Coincidiendo con el centenario de su nacimiento, la editorial Menoscuarto publica “Siete novelas cortas”, con prólogo de Álvaro Pombo

 

 

Texto: Angélica TANARRO

 

‘Nada’, ‘La isla y los demonios’, ‘La mujer nueva’… El centenario de Carmen Laforet (Barcelona, 6 de septiembre de 1921-Madrid, 28 de febrero de 2004) sitúa en primera línea, aunque quizá no tanto como debería –no todos los centenarios tienen la repercusión que el autor merece y viceversa— los principales títulos de su carrera como novelista.  Y casi con toda seguridad dejará, en la oscuridad una parte de su obra que, aunque escrita casi siempre por encargo, no es menos valiosa, como lo supieron ver críticos y algunos colegas de su tiempo: sus relatos y novelas cortas. Ya en 2010 la editorial Menoscuarto reunió en un volumen todos sus cuentos. El mérito de aquel lejano ‘Carta a Don Juan’ residía no solo en recuperar textos olvidados sino en su clasificación: estaban en primer lugar los escritos de juventud, de formación; un segundo grupo formado por los que ella misma reunió y quiso dejar para la posteridad y por fin los últimos que escribió, muy pocos, ya que en 1955 y sin que se sepa muy bien la causa dejó de escribir relatos. Esta labor de recuperación de la narrativa breve de Laforet la completó el mismo sello editorial en 2010 con la publicación de sus novelas cortas, que habían visto alguna edición con ordenaciones variadas. La que completó Menoscuarto en esa fecha seguía el hilo conductor que su hijo y también escritor Agustín Cerezales había ideado fuera del tópico orden cronológico. Salieron a la luz con un atractivo prólogo de Álvaro Pombo en el que afirma recrear con su lectura la “intensa emoción” que le produjo la lectura de ‘Nada’. Prólogo que junto a las notas de Cerezales se mantienen en esta reedición que motiva el centenario.

La gracia, la fluidez narrativa, la capacidad para en una frase o un párrafo dibujar la psicología de un personaje –esa capacidad que llevaría a un punto magistral Rosa Chacel y que en Laforet se expresa con una economía de medios y una naturalidad ejemplares— están en estas historias que atrapan sin necesidad de aspavientos. Precisamente, al referirse a ese estilo, a esas características generales que definen su literatura, Gerald Brenan en una carta que le dirige a la autora habla de una mezcla de sencillez, sinceridad e intuición psicológica, según cita su hijo Agustín en la presentación de la primera edición del volumen.

Laforet escribió estas historias después de la publicación de ‘La isla y los demonios’, su segunda novela, de la que se sentía muy alejada según cuenta ella misma en su correspondencia, y cuando ya había comenzado la redacción de ‘La mujer nueva’, un proyecto que la entusiasmaba y en el que se echó a las espaldas la tarea de reflejar a través de su protagonista, Paulina, una conversión religiosa que ella misma había experimentado. Están fechados entre 1952 y 1953 y la coincidencia con esta novela, sin duda entre lo mejor de su producción, se rastrea no solo en ‘El piano’, la   que abre el volumen y una de las mejores del libro. Está también en la atmósfera y en algunas de las protagonistas de ‘La llamada’ o ‘La niña’. España está en plena posguerra y la pobreza es un asunto generalizado, aunque también en esta pobreza y en esta lucha por la vida hay clases, hogares modestísimos que sin embargo conservan una persona de servicio, una criada incrustada en la vida familiar seguramente por poco más que la comida y un lugar donde dormir y otros en los que la lucha por la vida conduce al desarraigo y a la acritud en las relaciones familiares. Son años oscuros, vidas oscuras en una sociedad marcada por la reciente guerra, pero narradas con una rara placidez. Carecen del subrayado que encontraríamos si hubieran sido parte de un guion del neorrealismo del cine italiano de la época o de las intenciones de la novela social de un Antonio Ferres, que unos años después reflejaría esa pobreza en obras como ‘La piqueta’.

Las protagonistas de las historias de Laforet son mujeres poco convencionales, como ella misma. Mujeres ajenas a su tiempo, independientes, que encajan mal en una sociedad en la que tienen que supeditarse a la voluntad de sus maridos y que a menudo despiertan el recelo y las críticas de vecinas y familiares. Mujeres en ocasiones aparentemente vulgares dotadas de una extraña luz y que en un momento determinado de sus vidas experimentan algo así como una epifanía, que determinará su forma de estar en el mundo. “Dentro de ella misma estaba aquella fuente de misteriosa alegría” escribe de Carolina la protagonista de ‘La niña’ y es esa luz la que atenúa las sombras de vidas sin más horizonte que la supervivencia. Cada uno de los personajes libra su particular batalla por la vida’ por tomar las palabras de Soledad Puértolas a propósito de estas historias. Y una parte de esa luz está también en las calles de las ciudades, en particular de Madrid, una ciudad que aprendía a ser la gran ciudad que necesitaba restañar sus heridas y que a ella le gustaba especialmente en verano como le confiesa en una carta a Ramón J. Sender, el novelista exiliado en Estados Unidos al que conoció en uno de sus viajes y con el que estableció una profunda amistad que se refleja en una correspondencia también luminosa: “¿Sabe usted que a pesar de lo que me gusta el campo me gusta estar en Madrid en estos días de verano? Madrid se ha vuelto monstruoso, pero en esta época recuerda algo de hace veinte años: está más vacío, más puro, y en las mañanas, cuando salgo de paseo a desentumecerme un poco, es un Madrid de cielo azul, lleno de chillidos de golondrinas y con ráfagas de la sierra, de repente, en el asfalto”, le escribe al autor de ‘Crónica del alba’ en 1966. Ese mismo año el escritor había leído ‘La mujer nueva’ y sus opiniones sobre ella coincidirían a buen seguro con la de estas piezas: “Lo bueno de usted es que escribe como mujer mejor que nosotros (mucho mejor) cuando escribe sobre mujeres, y con una bondad de madre o hermana o de novia cuando habla de hombres (…) Y algunos capítulos de su Mujer nueva son tan finos de matices y tan seguros como los de Stendhal  o mejor aún los de Turgueniev”, como podemos leer en ‘Puedes contar contigo’ el volumen que recogió la correspondencia entre ambos. Esa bondad que Sender le atribuye a la hora de reflejar los personajes masculinos, y que estaría condicionada también por el papel secundario asignado a la mujer, no elude la distancia y la ironía que ella maneja de forma admirable. Y tras ella y en pocas pinceladas se transparentan el egoísmo, el ensimismamiento incluso la violencia que aquejan a algunos de estos personajes.

La ironía y un sentido del humor soterrado que a buen seguro eran reflejo de su marcada personalidad son algunas de las líneas de fuerzas de estas siete excelentes historias.