La segunda novela de Alfonso García-Villalba es una «novela casi humana».

Texto: Santi MAZARRASA

 

Los textos que desafían a sus lectores son actualmente una extraña rareza, pero más extraño es que logren traspasar esa difícil y caprichosa frontera de la publicación. Y aún más cuando lo hacen a hombros de una editorial española y el texto no es la traducción de un libro ya consolidado por el gusto y el acierto de lo internacional, sino la obra de un autor español de subterráneo que se toma en serio la tarea de escribir, sus dilemas, sus problemas, y las consecuencias de hacerlo.

Escribo esto y pienso en todos aquellos que gustan de anunciar con euforia de proscrito su valiente incursión en los límites genéricos de lo narrativo, pero cuyos libros no dejan de ser pequeñas bromas cómplices con un lector cada vez más entregado al ingenio sin espinas, ansioso por anunciar la conquista de lo desconocido cuando lo que encuentra es, si acaso, un experimento de consecuencias previsibles, de sonrisa jaja y aplauso anémico.

Y pienso en esto porque Signos herméticos de una nueva melancolía no es ese libro, sino todo lo contrario; un texto difícil, atractivo, nebuloso, persuasivo, de pretensiones intrigantes —que no de intrigas pretenciosas—, un texto deambulante, un huérfano convencido; casi un libro por contrato con la tradición del texto publicado, una novela, dice la editorial, porque esa es una palabra reconocible, la conclusión material de lo narrativo, el disfraz privilegiado de lo humano. Y lo más humano es, sabemos, sucumbir al anhelo perezoso de comprendernos.

Aún no estoy seguro de que el nuevo libro de Alfonso García-Villalba sea cualquier cosa menos una novela.  En cualquier caso, es un texto que se aleja deliberadamente de lo narrable, que estira la cuerda de su humanidad. Pero sigue siendo un libro, casi una novela o una novela casi humana.

Una novela casi humana transcurre en un tiempo camuflado de futuro, más símbolo que calendario, donde la ciudad es un nudo de autovías que acoge el cuerpo de los suicidas, el cielo es una red poblada de drones-araña y el cuerpo humano un depósito de fármacos. En una novela casi humana no se distinguen los recuerdos del presente, lo imaginado de lo vivido, lo extraño de lo íntimo, problema reservado sólo a Dios y a los animales menos capacitados. También, en una novela casi humana, lo lineal y su aliento cronometrable son sustituidos por el discurrir circular, repetitivo, resucitado, de lo que nos supera. El círculo distorsiona la memoria, la corrompe, la inutiliza, por eso las identidades se disuelven, los fragmentos se pierden, los deseos, los sueños y los acontecimientos son intercambiables. En una novela casi humana, el responsable de lo que se cuenta es un reproductor de cintas donde oyente, protagonista, lector e interlocutor se confunden y se interpelan a través de las grabaciones manipuladas de tres voces: la de Zeta, la de N, la de Mau Mau.

Una novela casi humana es humana porque se aferra a un hilo que la hace reconocible, a tres personajes que aman o se dejan amar, a un niño pequeño que, a veces, se cuela en la cama de sus padres, a un paisaje que huele, a dudas que convierten la materia en cerebros vibrantes. Una novela casi humana es nostalgia sin ruidos de lo humano, como del viaje por carretera en un coche familiar, de una canción que se cantaba con la ventanilla bajada, de una hermana que disparaba perdigones a los pájaros que osaban surgir de entre las copas de los árboles de un bosque que, por cierto, en ese temible futuro que habitan los personajes, se convertirá en una vía de escape, un refugio para pervertidos, amantes y víctimas.

Ediciones Franz ha tenido el valor de publicar un texto inclasificable. Quizás porque experimentaron en Signos herméticos de una nueva melancolía el deseo impotente de narrar lo irrecuperable, de recuperar lo disuelto. Quizás me equivoque, pero es preocupante, y acabo, que una novela casi humana hable con tanto acierto de nosotros.