Las nubes de tormenta parecen amenazar de nuevo, treinta años después de la guerra (1992-1995) sucedida en la antigua Yugoslavia. La brutal tragedia causó cerca de 100.000 muertos, dos millones de desplazados y arrasó el pequeño país de Bosnia-Herzegovina. El corresponsal Marc Casals, que actualmente reside en Croacia, nos adentra en el laberinto balcánico en «La piedra permanece» (Libros del K.O.).

Texto: Francisco Luis DEL PINO OLMEDO Foto: Carles PALACIO

 

Una mirada atenta y profunda, construida a través de quince años en los Balcanes, ha llevado a Marc Casals a escribir La piedra permanece, donde realiza mucho más que una crónica a través de dieciséis personas que tratan sus vivencias pasadas y actuales, con enorme sinceridad y una entereza digna de respeto. Este traductor e intérprete ha conseguido recuperar la esencia de la carne martirizada y de las piedras seculares violentadas, como ese puente de Mostar amputado por las bombas. Pese a toda la barbarie y crueldad, esas piedras y sus gentes continúan representando la resistencia, historia y sueños de una vida mejor.

A tenor de las recientes declaraciones del actual presidente de la República Srpska, Milorad Dodik, y la exhibición agresiva de sus fuerzas en un simulacro “antiterrorista”, la impresión que Marc Casals tiene del personaje es que “Dodik es un actor que juega fuerte y, respecto a Bosnia, ha detectado lo que él ve como una coyuntura internacional propicia. Creo que, como ha hecho muchas veces antes, en su escalada secesionista llegará hasta donde resulte seguro y luego se quedará quieto hasta la próxima vez, así que depende más de la Unión Europea, Estados Unidos, Serbia y Rusia antes que de él”.

Sus maniobras parecen no contar con el apoyo, completamente por una cuestión estratégica, del autoritario presidente de Serbia: “De momento, hace poco Aleksandar Vucic le pidió que desistiese, porque le conviene que lo vean como el apaciguador de cara a las negociaciones de Serbia con la Unión Europea, así que Dodic ha perdido un apoyo importante para sus objetivos. De todas formas, es un político muy hábil y habrá que ver las maniobras que prepara para el futuro”.

Sobre la posibilidad de un conflicto armado en Bosnia sin intervención exterior, a juicio de este gerundense enamorado de una tierra a la que llegó por un desvío de carretera para quedarse allí, no cree que suceda porque “desde el fin de la guerra el país está tutelado por la comunidad internacional, así que no lo concibo”.

La corrupción está expuesta abiertamente en La piedra permanece como una lacra que parece no tener una solución, al menos inmediata. La primera historia del libro hace referencia al “enorme alcance de la corrupción”, incluidos sobornos para encontrar trabajo o ser operado en hospitales: “Ocurre en la Federación, pero es una situación general en todo el país. Por desgracia, la corrupción y el clientelismo son dos de las lacras muy extendidas no solo en Bosnia, sino también en el resto de los Balcanes”.

El autor cree que un acicate para reducirla era la posibilidad de formar parte algún día de la Unión Europea, pero actualmente esa puerta “está cerrada” y, en su opinión, quién sabe si volverá a abrirse. Sobre las posibilidades de que Bosnia salga adelante, su análisis es contundente: “Está claro que Dayton [los acuerdos de paz auspiciados por Estados Unidos] ha hecho todo su recorrido y hace falta un golpe de timón, pero los líderes nacionalistas serbios y croatas intentan que cualquier transformación suponga un mayor desmantelamiento del Estado central y garantías de seguir primando el principio étnico. Si el rumbo que se termina siguiendo es ese, las perspectivas para Bosnia son más lúgubres”.

Sobre si es positivo el papel e influencia que tienen las organizaciones humanitarias en Bosnia, Casals asiente con firmeza, pero observa: “Hay que tener en cuenta que, sobre todo las organizaciones de mayor tamaño, son sistemas autorreferenciales y muchas veces terminan rigiéndose más por su lógica interna que por las necesidades que haya sobre el terreno. Un comentario habitual que hacen los bosnios sobre los internacionales es que en teoría están en Bosnia para ayudar al país, pero en realidad se están ayudando a ellos mismos”.

En este tema de sentimientos heridos y reproches, justificados o no, surge el tema de si los medios de comunicación y los periodistas que cubrieron la guerra estuvieron a la altura de las circunstancias. Casals aclara que: “Las críticas de los bosnios a los internacionales no tienen tanto que ver con los periodistas, que sí lograron transmitir, por ejemplo, el sufrimiento de Sarajevo, como con la inacción política y militar de la comunidad internacional, sumada al embargo que impedía al ejército bosnio armarse y, por tanto, le colocaba en una situación de inferioridad. Creo que es el mayor reproche que le hacen a la actuación internacional durante la guerra”.

Durante el conflicto armado, las mujeres (se calcula que lucharon más de 5.000 voluntarias en la Armija, el Ejército de la República de Bosnia-Herzegovina, y trece de ellas fueron condecoradas con la “Flor de Lis de Oro” como heroínas de guerra) sufrieron un castigo brutal. Los contendientes utilizaron la violación como arma corriente, y asesinaron a muchas de ellas. También fueron las que se lanzaron a la resistencia, con acciones como la de Mostar, en septiembre de 1993, en la que impidieron la salida de una sección mecanizada española que había llegado una semana antes para llevar un cargamento de alimentos y medicinas a los 55.000 habitantes del barrio musulmán. Con ello consiguieron que la artillería croata no les bombardeara desde Mostar Oeste durante un breve periodo de tiempo. Esa misma artillería que destruyó a propósito el magnífico puente suspendido entre las dos orillas del Neretva, el llamado Puente Viejo o Stari Most, símbolo ejemplar de la tolerancia y convivencia interreligiosa y cultural que había existido en el lugar. Sobre la ayuda española, que empleó ingenieros-zapadores en la construcción de un puente de ocasión, y colaboró en otras obras, comenta el escritor que: “Respecto a los militares españoles en Mostar, España ha invertido mucho dinero en la reconstrucción de la plaza central de la avenida, ahora llamada Plaza de España, y en la reconstrucción también de la escuela secundaria fundada por el Imperio austrohúngaro”.

Y, de la intervención de las mujeres en Bosnia, resalta Casals que se recuerda con mucha intensidad esa misma acción de las mujeres en Srebrenica (Bosnia Oriental) para que el general francés Philippe Morillon (jefe de las fuerzas de las Naciones Unidas en Bosnia-Herzegovina) no se marchase… “En la que por cierto participó Fazila, la protagonista del libro, matiza. Morillon terminó proclamando que Srebrenica estaba bajo la protección de las Naciones Unidas, pero sirvió de poco cuando, en julio de 1995, el ejército serbobosnio tomó el enclave. Las tropas del Ejército de la República Srpska y paramilitares serbios perpetraron un genocidio contra más de 8.000 bosniacos”.

Según las múltiples conversaciones que mantuvo con los protagonistas del libro y muchos otros actores interpelados al calor de momentos distendidos y cercanos, Marc Casals nos cuenta cómo recuerdan y juzgan a sus políticos y líderes de la guerra: Alija Izetbegovic (presidente de Bosnia-Herzegovina), Franjo Tudman (primer presidente de Croacia), Slobodan Milosevic (presidente de Serbia y de la República Federal de Yugoslavia durante la mayor parte de los años noventa), y Radovan Karadzic que, como Ratko Mladic, serían condenados por el Tribunal de La Haya a cadena perpetua por crímenes de guerra y de lesa humanidad: “Depende un poco de la orientación política de cada cual: cuanto más nacionalista sea el individuo mejor opinión suele tener de Izetbegovic, Milosevic o Karadzic. La añoranza, por otra parte, de Tito (Josip Broz) está presente tanto en las generaciones que vivieron en Yugoslavia, como un pasado dorado que se truncó, como entre los izquierdistas de las nuevas generaciones, como referencia política. De todas formas, la visión de Tito y Yugoslavia varía mucho según la ideología, como muestro en el capítulo del libro protagonizado por Ilija, descendiente de una familia de nacionalistas croatas”.

Casals reside desde hace poco en Croacia, país en el que ya vivió un par de años anteriormente. Ineludible conocer su visión sobre la situación allí treinta años después del fin de la guerra: “Es un poco distinta que en Bosnia, porque en Croacia hubo un ganador claro: el ejército croata recuperó la totalidad del territorio y la mayoría de la población serbia fue expulsada o se marchó. Lo que hoy es un ensalzamiento de la victoria en la guerra (en croata la llaman “Guerra patriótica”), y también una batalla por la memoria histórica de la Segunda Guerra Mundial. La derecha nacionalista tiende a la exculpación o la rehabilitación de los colaboracionistas croatas, llamados ‘ustachas’; mientras que la izquierda conserva la memoria partisana. De cualquier manera, el fenómeno contemporáneo más destacado es la despoblación rampante. Desde 2001, un país con cuatro millones de habitantes ha perdido medio millón”.

Le pedimos a Marc Casals, como punto final a esta entrevista, que, independientemente de la selección de títulos sobre los Balcanes que incluye en La piedra permanece, cite algunas de las obras más cercanas a la realidad histórica y de mejor calidad, según su criterio: “Para la no ficción se puede empezar con La fábrica de las fronteras, de Francisco Veiga. Y Sarajevo de Alfonso Armada. Para quien lea en inglés, hay un libro de periodismo literario que me parece magnífico, se trata de Blood & Vengeance, de Chuck Sudetic. Cuenta la historia de una familia de Bosnia Oriental y todo su periplo huyendo de la guerra hasta terminar en Srebrenica. Sudetic conoce bien tanto a los protagonistas, porque eran familia de su esposa, como la mentalidad de Bosnia Oriental, y además es un narrador excelente”.