¡Tiemblen, Elaine ha vuelto!
Después de arrasar con «El cielo de la selva», la autora cubana vuelve con «La piel hembra», su obra más ambiciosa; un milagro literario y una fábula descomunal no apta para realistas.

Texto: Gianni Q. Zecca Foto: Asís G. Ayerbe
Lo primero y casi lo último que se podría decir de La piel hembra de Elaine Vilar Madruga ya lo dijo Walter Benjamin de Jules Verne: es capaz de hacer viajar por el espacio y en los más fantásticos vehículos incluso a pequeños rentistas. Así que tiemblen los realistas empedernidos, porque Elaine ha vuelto con una fábula descomunal en la que una anunciación pagana, ardiente, blasfema y dorada, embaraza a todas las mujeres de un pueblo perdido entre las montañas; un pueblo como un ánfora desolada en el que hay más polvo que casas y más bejucos que habitantes y en el que la tierra huele a maíz y la sangre se espesa de tanta altura. Un pueblo que vive, crece, odia y ama como lo hace el Macondo de Gabo: siempre en un permanente vaivén entre el alborozo y el desencanto, la duda y la revelación, hasta el extremo de que ya nadie podía saber a ciencia cierta dónde estaban los límites de la realidad.
Tiemblen los fanáticos de la lógica, porque Elaine ha vuelto con un esperpento fantástico y una forma de entender el mundo radicalmente otra. Incluso físicamente otra. El de La piel hembra, en efecto, es otro mundo en el que se configura, a partir de una desfamiliarización necesaria y quirúrgicamente rigurosa, toda una cosmogonía particular con sus (nene)mesianismos de babas de ron, su dios que, padre, está allá dentro y me está poniendo los cuernos, sus muy maculadas concepciones a lo “Seis Tetas” de Camila Sosa Villada, sus paganismos desenfrenados y su mitología de lo terrible.
Tiemblen los simplistas, porque Elaine ha vuelto con su característica maniera barroca, honda y compleja en todas sus incontables pluralidades narrativas. Y sí, vivimos en mundos plurales, como dijo Claudio Guillén, y el gran enemigo es la simplificación. Tan plural como la orquestación coral de Laputa, Padre Iván, nenémesías Federico, Regina Coi, Mango Loco y toda una colmena de personajes hondísimos que a su vez se deshacen en incontables ramificaciones polifónicas –en las que cabe incluso un generalísimo, guiño guiño. Así que tiemblen los desencantados, porque Elaine ha vuelto con una obra de arte. Sí, una obra de arte. Porque, como escribió Octavio Paz, nos deja entrever, por un instante, el allá en el aquí, el siempre en el ahora.
También tiemblen aquellos que no juzgan un libro por su portada, porque La piel hembra sí es una obra de arte que estimula su detonación sensitiva ya desde la ilustración de Ryan Heshka en la cubierta (así como lo hizo la fotografía de Alessandra Sanguinetti en Panza de burro – Matrícula de Honor a editorial Barrett).
Tiemblen los estetas de la palabra, porque Elaine ha vuelto con un relato monumental, hipnótico y adictivo; con un cuidado casi enfermizo por una prosa en la que nunca sobra un adjetivo, nunca, y con la que sazona cada párrafo con una destreza narrativa infalible, que te pringa con el bálsamo de la metáfora y te bambolea los sentidos con el almíbar de una arquitectura lírica medida hasta las últimas consecuencias rítmicas.
Tiemblen también los escritores, porque Elaine ha vuelto a escribir algo que difícilmente podría haberse escrito mejor, algo que desalienta la escritura y anima a la lectura; un libro para devorar, para indigestarse con una lectura a bocajarro y que sólo un sangrado ocular podría frenar. Una obra tan ambiciosa como lograda y en la que militan rasgos de Literatura mayúscula en absolutamente todos los frentes; una conquista literaria que vuela alto y en la que laten leves reverberaciones de los Buendía, vislumbres de los bosques de Magritte, ecos de Dogville y unas inevitables reminiscencias barrocas a medio camino entre Alejo Carpentier y Miguel Ángel Asturias.
Tiemblen los vagos, porque Elaine ha vuelto con una obra mastodóntica –en todos los sentidos–, tan grande como una fe, incansablemente auténtica, que nunca defrauda en ninguna de sus más de seiscientas páginas, y que, además, nunca dice, sólo muestra, y de una forma tan técnicamente sólida como alegóricamente elocuente: todo un nietzscheano danzar entre las diferentes máscaras de la realidad.
Tiemblen también los vegetantes políticos, porque Elaine ha vuelto con una obra que, políticamente, es un sopapo despiertamuertos y revivecurdas en el cuello de lo mesiánico, de lo identitario, de lo normativo, de lo patriótico, de lo femenino, de lo masculino, de lo bélico, de lo pacífico y de lo bello.
Y tiemblen sobre todo los macholocos y los machócratas con todos sus machomales del honor, porque Elaine ha vuelto para incomodar a la machodumbre de lo real desde las aparcerías literarias de lo fantástico, y a insistirnos, a lo Judith Butler, que siempre –pero siempre siempre, incluso en la Literatura– hay que pensarse en otros mundos posibles.
Y tiemblen también los críticos, porque, aunque T.S. Eliot dijo que la crítica es tan inevitable como la respiración, aquí lo único que cabe criticar es el extraño motivo por el cual tú, lector/a, todavía sigues aquí leyendo estas líneas cuando ya podrías estar leyendo La piel hembra.






