Agustín Cerezales Laforet recoge las palabras de su madre en «El libro de Carmen Laforet vista por sí misma» (Destino)

 

 

Texto: Sabina Frieldjudssën Ilustración: Google

 

Carmen Laforet renunció a ser escritora para poder seguir siéndolo. Después del éxito sonado en 1944 con Nada en una España que quería olvidar el pasado tras la guerra civil, llevó mal la celebridad y la vida social la atosigaba. Publicó poco, distanciándose de un mundillo literario que le resultaba inhóspito. La obra que nos sirve Destino en un bello formato casi artesanal, El libro de Carmen Laforet vista por sí misma, nos conduce a su interior pero sin violentarla ni fisgar donde ella no hubiese querido, porque son sus propias palabras recogidas de artículos, textos de novelas, cartas y anotaciones reunidas por su propio hijo Agustín Cerezales Laforet. Resulta hermoso poder escuchar el susurro de esta escritora crucial del siglo XX que prefería la discreción y el silencio.
Era tan autónoma que ya de niña quería incluso jugar a su manera: “yo tuve la suerte de poder inventar mis juegos, de saber inventarlos, de enrabiarme solo a la idea de que alguien tratara de enseñarme a jugar”. Frente al debate sobre las novelas hechas a seis manos o a dieciséis, de manera fabril, que se comenta en este número de la revista al hilo de La bestia, la novela ganadora del premio Planeta, ella nos dice: “El creador se crea y se forja su propio mundo mágico poco a poco y si no, no es creador”.
Para ella no hay creación sin total independencia, aunque eso conlleve el peaje de la soledad. Nos dice Agustín Cerezales, que cose este libro con laboriosidad y cariño, que “libertad” no es una palabra que se repita mucho en el núcleo de su obra, “pero la libertad como aspiración o como problema está en el centro de todas ellas”. Martín Soto, protagonista de las bellas páginas de La insolación nos dice: “No me podrá atar nada, necesito una libertad absoluta. Ningún lazo familiar. ¿Oyes bien? Ninguno. Ni ataduras de patria tampoco. Esa idea de la Patria es utópica. Ni ataduras de religión, ni mucho menos sociales”. Ella sí era grande y libre.