El doctor Javier Aparicio abre en canal a Thomas Bernhard

Quienes no hayan podido hincarle el diente a Thomas Bernhard por considerarlo un hueso, tienen una excelente ocasión encontrar la substanciosa ternura del tuétano en esta edición de “Maestros antiguos” (Cátedra). Javier Aparicio Maydeu nos lleva al fondo con una linterna que ilumina todos los rincones oscuros.

Texto: Antonio Iturbe     Foto: Víctor P. de Óbanos

 

Javier Aparicio Maydeu comparte sus clases de literatura con su labor de crítico en el diario El País y la dirección del Máster de Edición de la Universidad Pompeu Fabra, por el que han pasado bastantes de los editores que actualmente pilotan el sector. Es un catedrático de Literatura atípico porque, tras su doctorado en filología, en lugar de bunquerizarse en las salas insonorizadas de los seminarios académicos, se lanzó al ruido y la furia de la trastienda del mundo editorial como agente y director literario en la poderosa agencia de Carmen Balcells. Allí conoció el poder y la gloria de los escritores, pero también su zozobra cuando el febril trabajo de años había de convertirse en una mercancía pública en forma de libro.

Dejó la agencia y entró en el mundo de la docencia universitaria. Hay muchos doctores, académicos y ensayistas fascinados como él por lo que cuenta la literatura, pero muy pocos tienen su afán por entender cómo se construye. En libros como El desguace de la tradición, las típicas estrellitas calificativas de los críticos convencionales se transformaban en pictogramas de llaves inglesas que indicaban que aquello no era el púlpito desde donde impartir doctrina sino el taller mecánico donde se desmontan motores. Se ha empleado a fondo en ediciones anotadas de algunos de sus autores predilectos (Patrick Modiano, Eduardo Mendoza, Italo Calvino o Vladimir Nabokov). Ahora le ha llegado el turno a otro de sus tótems: Thomas Bernhard. Ha sometido a su lectura profesional el último libro que escribió el autor austriaco, Maestros Antiguos, que cierra la trilogía sobre la creación donde también se alinean El malogrado (la música) y Tala (el teatro). Dice Aparicio: “Me fascina estudiar las últimas obras de los autores porque ahí sienten el vértigo de todo lo que han escrito antes y vemos cómo juegan con su obra anterior”.

Conocemos en estas páginas a Reger, crítico de música clásica de The Times que ha cumplido 82 años y acude desde hace tres décadas, día sí y día no, a pasar las mañanas sentado en el mismo banco del Kunsthistoriches de Viena frente al mismo cuadro de Tintoretto: «El hombre de la barba blanca». Es metódico en sus costumbres y en sus fobias, que son innumerables. Nos dice que los grandes maestros son una decepción, que si miras cualquier obra de arte en profundidad ves su carencia, su error, su imperfección. Ese hombre contradictorio que lleva treinta años lamentando la inutilidad del arte es a la vez un crítico musical que no podría  concebir su vida sin la música, observador de un cuadro durante treinta años y lector obsesivo de los grandes filósofos. Es gruñón, vanidoso, aparentemente desdeñoso con el vigilante del museo que lo trata con tanto respeto e incluso con su fallecida esposa, a la que se jacta de haber introducido en el camino del verdadero buen gusto (desdeñando el de ella). Su obsesión por el buen gusto es la de un Ignatius J. Reilly culto y sin aerofagia. Y todo escrito con esa reiteración tenaz de Bernhard, dando vueltas a la mayonesa agria de Reger, una vuelta y otra, un improperio y otro de ese hombre que desde su banco del museo despotrica indignado de todo: de los políticos, de los museos, de los pintores, de los músicos, hasta de los retretes de Viena.

Te dan ganas de tirar el libro por la ventana. Pero hay una especie de Pepito Grillo que se cuela en esta edición, con unas anotaciones en un cuerpo de letra más pequeño, como si te susurraran, que te va explicando que lo que escuchas son ecos de otras novelas de Bernhard y te avisa de que todo tiene una mirada lateral: nada de eso lo está contando Reger sino el que lo mira, un hombre más joven llamado Atzbacher, que dice lo que dice Reger, aunque en realidad es el narrador en la sombra el que dice que Atzbacher dice lo que dice Reger. Así explicado parece complicado, pero no lo es. O quizás sí. Dice Aparicio, una tarde en una cafetería: “Los grandes autores se distinguen por la complejidad de su ambigüedad”. Y, cuando las contradicciones de Reger nos parecen incomprensibles, nos recuerda que Bernhard ha colgado en la entrada de estas páginas el cartel de “Comedia”. Al final, el tenaz Bernhard y su ayudante Aparicio lo consiguen: acabamos empatizando con Reger, sobre todo porque se va despojando de su coraza intransigente y nos muestra su extrema soledad, la de quien se ha quedado solo porque ha perdido a la persona que más quería y le han fallado esos grandes maestros venerados, tan llenos de trampas y carencias como cualquiera.

He citado a Javier Aparicio en la cafetería de la Librería Laie de Barcelona. Al llegar, no le convence mucho la mesa que he elegido. Otea el horizonte de la sala, no puede resistirse a levantarse y mirar en la sala de al lado. Me doy cuenta de que, para él, el lugar donde sentarse es relevante. Me pregunto cuánto tiene este catedrático de literatura, crítico y ensayista del puntilloso Reger; del apasionado y vulnerable Reger.

Aparicio me dice, como si pidiera disculpas: “La vida me ha llevado a ser un lector profesional”. De una manera educada, sutilmente, quiere llevar la conversación a su territorio. Pero si Aparicio esta tarde juega a ser Reger, yo juego a ser Atzbacher, el que observa desde otra sala a Reger y nos dice lo que lleva diciendo durante años, el que dice lo que dice Aparicio, al que también llevo observando de manera tangencial, con encuentros intermitentes y amistosos al paso de más de veinte años. No le voy a dejar refugiarse en lo profesional. Lo que quiero saber es cómo se llega ahí, cómo llegas a coger un libro de Bernhard y desencuadernarlo para tocar y oler la cola que mantiene unidas las palabras.

Le pregunto si de niño, en su casa, se leía. “Mi madre se dedicó al mundo de los vinos y era muy lectora. Mi padre era economista, pero había trabajado en radio y televisión e incluso había dirigido revistas. Había una biblioteca en casa, pero sin un orden, lo mismo tenían ediciones francesas de Baudelaire como novelas de Agatha Christie. Y yo leía con 13 años sin ningún criterio. Leía a Ibsen en una edición en papel biblia en Aguilar y, a continuación, Sinuhé el Egipcio. Solo más adelante me di cuenta que no podías leer primero a Ibsen y luego a Mika Waltari”. Lo explica con la naturalidad con que pedimos al camarero un té (él pide roibos). Yo con 13 años estaba en los libros de Los Cinco y Los Tres investigadores. ¿Con 13 años eras capaz de leer a Ibsen? Se encoge de hombros, se disculpa: “Hacía lo que podía, leía a salto de mata. El teatro siempre me ha gustado mucho. Acabé haciendo mi tesis doctoral sobre Calderón. Pero es cierto que tuve una buena formación. Fui a la escuela Aula en una buena época: si había una clase de arte invitaban a Joan Miró”.

Aparicio parece un hombre despistado, con sus gafas de pasta y cierta tendencia a establecer bucles en la conversación que llevan al punto de partida, pero no lo es en absoluto. Sabe lo que quiero saber, exactamente lo mismo que él quiere saber en los autores que estudia: ese momento que lo cambia todo. “Mi padre me dijo que tenía que hacer Derecho y me matriculé. Un día que llovía mucho me refugié en la universidad en una clase de literatura española y apareció una profesora que empezó a dar una clase magistral sobre San Juan de la Cruz. Y yo me quedé obnubilado. Me enamoré de esa clase en la que te decían: no puedes vivir un minuto más de tu vida sin leer a San Juan. Me fui corriendo a la librería de delante de El Corte Inglés y me compré la obra completa”. Me lo imagino perfectamente corriendo por la calle Pelayo con esa impaciencia suya, leyendo los libros uno tras otro de manera obsesiva. “Siempre he tenido atracción por la posibilidad de ser otro leyendo. Si el escritor era bueno, tú vivías su vida, si era malo, te quedabas en la tuya”.

Habla de su entrada en la Agencia Balcells, “Carmen me mandó una caja de libros para leer en una semana y hacer informes que dijeran qué era bueno y qué era malo, sin saber el autor, y había mezclado entre ellos un inédito de Cortázar. Estuve veinte años trabajando en la agencia. Leí originales de Bryce, Mendoza, García Márquez…”. Da un salto atrás. Dice Aparicio de aquella profesora un día de lluvia en que llovió San Juan de la Cruz: “Raquel Asún fue la persona que me despertó”. Le pregunto si es bueno o malo para un profesor de literatura haber conocido tan a fondo la trastienda a veces poco edificante del mundo editorial y haber perdido cierta romantización de lo literario. Me contesta de manera lateral, o quizá no: me dice que en su asignatura quiere formar lectores profesionales. Después me explicará que la idea del conocimiento lateral seguramente le llega a Bernhard por Canetti, aunque no reconozca haberlo leído. Me habla del texto como artefacto, me da una clase portátil magnífica sobre el origen del monólogo interior de James Joyce…

Trato de romper su zona de confort de profesor que decide la materia que imparte. Quiero que se muestre. Se ha pasado años de su vida husmeando en los textos de ciertos autores y quiero saber por qué, le pregunto qué busca. Se sonríe, taimado. “Cuando un texto te maravilla pero crees que no acabas de entender cómo funciona internamente… ¡Yo quiero saber lo que es el talento! El talento es muy fácil de reconocer pero muy difícil de describir. Bernhard me interesa porque sin decirlo está hablando constantemente del talento. Hay autores que me maravillan porque tienen un secreto en su manera de hacer y se convierte en un reto intelectual para mí. Nabokov acaba su obra con un libro que es una partida de ajedrez donde cambia los títulos y juega con el lector de su obra anterior. De Philip Roth he publicado mucho, un caso insólito porque convoca una rueda de prensa para decir que se acabó, que deja de escribir. Palomar de Calvino me parece un prodigio de sensibilidad de alguien que va a morir y antes quiere comprender el mundo, como hijo de partisanos…”.

Cuando me tiene hipnotizado en Calvino, me vuelve a Nabokov:“La complejidad ficcional de Nabokov me desbordó y yo quería acotarla y la única manera era leer todo para editar la última novela”. Vuelve a Calvino: “Calvino es un iceberg. Palomar mira un insecto y ahí ve el cosmos entero”. Pasa de unos autores a otros sin cerrar el discurso en ninguno, una idea muy de Bernhard. Le digo que lo he leído en sus notas de Maestros Antiguos: la idea de no concluir nada para evitar el fracaso. Aparicio dice: “Nuestro estimado Atzbacher, el que dice lo que dice Reger, padece agenesia, la incapacidad de crear. Está escribiendo durante décadas un ensayo sobre Mendelson que nunca termina. Mi tarea es mostrar al lector de Bernhard que él tenía una serie de motivos que eran innegociables. Bernhard está obsesionado con que la idea de terminar es un fracaso. Yo como profesor he dedicado muchas horas a interpretar a George Steiner en Gramáticas de la creación, cuando afirma que toda obra mayúscula entiende su final como un imposible, como un fracaso. Cuando finalizas ya no hay posibilidad de cambio ni mejora. Hay un vencimiento de la obra, se entrega a la imprenta y ya no hay posibilidad de que esa iluminación que sobreviene justo después pueda llegar a ella”.

Dice Aparicio: “El verdadero objeto del deseo de Bernhard es la fascinación por el proceso de escritura: el arranque, la conciencia de no poder seguir y la felicidad de no concluir. Y el gran asunto que tanto le interesa, aunque no lo nombre, es el talento”. Reger niega el talento absoluto a Shakespeare, habla del fracaso de Beethoven… afirma enfadado que los más grandes autores te acaban decepcionando. Dice Aparicio que dice Atzbacher que dice Reger que el arte no es lenitivo ninguno para el dolor de la existencia. Bernhard (es él, le recuerdo a Aparicio que él mismo explica la ventriloquia de Bernhard con sus personajes) despotrica sobre el fracaso de todos los grandes autores de la historia de la literatura. Sin embargo, Aparicio muestra en las notas alguna de las cartas del autor con su editor, Siegfried Unseld, donde se queja amargamente de que “hubiera podido tener todas las probabilidades de un gran éxito de ventas del que ustedes de manera deliberada me han privado al dedicar todo su esfuerzo publicitario al libro del señor Walser”. Bernhard afirma que nadie llega a la perfección y que el arte siempre es un fracaso, ¡pero él quiere tener muchas ventas de sus libros! ¿Acaso no debería aplicarse su propia teoría de intelectual puro y parecerle lógico que la gente no compre libros que son fracasos?

“Bernhard estaba muy preocupado porque sus libros gustasen”, dice Aparicio. ¿Pero eso no es una flagrante contradicción? Aparicio sonríe triunfal: “¡Por eso es un comediante! ¡Él finge! Esta novela es puro teatro. Explico cómo Bernhard destruye el mito de la torre de marfil. Puede haber quien piense equívocamente que vive en esa torre de marfil, pero es alguien que se toma un avión y se va de paseo a Roma o se va a Mallorca, toma el sol y se pide un Campari. ¿Por qué no se habla de esto? ¿Hay quien cree que es un tipo que cuando nació ya quería suicidarse? ¡Seamos serios!”.

Me viene a la cabeza un momento en que el ceñudo Reger, al que no le gusta nada de la historia del arte, de la música ni de la literatura en veinte siglos, dice que le gustaba la colonia Agua Brava… “Es una filtración de la vida personal del autor en su criatura”. Ese Reger intransigente, que echa pestes de manera amarga del gobierno austriaco, de los museos, de cualquier cosa, que al final muestra su desolación al perder a su esposa y su estupefacción cuando la criada de su mujer expolia toda la ropa de la casa… en todo caso se parece más a la commedia oscura de Dante… “Es una comedia porque habla de la muerte. Tras la muerte de su mujer él se da cuenta de la grandeza de su relación y cómo se siente solo en su senectud. Solo le queda Atzbacher, que le escucha».

¿Entonces quién es el gruñón Reger, a quien le parecía que el mundo era un lugar insoportable?, me pregunto.  Así, Aparicio: «Es alguien que al final nos dice que sí hay una redención y no es el arte, es la amistad». Ahí está abierto en canal. El tuétano escondido en el interior del hueso de Bernhard.

Salimos de la cafetería-librería, nos emplazamos para ir algún día a un concierto aunque sea para despotricar, como hacen Reger y Atzbacher.

Aparicio se aleja calle arriba.

Regresamos a nuestra propia comedia