Texto y Foto: Asís G. AYERBE

 

En uno de esos proyectos geniales y extraños en los que uno se embarca de vez en cuando, me veo viajando por España a la busca de los autores ganadores del Premio de la Crítica, que concede el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua. Esta búsqueda no se rige por los parámetros habituales, los autores no suelen tener teléfono móvil o correo electrónico. Descubro que la mejor forma de contactar con ellos es un teléfono fijo y, generalmente, hablar con algún familiar.
De esta forma concreto la cita con Antonio Gamoneda, el admirado poeta, ganador del Cervantes. Dentro de unos días viajaré a León y a las 17:00, sin entrar en la casa, podré hacer la foto, me dice, súper amable, Mariángeles, su mujer. Me acompaña Óscar Esquivias, también ganador, excepcionalmente joven, del Premio de la Crítica, movido por lo interesante que debe resultar pasar un rato con Gamoneda. Yo no juzgo este encargo por lo exótico del encuentro sino por lo novedoso del procedimiento que
debo seguir para hacer las fotos. En otros encargos, los autores me esperan, están encantados con la idea de ser retratados, o al menos saben que forma parte del juego. Quieren promocionar su trabajo, harían casi cualquier cosa. Pero estos retratos son diferentes. Me siento un poco intruso. Invado la intimidad de algunos autores de más de 90 años y trato de hacer todo con mucho cuidado. Incluso más de la cuenta.
Cuando llegamos a casa de Antonio a la hora acordada, su mujer nos abre la puerta del jardincito delantero. Se extraña al vernos. “¡Qué cabeza! —nos dice con mucha ternura—. Se me había olvidado que ustedes venían”. Antonio ya se ha retirado hoy, estaba cansado…
Esta es una situación nueva para mí. Habitualmente, los autores me esperan, a veces inquietos, con varias mudas para elegir y algunas ideas. No sé muy bien si debo insistir o no, Antonio Gamoneda El poeta del frío, bajo la lluvia necesito esa foto, pero no por encima de todo. Mariángeles dice: “Voy a hablar con él”. Nos quedamos en la puerta, localizando algunos posibles encuadres. La casa es preciosa, llena de opciones. Estoy sacando la cámara cuando aparece Mariángeles de nuevo y anuncia que
Antonio bajará. Esto es fantástico, pienso. Sé que no voy a tener tiempo, que la cosa será rápida, y habrá pocas opciones. Determino el sitio preciso y espero paciente comentando con Óscar las posibilidades de la entrada a la casa… y lo genial que sería que lloviera. La luz no es perfecta, pero amenaza tormenta, y eso justificaría todo. Incluso hay una manguera aquí al lado,
pero esto me parece el colmo de la intromisión. Casi podía ver al autor con un paraguas en esa puerta con el agua cayendo… Pero es un pensar por pensar, fantasías de fotógrafo, la cosa será rápida y sin mucho margen, me temo.
Cuando baja Antonio nos invade una ola de respeto y practicidad. La movilidad algo reducida por el bastón, y cierta sensación por nuestra parte de estar invadiendo al amable matrimonio, nos coartan. Pero todo es diferente a lo imaginado. Antonio
habla con un sentido del humor y una elocuencia asombrosos. En un minuto se ha convertido en el centro de la estampa. Lo que cuenta y cómo lo hace es embriagador. Lo escuchamos y, repentinamente, la foto carece de importancia, todo fluye como entre unos amigos que se encuentran de pronto. La naturalidad funciona y las fotos están bien, aunque se oyen de fondo los truenos, asoma el sol, que curiosamente ha salido a la vez que Antonio. Me siento alegre viendo lo bien que transcurre todo, solo echo de menos la lluvia y miro de reojo a la manguera. Antonio está completamente entregado, más allá de lo que hubiera imaginado. Le comento lo que pensé de la lluvia, con cierta ilusión, y él sonríe, ha intuido mi idea… «Si ha de llover que
llueva», dice mientras guiña el ojo.