial creada para rendir homenaje a la literatura, columnista ciclónico… Destacar los méritos literarios de Javier Marías a estas alturas es tan evidente que resulta burdo. Déjenme contarles algo sobre el Javier Marías detrás de la pose de escritor con cigarrillo en la mano y columnas de opinión inteligentes, a menudo ácidas, tal vez hasta impertinentes porque a él la impertinencia a veces, para decir las cosas que cierta corrección política esconde bajo la alfombra del quedar bien, le parecía muy pertinente. Javier Marías tenía fama en el mundillo del libro de distante. Me van a perdonar que recurra a la historia personal para ilustrar cómo de distante era.

Yo no fui amigo personal de Javier Marías: nunca comí con él ni vimos juntos un partido de fútbol, al que era muy aficionado. Cuando en 2008 la revista Qué Leer fue vendida de malas maneras por los avariciosos al frente del grupo Hachette a unos chatarreros de revistas llamados MC Ediciones con despido de la mitad del personal, parecía que la revista se desmoronaba y yo, su director, con ella. Corrieron los rumores de que la revista se cerraba, que era el final. Se me ocurrió que para la salida del primer número de la revista en la nueva empresa cochambrosa necesitaba en la primera página, en la columna de opinión, la firma de un escritor de prestigio, aunque con los nuevos recortes salvajes apenas había dinero. Se lo pedí a un par de escritores “simpáticos”, alguno de esos de mucho palique y fanfarronería, pero me dieron largas o no contestaron. Recurrí al “distante” Javier Marías. En aquel tiempo, Marías se comunicaba con el mundo a través del fax. Nunca ha tenido siquiera una cuenta de correo electrónico propia, hasta el final. Le mandé un fax a su número diciéndole quién era (un mindundi de una revista de libros en decadencia) y pidiéndole apoyo para esa nueva etapa, por incierta que fuese. Me respondió en un minuto: que le daba igual la tarifa, que para cuándo quería el artículo. Cuando años después los piratas de MC Ediciones acabaron de hundir Qué Leer, yo me marché y monté esta revista Librújula. Nuevamente busqué apoyo y ahí estuvieron la encantadora Rosa Montero y Javier Marías en una conversación pública para el lanzamiento de la revista en Barcelona sin querer cobrar un céntimo. Javier Marías y su maravillosa compañera Carme López  (con la que ha sacado adelante la editorial Reino de Redonda) insistieron en hacerse suscriptores de Librújula. Mucha gente del mundillo te pide que les mandes la revista, pero muy pocos se suscriben; otra de las rarezas de Marías. El “distante” Javier Marías siempre estaba cerca cuando lo necesitabas y por eso me siento huérfano en lo literario y en lo humano. Él nos ha regalado sus novelas rebosantes de talento: Mañana en la batalla piensa en mí, Corazón tan blanco, Los enamoramientos, Negra espalda del tiempo, Todas las almas, Tu rostro mañana, Berta isla, Tomás Nevinson… Háganse un favor: lean a Javier Marías.