Reino de Redonda publica «León en el jardín», una recopilación de entrevistas y conferencias del premio Nobel de Literatura William Faulkner.

 

 

Texto: Daniela GIRALDO BARONA

 

“La razón de que no me gusten las entrevistas es que parezco reaccionar de forma violenta a las preguntas personales. Si las preguntas tienen que ver con la obra, trato de contestarlas. Cuando son acerca de mí, puede que responda o que no, pero aun cuando lo hago, si me hacen la misma pregunta al día siguiente, puede que la respuesta sea diferente”, respondía William Faulkner en su entrevista para The Paris Review. Corría el año 1956 y, para entonces, había dado numerosas charlas a periodistas, profesores y estudiantes interesados en su figura y labor literaria. Parte de esos encuentros han quedado recogidos en León en el jardín (Entrevistas 1926-1962), una antología publicada por Reino de Redonda y traducida por Antonio Iriarte que recopila más de una veintena de entrevistas del autor norteamericano.

William Faulkner, como explica la introducción a la antología, “se atenía al anticuado punto de vista de que su deber consistía en escribir libros y a otros correspondía el de publicitarlos”. De hecho, León en el jardín toma su título de la entrevista con la periodista Madeleine Chapsal, quien logra plasmar el desasosiego que producían en el escritor los eventos de promoción y el trato con la prensa. El libro brinda un retrato de un autor tan poliédrico en actitud como en respuestas que, gracias al fluir natural con el que se extienden ciertas leyendas, sometía a los entrevistadores a la incertidumbre de saber con qué Faulkner se encontrarían esa vez. El autor introduce la ficción en el género dialógico y convierte algunas declaraciones en una parte más del imaginario faulkneriano.

Primeros pasos

Aunque de ascendencia escocesa, William Faulkner (1897-1962) nació y creció en el Misisipi americano. Pertenecía a una familia tradicional sureña marcada por la guerra de Secesión. De su abuelo, William Clark Faulkner, heredó el nombre y la fe en Dios, y de su madre el gusto por la lectura. Pasó gran parte de su vida en el Sur profundo, lugar de inspiración para sus novelas, aunque vivió un tiempo en ciudades como Nueva Orleans. Tras ser despedido de su trabajo como administrador de correos en la universidad de Misisipi se mudó allí y escribió su primera novela: La paga de los soldados (1925). En Nueva Orleans conoció a Sherwood Anderson y fue él quien le animó a escribir. “Como no mostraba ninguna inclinación por ponerme a trabajar —decía Faulkner— me pareció una buena manera de evitarlo, hacerme escritor”. Una vez terminó la novela se la entregó a Anderson quien, sin siquiera leerla, la envió a Liveright para que la publicasen.

Llegarían no mucho más tarde Mosquitos, Sartoris, El ruido y la furia y Mientras agonizo. Su número de ventas y el interés del público llevaron a que la prensa se interesase por el novelista sureño. En la década de los treinta aparecieron las primeras publicaciones periódicas sobre el escritor. “Escribí Mientras agonizo en una carbonera, junto a la dinamo, entre los momentos de trabajo en el turno de noche. La terminé en seis semanas. No cambié una sola palabra”, contó el escritor en su entrevista con Marshall J.Smith. Antes de dedicarse a ser “escritor-granjero”, como él se definía, tuvo diferentes oficios. Durante un tiempo fue guionista en Hollywood y trabajó en películas como Tener y no tener (1944), aunque prefería escribir novelas.

Las entrevistas con William Faulkner encierran un conjunto de cuestiones que se repiten a lo largo de los años. Preguntas acerca de sus influencias, su proceso creativo, la opinión respecto a sus coetáneos o sobre el conflicto racial, entre otros asuntos. “¿A quién considera los cinco autores contemporáneos suyos más importantes?, ¿cuál debería ser el puesto del novelista en la sociedad?, ¿qué opina de los escritores negros?, ¿qué quiso decir con que ‘el hombre prevalecerá’?, ¿diría usted que ha dejado de escribir novelas?”… A esto último respondía el autor que seguiría escribiendo mientras pudiese encontrar otra hoja de papel y alguien que le prestase un lápiz y le comprara un poco de tabaco.

Estilo faulkneriano

William Faulkner se dio cuenta desde un principio de que iba a escribir sobre lo que mejor conocía, y eso era el Sur profundo, el Misisipi norteamericano. Tomó elementos de esa realidad geográfica y recreó en sus novelas costumbres, fobias y contradicciones del lugar al que pertenecía. El catedrático Francisco Ynduráin señaló que “nunca hasta él había logrado aquella región una vida mítica tan rica” y que el novelista inventó una geografía ideal con el distrito de Yoknapatawpha, capital Jefferson, donde movió “la terrible historia de sus criaturas”. Faulkner tomó distancia con el tradicionalismo inglés que había caracterizado la literatura norteamericana para fijarse en autores como Mark Twain, a quien consideraba el escritor “auténticamente americano”.

Al ser el monólogo interior una técnica narrativa característica en la escritura faulkneriana, no es de extrañar que en los distintos encuentros que recopila la antología se preguntara al autor si ese método era influencia de James Joyce, concretamente de su obra Ulises. Faulkner negaba tal posibilidad porque, respondía, no lo había leído: “¿Sabe usted, a veces pienso que debe haber una especie de polen de ideas flotando en el aire, que fertiliza por aquí y por allá mentes que no han tenido contacto directo”, contestaba el autor. Pero, en cuanto a referentes, la influencia de Sherwood Anderson era innegable y el escritor sureño lo consideraba “el padre de toda su obra”. A menudo, se ha considerado que el estilo faulkneriano es difícil de leer. Comentaba el filósofo Julián Marías en una conferencia sobre literatura norteamericana que si “Azorín decía que hay que decir las cosas unas detrás de otras, Faulkner las dice unas dentro de otras”.

William Faulkner había publicado el poemario El fauno del mármol antes de su primera novela. El autor consideraba que no era un buen libro y se veía como un poeta fracasado: “Creo que todo novelista es un poeta fracasado. Creo que uno trata de escribir poesía primero y descubre que es incapaz. Entonces prueba con el relato corto, que es la forma más exigente después de la poesía. Y solo cuando se fracasa en eso se pone uno a escribir novela”. Fueron sus novelas las que influyeron a toda una generación de escritores posteriores. Se convirtió en un referente para autores del boom de la literatura de América Latina como Gabriel García Márquez, quien se inspiró en su Yoknapatawpha para crear su ficticio Macondo.

León en el jardín refleja además la tendencia por parte de la crítica a considerar las novelas de Faulkner como un espejo de la realidad. Julián Marías decía que el “error mayor que se puede cometer es leer los libros de Faulkner como si fueran documentos”. Una idea que, pese a la diversidad de interpretaciones, coincide con la postura del propio autor quien, si bien estaba de acuerdo con que cualquier obra de arte reflejaba su trasfondo social, dudaba que esa “fuera la consideración principal del autor”. “Si el escritor meramente cuenta la historia para mostrar un síntoma de un trasfondo sociológico, entonces es ante todo un propagandista y no un novelista”, indicó en su encuentro en el Centro Cultural Estadounidense de Tokio.

Japón

Tras recibir el Nobel de Literatura en 1949, el Departamento de Estado envió a William Faulkner a varios países para participar en seminarios y conferencias. En 1955 viajó a Japón y participó en los Seminarios Estivales de Literatura Norteamericana celebrados en Nagano. Allí pudo conversar con profesores japoneses sobre literatura, política, cultura, sobre su idea acerca de “la verdad” y su filosofía respecto a la condición humana. La charlas en Japón abarcan gran parte de las páginas de León en el jardín y, a modo de crónica, dejan ver a un Faulkner reflexivo y emocionado por conocer rasgos de la cultura oriental. Pronunció algunas palabras a su llegada: “No quiero ver el país, el Japón que ven los turistas, sino Japón [tal como es de verdad]. Y quiero ver cómo vive la gente, lo que hacen y, de ser posible, lo que piensan. Me temo que un occidental nunca sabrá qué piensan, cómo piensan, pero esa esperanza tengo. Me gustaría ver a los campesinos, a los granjeros”.

El público japonés mostró gran interés por todo lo relacionado con la escritura del autor norteamericano, por lo que el conflicto racial se mencionó en varias intervenciones del viaje. En términos generales, la situación de las personas negras y la segregación en Estados Unidos era un tema recurrente en las entrevistas, al fin y al cabo sus novelas contenían un simbolismo fácil de asimilar con la desigualdad real. En León en el jardín aparecen comentarios del autor respecto a la situación de las personas negras en Estados Unidos. Una de las respuestas más repetidas sobre esa situación era su creencia reduccionista de que la raíz del problema se encontraba en el sistema económico, y no tanto en una cuestión étnica. Asumía que las personas negras podrían cambiar la situación si tenían paciencia. Los comentarios mediáticos y a veces hasta contradictorios hicieron que su postura ya recibiera críticas en el momento: “Hay personas que afirman ser negras que me escriben diciendo: ‘Su intención es buena, pero cállese, por favor. Su intención es buena, pero nos perjudica’”, comentaba el autor a finales de los años cincuenta en una entrevista con The Reporter.

Todo prevalece

William Faulkner creía que la finalidad de todo artista era detener el movimiento, la vida, hacerlo por medios artificiales y dejarlo fijo para que años más tarde volviera a moverse al ser observado por un extraño. Decía: “Como el hombre es mortal, la única inmortalidad posible para él es dejar a su paso algo que sea inmortal, puesto que siempre se moverá. Esa es la forma que tiene el artista de garabatear ‘Aquí estuvo Kilroy’ en la pared del olvido final e irrevocable por el que ha de pasar algún día”. Creía que siempre se puede encontrar tiempo para escribir y que la mejor forma de aprender el oficio era “leer, leer y leer. Leer todo: basura, clásicos, buenos y malos, y ver cómo lo hacen”. Que el arte no era solo la expresión más suprema del hombre, sino también la salvación de la humanidad. Creía que solo existía el tiempo presente, el cual incluía tanto el pasado como el futuro, y que eso era la eternidad. Que para ser escritor “hay que aprender a creer por completo en el hombre” y “creer que el hombre seguirá perdurando y prevalecerá”. Quizás esa inmortalidad en la que tanto creía William Faulkner podría materializarse en las palabras dedicadas a su recuerdo. Como las de Gabriel García Márquez cuando tres décadas más tarde recogió el Nobel de Literatura y, en el mismo lugar donde lo hizo su maestro, le evocó en su discurso, garabateando con su mención un “Faulkner estuvo aquí”. Quizás sea cierto que el hombre prevalece.