Xavier Aldekoa: «El río Congo es una arteria líquida que resume la esencia del continente africano”

«Quijote en el Congo», del periodista Xavier Aldekoa, es un libro de viajes donde narra su travesía por uno de los ríos más ignotos del planeta, un viaje que, por su dureza, muy pocos pueden soportar.

Texto: David VALIENTE

 

Paramos la grabadora por un par de minutos. Su teléfono móvil sonó; traía buenas noticias. El jurado del Premio Ortega y Gasset de Periodismo había fallado a favor de Xavier Aldekoa en la categoría de mejor cobertura multimedia. “Me lo han concedido por una serie de reportajes multimedia que publiqué en La Vanguardia”, dice Xavier con la cara colorada como un tomate por la emoción de la victoria. “Los materiales para los reportajes los conseguí en mi viaje por el río Congo, pero no son los mismos que he empleado en la escritura de mi libro”. Precisamente, nos encontrábamos en la biblioteca del Hotel de las Letras charlando sobre su último libro publicado en la Editorial Península, Quijote en el Congo. Un libro de viajes donde narra su travesía por uno de los ríos más ignotos (al menos para los occidentales) del planeta, un viaje que, por su dureza, muy pocas personas podrían soportar.

En los libros de Xavier Aldekoa, el agua suele jugar un papel protagonista, desde luego le pregunté por qué: “Los ríos son imanes de vida, civilización y personas. Me interesan mucho las personas y voy a los ríos en busca de ellas”. Así lo demuestra con su trabajo periodístico en medios de renombre como La Vanguardia y National  Geographic, en donde ha publicado crónicas, reportajes y entrevistas con un tema central de fondo: África y sus pobladores. Por supuesto, Xavier reconoce que también disfruta mucho de las maravillas que ofrece la naturaleza, algo ya presumible después de leer las aventuras narradas en los cuatro libros hasta el momento publicados en la Editorial Península: Océano África, Hijos del Nilo, Indestructibles y Quijote en el Congo. Asimismo, Aldekoa es cofundador de la Revista 5W, una publicación que indaga a través de un hilo conductor en la realidad que nos ofrece el mundo.

Aldekoa define el río Congo como “una arteria líquida que resume la esencia del continente africano; de igual modo es la llave de entrada a una región extraordinaria, dolorida por los golpes pero llena de vitalidad y luminosidad, un mundo articulado con realidades muy distintas, algunas de ellas de muy difícil acceso. En definitiva, el Congo cuenta la trágica historia de un país, azotado por la explotación de sus locales y de sus recursos naturales”.

Ese río mítico, jaspeado de misticismo, ha mantenido a los europeos alejados de sus aguas durante muchos siglos, algo entendible porque “una persona no puede surcar el río Congo y no sufrir ningún percance”, comenta el ganador del Ortega y Gasset, quien reconoce haber pasado miedo en algunos momentos de su viaje: “Las cicatrices cubren la epidermis del país, surcar la cuenca de su río supone pasar por zonas violentas controladas por rebeldes, donde la población sufre mucho. Claro que sentí miedo, y hubo momentos en los que tuve que lanzar una moneda al aire”. El azar estuvo de su lado incluso cuando tuvo que negociar con jefes rebeldes y convivir con ellos: “Arriesgas mucho la vida porque por las noches se emborrachan y se drogan y si no les pagas para que cuenten su historia (cosa que yo nunca hago), se pueden enfadar y sacar su peor cara”. No obstante, “en momentos de peligro y tensión trato de estar muy concentrado y tomar la mejor decisión, aunque no siempre las tengo todas conmigo”.

“Si el viaje salió bien fue gracias a las personas que me encontré por el camino y me ayudaron”, recuerda el periodista. Entre esos seres humanos, es de recibo hacer una especial mención a sus compañeros de profesión congoleses, quienes, asegura Xavier, no tienen la mismas facilidad que él para desarrollar el libre ejercicio del periodismo: “A mí me podrán expulsar del país, pero ellos si alzan la voz contra las injusticias que se comenten en el Congo pueden ser encarcelados y apaleados; algunos, incluso, no han tenido más remedio que exiliarse”. Por eso, “me preocupa su integridad. Mi trabajo es asumir riesgos pero también proteger a mis compañeros que me ayudan en campo”.

Navegó el río Congo mientras leía el Quijote, ¿fue una elección premeditada?

Completamente. Necesitaba un libro en formato papel, grueso, que me atrajera y llevara pendiente de leer desde hace tiempo. Para mi sorpresa, el Quijote se convirtió en un compañero de viaje que me daba abrazos en los momentos de mayor desaliento y me arrancaba unas risas cuando la desesperación inundaba el camino. También me puso en algún que otro aprieto (lo cuento en el libro): estaba leyendo en un barco atestado de personas, 300 en total, cuando de pronto la gente comenzó a mirarme raro y a murmurar entre ellos. Le pedí a mi compañero de viaje, por aquel entonces, Japhet, que por favor les preguntara el motivo de esa turbación. Al rato, Japhet regresó con la respuesta: creían que era un brujo. Mi aspecto y el hecho de que estuviera leyendo un libro así de grueso despertaron la sospecha y el miedo a que mis ‘malas artes’ provocaran un desastre. Fue un momento peligroso para mí. Sin embargo, en ese instante, me di cuenta de la importancia que tiene la manera en cómo te percibe la gente, ya que altera lo que ocurre a tu alrededor. El Quijote me abrió la puerta a otras personas, y cuanto más me adentraba en sus páginas, más me percataba de que yo era Sancho Panza, es decir, un espectador que observaba alucinado un río quijotesco, mítico, aventurero. Esa realidad a la que intentaba poner un poco de cordura me causaba una gran fascinación.

Ha navegado el otro gran río del continente africano y ha narrado su experiencia en Hijos del Nilo, ¿qué diferencias tangibles ve entre el Congo y el Nilo?

Son dos ríos completamente opuestos, empezando por la morfología. El Nilo es más apacible y atraviesa en su recorrido varios países; eso hace que alrededor de su cauce puedas encontrar una mayor variedad de culturas. Asimismo, en la antigüedad fue el centro del universo, griegos y romanos acudían atraídos a sus aguas para conocer y formase en las disciplinas científicas. En cambio, el río Congo cuenta con unas corrientes más bravas, que te conducen a un entorno humano culturalmente más homogéneo, aunque, huelga decirlo, las riveras albergan una rica variedad de culturas y etnias. Además, da la sensación de que el Congo se sitúa en el último rincón inexplorado del planeta y en cierto modo esto era así hasta hace muy poco tiempo. Los portugueses en el siglo XV intentaron tímidamente adentrase en él, pero la labor era complicada y abandonaron cualquier conato. Sus secretos siguieron protegidos hasta la llegada de Henry Morton Stanley en el siglo XIX.

Copy: Alfons Rodríguez

Entonces, ¿cada río te dio una sensación diferente?

En el Nilo parecía que navegaba a través de la historia, mientras que en el Congo se asemejaba más a estar explorando otro planeta. Estuve navegando durante ocho días por zonas tan alejadas que ni siquiera mi móvil tenía cobertura; arribaba en poblados encerrados en sí mismos, con gentes que apenas conocían territorios más allá de la naturaleza que les circundaban. Por supuesto, en la República Democrática del Congo hay ciudades modernas y conectadas, como Kinsasa, con el mundo exterior.

El cine recrea una República Democrática del Congo muy caótica y virulenta: una mañana cualquiera, una persona haciendo sus labores cotidianas puede recibir la visita de un grupo armado con AK-47, ¿esa imagen es real?

No es así. Ciertamente, Congo sufre de muchas heridas y problemas, pero en mi viaje de casi dos meses y medio surcando el río y visitando distintas poblaciones me he encontrado a gente tremendamente generosa. Sin su ayuda, no digo ya de mis compañeros congoleses, que también me ayudaron mucho; no habría podido llegar tan lejos. Dentro de mis posibilidades (no dejo de ser un hombre blanco y periodista, esta condición me otorga una serie de ventajas que la población autóctona no disfruta) intenté viajar igual que ellos. Cuando vieron que soporté las inclemencias del viaje, me gané su cariño y poco a poco la tripulación se convirtió en esa familia que ayuda y abraza a sus miembros. Fue todo muy bonito.

Por lo tanto, ¿no podemos hablar de un país desmembrado?

Desmembrado no es la palabra más acertada; puede conducir a error. La República Democrática del Congo es tan grande como Europa del Este, pero sin carreteras que comuniquen los extremos del país. Dos ciudades a 100 kilómetros de distancia entre sí, por la falta de infraestructuras de comunicación, parecen separadas por años luz. El río es la única vía que comunica el país. Por eso, los parámetros empleados en Europa que definen nuestra nacionalidad no son aplicables al Congo. Un congolés, antes de citar su identidad nacional, se refiere a sí mismo mediante su grupo étnico o tribal, es decir, antes de ser congoleses son lingalas o tongas.

¿Sigue muy viva la huella del colonialismo europeo?

En cada uno de los congoleses. La situación actual solo se entiende por su historia de abusos y expolio, que comenzó con la trata de esclavos promovida por europeos y árabes, continuó con los abusos perpetuados por Leopoldo II, después con la rapiña de los bienes materiales tan necesarios para las revoluciones industriales y las guerras mundiales y que tuvo una nueva apariencia con el sistema de corrupción establecido por Mobutu y el apoyo que recibió de Estados Unidos y Bélgica. Las riquezas del Congo han dado pingües beneficios al planeta, por ello el sistema mundial se ha beneficiado de un Congo pobre, desgobernado, caótico y herido.

¿Qué imagen tiene la sociedad de Mobutu Sese Seko, expresidente de la República Democrática del Congo?

Cuando preguntas a los congoleses, parece que te estuvieran retratando a dos personas diferentes, pero creo que ambos perfiles encajan con el Mobutu de carne y hueso. Es una figura compleja con muchos detractores y algunos seguidores. En ciertas voces atisbas añoranza: la situación económica actual del Congo es mucho peor que en la primera década del gobierno de Mobutu. Si bien es acertado afirmar que los hilos de Mobutu se movían desde Washington y Bruselas, en sus primero diez años de mandato se experimentó un importante crecimiento económico, la gente encontraba trabajo, el país progresaba, se construyeron infraestructuras…; en definitiva, la libertad y el optimismo inundaban las calles. Sin embargo, el sistema de corrupción creado por Mobutu destruyó lo construido.

Copy: Alfons Rodríguez

Quiso hacer un reportaje sobre dos niños soldados, llamados Rodrigue y Glorie. ¿Cómo es la mentalidad de esos jóvenes?

Dentro de ellos reside una extraña rabia. La vida no les ha tratado bien. Por lo general, han visto morir a sus padres y la violencia define su día a día. No tienen esperanzas de futuro y deben convivir de una manera sorprendentemente obscena con una doble condición: la de víctimas y verdugos. Son manipulados, amenazados, reciben palizas de sus compañeros adultos, pero ellos también han asesinado, han torturado y violado. Terminar con su condición de niños soldados no evitaría que por las noches se enfrentaran a sus demonios. Están condenados a sentirse víctimas y verdugos durante toda su vida.

Ahora en la República Democrática del Congo la situación es tremendamente angustiosa para las mujeres, ¿verdad?

La situación de las mujeres es especialmente vulnerable en la zona este del país. El problema reside en el halo de impunidad que se ha creado en lo concerniente a la violación. Antes, la violación se empleaba como un castigo de guerra, pero, ahora, esta dinámica se ha contagiado a la población civil; no solo los rebeldes o los soldados borrachos violan a las mujeres, también un padre de familia cualquiera que desee a su vecina puede violarla sin que sus actos sean condenados. Desde luego, esto es muy peligroso para las mujeres. A parte, las estadísticas recogidas en los informes de las organizaciones internacionales no reflejan la realidad del problema. Para empezar, utilizan una metodología muy cuestionable que, si fuera empleada en nuestro país, sería criticada con vehemencia. Además, hay algo perverso en la manera de actuar y cuantificar las víctimas de abusos que emplean las oenegés. Por ejemplo, una ONG cualquiera visita un poblado y reúne a las mujeres en la plaza. Los cooperantes les preguntan quiénes han sido violentadas sexualmente. Estas mujeres tendrán más oportunidades de recibir ayuda que el resto, que también lo están pasando igual de mal. Usted si fuera una mujer en el Congo y vislumbrara una pequeña esperanza, ¿qué haría? Levantar la mano. Dejando a un lado lo depravado del sistema, es imposible que las estadísticas reflejen la realidad, al igual que es imposible que con pequeños muestreos puedas allanar la realidad de una población de 100 millones de personas en un país tan grande como un continente.

Hay muchos periodistas que denuncian que en muchas ocasiones la ayuda humanitaria es un negocio.

No es justo poner en el mismo saco a todas las oenegés; en mis años en África he conocido a personas que se dejan la salud, el tiempo y el dinero ayudando a los más necesitados. Sin embargo, también he conocido organizaciones mastodónticas que han generado sistemas perversos de negocio alrededor de la ayuda humanitaria. He visto transformarse a la ciudad de Goma en una especie de Disneyland de cooperantes; cooperantes que los días de diario nutren a gente sin recursos y que los fines de semana comen en hoteles de cinco estrellas y después se van a hacer piragüismo al lago Kivu. En la labor humanitaria existe una obscenidad aceptada consuetudinariamente. Y esto me revienta. El actual sistema de ayuda humanitario gasta mucho dinero de manera ineficiente. En consecuencia, no consigue que la población autóctona se sienta más segura ni palie su sufrimiento. Creo que se debería de reflexionar sobre el tema y plantear nuevas formas de invertir ese dinero.

¿La huella de China en el Congo es muy grande?

Cada vez se nota más su presencia, sí. Han aprovechado el desinterés de Washington de esta última década y ahora la guerra en Ucrania para hacer negocios. Su manera de actuar me recuerda a la de los portugueses del siglo XV: solo les importa hacer negocios, no les preocupa quien es su interlocutor, ni el sistema político que impere en el país, ni los derechos humanos. Ellos emplean su influencia financiera para lograr sus objetivos.

¿Qué imagen tiene la población local de los chinos?

No muy buena. Los chinos no tratan muy bien a la población autóctona ni tampoco les retribuyen su trabajo con sueldos generosos. Cuando inicié mi viaje, un policía se acercó a mí y me pidió que no me subiera al barco porque se había propagado el rumor de que los chinos vendían órganos, y la tripulación y los viajeros podían confundirme con un chino y matarme. Una muestra de su desconfianza.

Algunos especialistas insisten en la equidad china, ¿se aprecia así en el Congo?

Claro que no. Para empezar no hay una situación de igualdad entre los dos países y es evidente que China defiende sus intereses en el país. Sin embrago, a la República Democrática del Congo, con una población pobre pero rica en recursos, le viene muy bien tener muchos clientes siempre y cuando, también, sus gobernantes se rijan por la honestidad y el buen ejercicio de mando. Un gobernante corrupto es de lo más peligroso para el país, pues venderá sus riquezas a quien más le llene los bolsillos.

No trata este tema en el libro, pero creo que será de interés para el público, ¿cómo afectó la pandemia al Congo?

En el avión de camino a Congo tuve que usar la mascarilla, pero ya no tuve que volver a acordarme de ella hasta que cogí el avión de vuelta. En Mbandaka, una pigmea me pregunto qué era eso que llevaba colgado en la mochila: era mi mascarilla. Con esto no quiero decir que la pandemia de Covid sea un hecho totalmente desconocido en la región. En las ciudades se conocía y en las áreas rurales se habían enterado pero les sonaba como a nosotros nos puede sonar un brote de ébola en Uganda, les sonaba a lejano. Hay que tener en cuenta que la media de la población ronda los dieciocho años y que tan solo un 3% por ciento son mayores de sesenta y cinco años. En el Congo no hay tantos lugares donde los ancianos se puedan reunir, no hay residencias como en España donde la Covid incidió con más virulenta.  Si a la juventud de la población, le sumamos el mal estado de las infraestructuras que ya de por sí restringe la movilidad ciudadana, tenemos de resultado que la Covid fue mucho más benévola con Congo que con Europa.

¿Qué ha aprendido de los congoleses?

La mayoría de las personas son buenas. Desde Europa, vemos a Congo como una tierra hostil y lejana y a sus ciudadanos, generalizando por supuesto, como personas vehementes, grandes, fuertes y con un tono de voz elevado; pero si saltas esa epidermis, conoces a gente dispuesta a ayudarte. Sí, los cabrones ganan muchas veces, aun así hay mucha gente dispuesta a hacer lo correcto. También me ha enseñado que la desconfianza es el camino más corto a la soledad. Me atreví a confiar y por eso no me he sentido solo ni un instante del camino.