Dieciséis años después de su última novela, “La carretera”, vuelve Cormac McCarthy con una novedad doble: “El pasajero” y “Stella Maris” (Literatura Random House), uno de los acontecimientos literarios del año. Además de uno de los más grandes autores americanos contemporáneos también es uno de los más heterodoxos.

Texto: Antonio LOZANO Foto: Beowulf SHEEHAN

 

Seguramente, el único genio de las letras más singular que Cormac McCarthy surgido de Providence, la capital de Rhode Island, haya sido H.P. Lovecraft, el maestro del terror cósmico que creía en la inspiración de sus pesadillas y desconfiaba de la medicina. Entrega absoluta, renuncia a la autopromoción, rebeldía ante las normas lingüísticas y una progresiva inclinación a ramas de la ciencia y la filosofía de complejo descernimiento para el común de los mortales han marcado una trayectoria única.

¿Quién necesita agua corriente?

Ni vocación temprana, ni formación académica, ni talleres literarios. El joven nacido en 1933 en el seno de una familia católica de origen irlandés abandona los estudios universitarios en 1951 para enrolarse en la Fuerza Áerea estadounidense y, mientras está destinado a Alaska, empieza a leer compulsivamente. Una década más tarde se instala con su primera esposa en una chabola, a los pies de las Smoky Mountains, que carece de agua corriente y de calefacción, para concentrarse exclusivamente en la escritura. El matrimonio se disuelve al cabo de pocos años. La obtención de una cadena de becas le permite viajar por su país y por Europa e ir completando manuscritos que irán cimentando su reputación. Con su segunda mujer adquieren un granero en Louisville (Tennessee) que renueva con sus propias manos y donde pasa la mayor parte del tiempo volcado en sus novelas. Sin ingresos regulares y con la higiene comprometida —parece ser que el acceso al agua sigue siendo una cuenta pendiente, ya que las abluciones las llevan a cabo en un lago cercano—, el matrimonio se disuelve de nuevo al cabo de pocos años. La nueva ex sintetiza las causas del derrumbe con estas declaraciones: “Cormac recibía llamadas de centros universitarios ofreciéndole 2.000 dólares por dar una charla sobre sus libros y él respondía que todo lo que había que decir sobre ellos estaba en la página. De modo que nos tirábamos una semana más alimentándonos a base de latas de alubias”. Quedémonos con este dato al que volveremos más adelante: McCarthy da muestras tempranas del tropo básico del escritor-isla (o misántropo o hermético o huraño o celoso de su privacidad), aquel que se muestra alérgico a explicar, profundizar o interpretar su trabajo. No procede hablar de lo que ya ha quedado fijado por la palabra escrita.

La bendición de la crítica que reciben sus novelas Suttree (1979) y Meridiano de sangre (1985) no encuentra reflejo en las ventas —por sistema, en torno a los 5.000 ejemplares—, pero el autor se resiste a comprometer su dedicación exclusiva a la literatura y termina la segunda, tras veinte años de dedicación, en una casucha de piedra ubicada detrás de un centro comercial de El Paso, que él mismo define como “apenas habitable”. No sabemos qué hubiera sido de McCarthy de no haberle llegado al fin el éxito comercial en 1991 de la mano de Todos los hermosos caballos —primera entrega de la Trilogía de la frontera, ganadora del National Book Award y del National Book Critics Circle Award, y completada con En la frontera y Ciudades de la llanura—, si hubiera acabado escribiendo debajo de un puente a la luz de una hoguera o en un centro de acogida para gente sin recursos o adoptado por alguna institución académica. Lo único que podemos decir es que la tranquilidad económica y la consiguiente mejora de las condiciones de sus viviendas —desde los años 90 reside en una casa en Tesuque, una localidad de Nuevo México— no le han traído la estabilidad sentimental, pues en 2006 se divorció de su tercera esposa.

¿Quién necesita esperanza y puntuación?

El título No es país para viejos, concedido a la novela de 2005 protagonizada por un viejo sheriff que debe lidiar con el tráfico de drogas y con un asesino de peculiar modus operandi en la frontera entre Estados Unidos y México —base de una adaptación cinematográfica de los hermanos Coen y que su responsable concibió originariamente como guion, formato al que regresaría muchos años después con El consejero, también llevada a la pantalla grande— ha servido de inspiración para un sinfín de artículos y condensa la visión de la América despiadada, feroz y desesperanzada que ha ido retratando McCarthy en sus novelas. Estas dibujan una geografía estremecedora, no apta para pusilánimes ni cándidos, donde la violencia y la crueldad humanas encuentran su reflejo en una naturaleza cuyo desinterés por nuestros asuntos a veces parece confundirse con ganas de venganza y que con frecuencia actúa como metáfora del carácter indomable e imprevisible del individuo. Un tema recurrente ha consistido en colocar a individuos despiadados en parajes inhóspitos, siendo perseguidos por agentes de la ley y hombres buenos cuya moral no alcanza para luchar contra la oscuridad circundante. No existe Dios ni se le espera en la bibliografía del autor, que ha trabajado en tradiciones tan distintas como el Western, el gótico sureño, la distopía y el policial.

La desoladora La carretera —“Se produjo un resplandor, se pudrieron las cosechas, se murieron los animales, se acabó el combustible”— supuso la culminación de la búsqueda de paralelismos entre nuestro oscuro interior y el entorno árido, inclemente y hostil que nos circunda. Una visión del Apocalipsis en la que el escritor proyectaba un mundo baldío, despoblado, silencioso, mortecino… por el que vagaban un padre y un hijo. Dos almas aterrorizadas y desamparadas atravesando un Purgatorio a la espera de una salida al mar que los condujera al cielo de la salvación o, en su defecto, a acabar en las fauces de unos caníbales que los engulleran hacia el infierno. Dos náufragos en búsqueda de alimento, cobijo y escapatoria, enfrentados al dilema diario de si animalizarse en aras de la supervivencia o no ceder al sacrificio de la generosidad y la empatía que nos hace en última instancia humanos.

¿Y cómo ha ido plasmando todo este nihilismo y esta batalla por conservar algo de dignidad y sentido moral? Su estilo ha ido evolucionando desde el ascendente claro de William Faulkner de sus primeros libros, más densos y recargados, a una progresiva depuración formal por la que se ha ido colando asimismo una creciente abstracción, dejando mayor espacio para la interpretación (cuando no un moderado desconcierto). McCarthy ha abogado por la simplicidad de la frase declarativa y la máxima reducción de las marcas sobre la página, lo que se ha traducido en una puntuación mínima (sacrificio de comas, puntos, guiones…), algo que confiere un ritmo especial a la historia pero que obliga a forzar la concentración, so riesgo, por ejemplo, de perder el hilo de quién está hablando en cada momento.

Como anécdota, citar la frecuencia con la que han asomado términos en español en su obra, fruto de un dominio del mismo que se remonta a su estancia en Ibiza en los años 60, perfeccionado luego por el hecho de haber residido en lugares con una fuerte comunidad hispana como El Paso (Texas) o Santa Fe (Nuevo México).

¿Quién necesita a los medios de comunicación?

Un caso muy propio de la literatura norteamericana es el del escritor que busca minimizar su contacto con el mundo y sobre todo con la prensa, fruto quizá de la misantropía, la timidez, el cálculo o el temor a que verbalizar asuntos relacionados con su trabajo pueda de alguna manera romper el hechizo. Así tenemos desde el fantasma total que representaría Thomas Pynchon al arisco en contadas ocasiones vislumbrado que fue J.D. Salinger, pasando por un cometa Halley atendiendo a los medios como es Don DeLillo. Cormac McCarthy se situaría en algún punto entre los tres, pues no ha participado en festivales, impartido charlas, plegado a presentaciones o firmas de sus libros y apenas ha concedido cuatro entrevistas a lo largo de su vida. La primera fue al diario The New York Times en 1992, cuando tenía casi sesenta años; la segunda a Vanity Fair en 2005, la tercera al programa televisivo de Oprah Winfrey y la última en 2009 a The Wall Street Journal. Tanto la inaugural como la de El Show de Oprah se han interpretado como rendiciones ante fuerzas superiores: un favor a su editor de toda la vida y la presión derivada del tremebundo poder de influencia de la estrella afroamericana, que no admitía un no por respuesta cuando escogía una novela para su club de lectura. Con todo, el escritor no se movió de Santa Fe y cualquiera que haya visionado el encuentro percibe claramente que hubiese preferido ser asado en una parrilla.

Como explicaba el periodista Michael Hall en un artículo para Texas Monthly, esta invisibilidad ha propiciado la formación de “un cierto culto alrededor suyo, un mundillo inquieto de académicos, estudiosos, groupies, lectores iluminados y meros curiosos. Gente capaz de desplazarse hasta El Paso para conocerlo o remover entre su basura, o de colgar en foros de internet sesudas teorías semióticas sobre su obra, o simplemente de quedarse en casa con sus libros, cautivados por su prosa y por los relatos sangrientos y tristes que propone. Se imaginan la vida que ha debido de tener para escribir así. Alimentan el mito del recluso cínico”.

Contra la especulación y la tentación de generar leyendas, McCarthy le aseguró a Winfrey que se ha limitado a consagrar todas sus fuerzas a la escritura, descartando cualquier distracción, ya fuera lucrativa o que inflamara su vanidad. “Siempre supe que no quería trabajar, que mi prioridad absoluta era dedicar la única vida que tenemos a hacer lo que más me gusta”. En el transcurso del programa también hizo saber que privilegia la compañía de los científicos, lo que nos lleva al siguiente punto.

¿Quién necesita la literatura (cuando tenemos la ciencia)?

La mesa de trabajo del escritor se encuentra hoy en algún despacho del Santa Fe Institute, un centro de investigación multidisciplinar volcado en el estudio de sistemas complejos adaptativos. No solo quedaron muy atrás los días en que vivía y creaba en agujeros, pasando frío y hambre, sino que la elección del enclave denota un interés creciente por la física y las matemáticas que ha trasladado a sus escritos (también forma parte de la Sociedad Filosófica Americana, lo que podría justificar la carga hermenéutica de esa rareza, entre la nouvelle y la pieza teatral, que fue El Sunset Limited). Pese a carecer de formación científica, en 2017 publicó un ensayo, The Keluké Problem, dedicado al inconsciente humano y al origen del lenguaje, y ha ejercido de corrector de pruebas para libros de física, entre ellos Quantum Man, una biografía del mítico Richard Feynman a cargo de Lawrence Krauss, y se ha prestado a ofrecer consejos para la redacción de artículos científicos a la revista Nature. De todas maneras, cuentan que siempre ha sido fiel a la máquina de escribir, o al menos la leyenda afirma que a día de hoy sigue tecleando en una Olivetti Lettera 32 (la primera fue vendida por la casa de subastas Christie’s por 254.000 dólares en 2009).

¿Novelas 3.0?

En palabras del presidente del Santa Fe Institute, David Krakauer, estamos frente a un “Cormac McCarthy 3.0, ante una novela matemática y analítica”.

El pasajero y Stella Maris, aunque separadas ocho años en el tiempo, están conectadas a través de sus protagonistas, los hermanos Bobby y Alicia Western. Agárrense: sus editores americanos describen la primera, centrada en un submarinista atormentado que se enfrenta a una conspiración inextricable, como “una apabullante novela sobre moralidad y ciencia, el legado de los pecados y la locura de la conciencia humana”, y la segunda como “un retrato íntimo de dolor y anhelo canalizados a través de una joven que intenta descifrar su existencia desde un hospital psiquiátrico”.