Xavier Güell acaba de publicar con Galaxia Gutenberg su segunda entrega del «Cuarteto de Guerra» titulada «Nadie logrará conocerse», en la que prosigue acercando “la literatura al mundo musical”

 

Texto: David VALIENTE  Foto: Asís G. AYERBE

 

Movía las manos al compás de sus palabras, como si estuviera dirigiendo una orquesta musical donde el único instrumento protagonista era su voz y sus marcados silencios, preludios de ideas relevantes. Con seguridad, muchos artistas que se consideren bohemios envidiarían la elegancia personal de Xavier Güell, que se presentó a la entrevista vestido de punta en blanco y destilando un aroma clásico, de hombre de otra época, que hace olvidar cualquier problema que barrunte la cabeza de quienes hablen con él. Xavier, bisnieto del Conde Güell, acaba de publicar con Galaxia Gutenberg su segunda entrega del Cuarteto de Guerra titulada Nadie logrará conocerse, en la que prosigue, obsesivamente, acercando “la literatura al mundo musical”, además de continuar los pasos iniciados en su anterior novela Si no puedes, yo respiraré por ti: “Quiero mostrar al público el conflicto atávico entre arte y política, y como esta intenta entrometerse y subyugar a la creación artística, algo que se apreció con claridad en los totalitarismos que carcomieron a la Europa del siglo pasado”. Esta vez, el protagonista de su novela es Richard Strauss, reconocidísimo músico alemán, que sufrió en sus carnes las presiones políticas de Hitler y Goebbels para definirse en términos políticos y musicales a favor de la locura del III Reich, la guerra y el Holocausto.

Su formación musical ha sido fuente de inspiración para romper con los postulados de la novela clásica, “cercanos a la línea de Thomas Mann”, y escribir su nuevo libro siguiendo la estela de “Samuel Becket y la musicalidad textual de Los muertos, cuento del autor dublinés James Joyce”, con la intención de otorgar primacía a “un ritmo muy rápido” y a “escenas muy visuales”. “Con Nadie logrará conocerse he extraído elementos de la narración novelística, del guión cinematográfico y del teatro”.

Me asegura Xavier que ha dirigido durante años las sinfonías de Strauss, que lo conoce a la perfección y que tiene un bagaje especial para hablar sobre la vida polémica del autor alemán. Además, su formación histórica se ha cultivado gracias a la constante lectura de ensayos sobre el nazismo y a la correspondencia que Strauss mantuvo con diferentes personajes del libro. Pero aclara: “En mis libros, me interesa interpretar a los personajes reales. No escribo novelas históricas. Empleo el mismo método que uso con la música: la interpretación”.

Discrepancias artísticas

Franz Strauss, padre de Richard, fue, como su hijo, un excelente músico que fungió de primer trompetista en la Ópera de Múnich y en el Festival de Bayreuth. Muy pronto el padre se percató del talento desorbitado de su hijo y le instó a que siguiera los cánones clásicos: “Franz Strauss admiraba la música de Mozart, Mendelssohn, Haydn; sin embargo, no soportaba las piezas de Wagner”. Desde bien temprano padre e hijo mantuvieron una relación tensa, pues estéticamente no compartían ninguna cualidad artística. El joven Richard desobedecía el mandato musical paterno. Su cometido, creía el autor, era encontrar su propia voz musical, “partiendo de Wagner”. Por más que el padre gastó sus energías para que abandonase su testarudez creativa, “la fuerza del hijo triunfó sobre los reclamos incesantes del padre”.

De hecho, el conflicto con el padre no sería el último que Strauss afrontaría en su carrera musical. “Gustav Mahler y Richard Strauss fueron los dos grandes compositores de su tiempo y los dos mayores rivales que pisaron los escenarios”, asegura Xavier. Una evocadora metáfora de Mahler sintetiza la relación intelectual y artística que ambos mantenían, pues los dos estaban condenados a encontrarse en algún punto intermedio de la montaña que ambos cavaban desde lados opuestos.

Strauss concebía una música nacida de las entrañas del autor, cuyo valor se contabilizaba tan solo por el propio afán de construir belleza pura y metabolizada en el mundo interior e intransferible del artista. Mahler, por el contrario,  desdeñaba el arte por el arte; en momentos de crisis, argumentaba el músico, la creación artística debe servir de aliciente moralizador y comprometerse con una sociedad doliente que ha perdido su rumbo. Pese a su rivalidad, “se profesaban un profundo respeto”. Y no podría ser de otra manera cuando la persona que tienes enfrente y con la que compartes una misma pasión entendida de diferente manera se presenta como tu alter ego.

El arte por el arte

“En el libro, presento las dos posturas manteniendo al margen mi opinión para que sea el propia lector quien decida qué modo de ver el arte le convence más. Es todavía un debate apasionante y abierto”. Xavier aconseja a los lectores de esta entrevista que escuchen y contrapongan las últimas cuatro canciones de Strauss con el final de La canción de la tierra de Gustav Mahler. “Mahler superó a Strauss en profundidad, en intrascendencia sensorial, en la concepción humana del dolor y la redención, pero nunca le sobrepasó en belleza”. Al músico le importaba muy poco la realidad temporal, su misión era hacer buena música, que naciera de su realidad interna, aunque esto supusiera enfrentarse a los vericuetos de su tiempo histórico: “Él sigue su voz interior a pesar de los clamores externos; su compromiso es tan solo con la música y la belleza y esta postura la defendió hasta el final de sus días de una manera radical”.

Asimismo, su filosofía artística y esa capacidad de mantenerse alejado del mundo impidieron que su música sirviera a los interesés de un régimen mezquino y macabro. “Su gran error fue pensar que el nazismo duraría poco y que no conduciría a los desastres de la Segunda Guerra Mundial y los campos de exterminio”, aclara Xavier Güell.

Un libretista para un músico desangelado

Strauss entra en una profunda crisis artística tras el suicidio en el año 29 de su libretista Hugo von Hofmannsthal, diez años menor que el músico. Junto a él compuso “las seis grandes obras con las que dinamitó los cimientos del a ópera contemporánea y le convirtieron en el gran compositor del siglo XX”: Elektra, El caballero de la rosa, Ariadna en Naxos, La mujer sin sombra, La Helena egipcia y Arabella.

Cuando muere Hofmannsthal, Strauss ya contaba con 70 años y una profunda desazón al creer que sin un libretista de la sensibilidad de Hugo no podría volver a crear una sinfonía con la misma calidad que las anteriores. Probó con varios autores, pero el único que le hizo recuperar la ilusión fue Stefan Zweig. Strauss conoce al escritor austriaco gracias a la benevolencia de un editor que les pone en contacto. De inmediato, los dos genios empatizan, entre otras cosas por la admiración que Zweig, 17 años menor, siente por el músico: “Stefan Zweig, que era un gran coleccionista de obras de arte, le regaló a Strauss una carta escrita por Mozart a su prima con contenido escatológico”. No perdieron el tiempo y de inmediato concluyeron que sería una gran idea recuperar para la ópera La mujer silenciosa de Ben Jonson. “Strauss quedó encantado, le fascinaba la manera que Stefan Zweig tenía de entender el libreto, su manera de escribir y de imprimir un dinamismo rítmico al texto literario”.

Por desgracia, muy poco duró la felicidad. En 1933, tras llegar al poder, el Partido Nacionalista Obrero Alemán impuso sus leyes raciales: “Los nazis, entre otras muchas cosas, prohibieron a los judíos trabajar en los teatros del Reich”. En ese momento, Strauss se sentía incapaz de reiniciar un nuevo periplo artístico de la  mano de otro libretista. No obstante es “el mayor compositor de Europa, o lo que es lo mismo, del mundo” y cree que la admiración que Hitler siente por su música le permitirá salvaguardar a su familia (su nuera es judía y, por ende, sus dos nietos adorados) y proseguir haciendo sinfonías con Stefan Zweig, también judío.

Su otra nuera Winifred Wagner, esposa de su hijo Siegfried, organiza una reunión en Bayreuth donde reúne a Hitler y  Strauss. En el encuentro, ambos llegan a un quid pro quo: por un lado Hitler asegura la integridad de su familia y le permite seguir componiendo junto a Stefan Zweig a cambio de que Strauss acepte permanecer en Alemania y se pusiera al frente de la Cámara de música del Reich. “Richard Strauss era valioso para Alemania, su marcha hubiera sido un guantazo con toda la mano abierta para el Reich. Se quedó para defender el arte, pero no fue ningún tonto útil. Eso es una estupidez nacida del desconocimiento”.

Sin embargo, hubo consecuencias

Una vez terminada la guerra, un tribunal de desnazificación juzga a Richard Strauss por colaboracionismo con el Tercer Reich. Aunque es absuelto, “le prohíben regresar a Alemania durante tres años, le congelaron las cuentas bancarias y le retuvieron sus derechos de autor”. Strauss inicia una difícil etapa en Suiza, viviendo en hoteles financiados por su editor y soportando sobre sus hombros unas acusaciones que el músico considera que no le deberían recaer, puesto que “el arte está desvinculado de la política, y no deber servir a preceptos éticos de ningún tipo y alejarse de cualquier moralidad”.

No obstante, la historia juzga los actos y Strauss “no solo se quedó en Alemania, sino que también aceptó la presidencia de la Cámara de música del Reich”, por lo que la asociación con el nazismo es inmediata para aquellos que tengan unos mínimos conocimientos de historia musical. “Sin duda, es un `pecado´ que sigue pagando caro” y que muchos intelectuales del momento, como el hijo de Thomas Mann, Klaus Mann, le echaron en cara. Aunque las críticas más duras se las hizo él mismo, destaca Xavier: “Cuando vio destruidas las óperas de su país y comprendió que la cultura alemana había quedado huérfana, se cuestionó la decisión tomada; se preguntaba qué habría pasado si hubiera partido al exilio y hubiera intentado poner en un brete a los nazis”. Pero desde su cargo logró algunos éxitos bastante notorios si tenemos en cuenta el contexto histórico; gracias a él, se mejoró la recepción de los derechos de autor y logró que cierta música judía pudiera ser interpretada. “Le horrorizaba todo lo que tenía cualquier relación con el nazismo. Por eso intentó, dentro de sus posibilidades, mejorar la situación de los músicos”, además de mejorar al ser humano a través de aquello que se le daba muy bien hacer: crear belleza. “He de confesar que la música de Strauss me ha proporcionado los momentos de belleza más intensos”. Güell lo califica de héroe, porque desafió a uno de los gobernantes más temibles de la historia y nos legó para la posterioridad una belleza universal que “verdaderamente tiene la capacidad de cambiar el mundo”.

Una cultura moribunda

Lo dijo Theodore Adorno: “Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”. El Holocausto mostró la cara oscura y deleznable del ser humano. 75 años después, según Güell, “aún no tiene redención; la vergüenza que soporta la raza humana nos impedirá volver a repetirlo”.

Con la Segunda Guerra Mundial finaliza una de las etapas más macabras de la humanidad. Los protagonistas cambiaron en todos los ámbitos de la vida: lo que un día fue plenitud y esplendor para la “Vieja Europa”, en apenas unos años se transformó en tribulaciones y pesadillas. Entre otras cosas, la cultura alemana perdió su protagonismo internacional. Strauss, consciente de ello, vivió sus últimos años atormentado al comprobar que los nuevos dueños del mundo, los americanos, eran unos completos ignorantes de la cultura alemana, incapaces de distinguir el busto de Beethoven. “Por eso dijo esta frase: `Cuando te pregunten la próxima vez diles que es el padre de Hitler´. Toda la confianza que había puesto en los americanos se diluye, deja de creer en la posibilidad de un nuevo resurgir de la cultura alemana, todo se había desvanecido”, concluye Xavier Güell.