La historia de la literatura demuestra que los autores y los editores están condenados a entenderse.

 

 

Texto: Javier APARICIO MAYDEU Foto: Ron FALK

 

Es el título de uno de los libros del editor Mario Muchnik que otro editor hubiera hecho bien en corregir y convertir en Lo mejor son los autores, pues sin ellos, para mal o para bien, ni los editores ni los agentes ni los scouts ni los libreros ni los prescriptores ni los críticos tendrían mucho sentido. Solo a un majadero se le ocurriría pensar que en menos de mil palabras puede zanjarse la espinosa pero jugosa e inagotable cuestión de las relaciones entre autor y editor, y aun disponiendo de centenares de páginas no sabría uno ni por dónde empezar. De modo que mejor empecemos por terminar considerando este texto una mera nota a un artículo inexistente y dividamos en dos la nota al pie de modo y manera que ambas partes se compaginen: de un lado, un puñado de comentarios (in)necesarios e ilustrados con algunos casos; de otro, una bibliografía naturalmente incompleta pero tal vez no arbitraria.

Es cierto que durante mucho tiempo la relación fue vasallática, y hasta hace pocas décadas la cesión de derechos fue sine die, de forma que un editor podía hacerse con ellos y no explotarlos, esto es, ser el editor de un autor al que puedes no querer editar. Claro está que eso no ayudaba demasiado a fidelizar a un autor que, ante la escasez de alternativas, obedecía un setenta por ciento y se quejaba un treinta. Antes de la irrupción de los agentes, los autores (que se atrevían) no podían sino protestar personalmente a sus editores por el impago de anticipos o la opacidad en los devengos de derechos.

¿Puede una liquidación sospechosa propiciar el fin de la relación? Sí, pero por lo general otros aspectos contribuyen a la vez al desengaño conyugal: el fracaso de una segunda novela, escarceos del autor con otros postores o un error garrafal en la gestión de egos. A requerimiento de Kafka, cuenta Kurt Wolff en Autores, libros,aventuras: Observaciones y recuerdos de un editor, seguidos de la correspondencia con Franz Kafka, Meyer, de la editorial Kurt Wolff, le comunica que “por La metamorfosis le corresponderían a usted los honorarios por la publicación en la colección Der Jüngste Tag, que pueden ascender a trescientos cincuenta marcos como único pago, y esta sería la cantidad más elevada que se ha pagado nunca en Der Jüngste Tag”. En 1986, la Nobel Alice Munro prefirió dejar su editorial, la gigantesca McMillan con la que ya había firmado el contrato de El progreso del amor, y seguir los pasos de su inseparable editor Douglas Gibson, ¡no sin antes devolver el cuantioso anticipo!, cuando este quiso crear su propio sello en la menos glamurosa McClelland and Steward. Isabel Allende hizo otro tanto abandonando el lujoso catálogo de Alfred A. Knopf para irse con su editor de siempre, el entrañable Lee Goerner, a la pequeña Atheneum. A veces importa el editor, no la editorial. Hemingway y Thomas Wolfe no podían escribir ni una línea sin la tranquilidad de saber que les leería su mítico editor (y confesor y mentor) Maxwell Perkins. Pero existen editores, como Gordon Lish cuando hizo lo que le dio la gana con el manuscrito de De qué hablamos cuando hablamos de amor de su autor Carver, que quieren jugar a ser autores…Y existen autores que han sido magníficos (y severos) editores, como Italo Calvino demuestra en Los libros de los otros ejerciendo de editor de Einaudi.

Paul Auster se inventa al editor Stuart Green en La habitación cerrada para poder decir de un editor que “los rechazos eran la esencia de su trabajo”, y Jorge Herralde lo ratifica en sus Opiniones mohicanas hablando del editor como del Dr. No. Y algunos autores les han querido rendir homenaje a sus editores, como Jean Echenoz en Jérôme Lindon. El autor y su editor, una joyita en la que el autor de Me voy relata sus comienzos literarios, su temor de que su persona pudiese más que su original ante los ojos del mandamás de Les Éditions de Minuit, el editor del gran Robbe-Grillet, o su confesión de que aún no entendía que “un libro también está pensado para venderse” y que “un editor tiene otras cosas que hacer que pasear con el autor debatiendo la articulación entre dos capítulos”. El gran Bob Gottlieb confiesa en Lector voraz que Toni Morrison le aseguraba que no es posible escribir pensando en que te leerá tu editor; Liz Calder puso su vida en juego por publicar Los versos Satánicos de Rushdie en Bloomsbury; la correspondencia de Delibes con Vergés, su editor de Destino, revela que para el autor de Los santos inocentes pudo más una amistosa relación de años que la incompetencia de publicar un volumen de su obra completa con más de trescientas erratas. De acuerdo con el gran Siegfried Unseld, el boss de la legendaria editorial alemana Suhrkamp, en su imprescindible volumen El autor y su editor, Hesse “decidía el orden de aparición de sus obras”, cuando hoy es con frecuencia la cuenta de resultados la que marca el ritmo de las novedades de más de un autor de éxito. Cuando trabajaba en Doubleday y vivía en el Greenwich Village, cuenta Jason Epstein en La industria del libro que veía a William Faulkner a punto de coger el metro para visitar a su editor en Random House, Albert Erskine, al que le entregaría galeradas corregidas y envueltas en papel de estraza y al que le pediría nuevamente dinero, reiterándole el ruego de que intercediese por él ante las productoras de Hollywood y lograra que le aumentasen su sueldo de guionista. Erskine y Bennet Cerf soportaron durante años los líos amorosos del autor de Santuario y sus borracheras, y en su condición de editores también ejercieron sin remedio de mayordomos, consejeros y ángeles de la guarda. Productividad, rentabilidad, calidad, oportunidad, lealtad, autoridad, novedad, honestidad y (buena) voluntad.

No es que estén condenados a entenderse, es que no existen el uno sin el otro (y ni la autopublicación en Amazon ni las redes invalidan lo anterior).