Richard Price: drogas, polis y redención

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Richard Price, retratista legendario del submundo criminal y las almas perdidas de los barrios neoyorquinos que no visita el turista, recaló en Barcelona para hablar de su última novela, Lázaro resucitado. Él mismo ha resucitado en más de una ocasión, al tiempo que sobrevivido a Hollywood y a peliagudas noches de patrulla policial.

 Texto: Antonio Lozano  Fotos: Edu Pedrocchi

 

Son las ocho y poco de la noche en el bar Glaciar, donde un reducido grupo de escritores y moderadores de la BCNegra se ha reunido para el tradicional picoteo que organiza cada año el festival tras la concesión del premio Pepe Carvalho. Entre los presentes sólo hay un mito, y la única persona que, por trayectoria y estatura, podría sentirse agraviada por no haber recibido el galardón en el ayuntamiento unas horas antes -sin restarle méritos al gran Mick Herron-, al tratarse del indiscutible cabeza de cartel de esta edición de la gran fiesta noir de la Ciudad Condal. Sin embargo, Richard Price, permanece en un rincón, discreto y libre de agasajos, con expresión más de cansancio o aturdimiento que otra cosa, resultado de que esta misma mañana ha aterrizado desde Nueva York y luego se ha pasado demasiadas horas durmiendo en la habitación de su hotel. Conocí a Price en 2009, cuando fui a entrevistarlo a su domicilio de Harlem, con motivo de la publicación de su novela La vida fácil, y recuerdo vivamente el humor de perros que gastaba ese día, fruto, me confesó, de que su agente le había dado la mala noticia de que su último proyecto televisivo, del que había escrito el guion del episodio piloto y un tratamiento de toda la primera temporada, no había conseguido interesar a ninguna cadena.

Me acerco a saludarlo, por recordarle nuestro lejano encuentro y por romper el hielo de cara a la charla que mantendremos en un par de días. Aquella serie que concibió y nunca vio la luz -«salen uno de cada diez proyectos», me comentaría resignado- define en gran parte las constantes vitales de su obra. En ella hubiésemos seguido a un cuerpo especializado de la policía neoyorquina, un pequeño grupo de agentes encargado de cubrir todo lo que surge en el turno más duro de la jornada -entre las 12 de la noche y las 8 de la mañana-, el cual recibe el apelativo de “Nightwatch” (Vigilancia Nocturna). De cara a documentarse, el escritor lo había acompañado en las noches de Halloween, de Fin de Año y la de San Patricio, es decir, las más conflictivas del año, experiencia que calificó de «locura completamente esquizofrénica, ya que tan pronto acudimos al atraco de una joyería en el SOHO que a un fuego cruzado en Harlem».

En otras palabras, si las malas calles neoyorquinas son un latido, Richard Price es su estetoscopio. Sólo los policías con los que ha patrullado para estampar el sello de autenticidad a sus novelas conocen tanto como él las luchas raciales y de clase que roen los barrios duros de la Gran Manzana. Él ya las exploraba cuando casi nadie lo hacía, y aunque es antes un retratista social que un novelista de crímenes, un estudioso de lo humano que un autor puramente criminal, puede darte una lección sobre tráfico de drogas, los calibres que más muertos dejan, la jerga policial, las pesadillas que asolan a los investigadores de homicidios, los infiernos de las familias desestructuradas hacinadas en las viviendas de protección oficial.

Price creció como un hijo de clase humilde en el Bronx de los años 50, en una zona de viviendas protegidas, con lo que su destino parecía estar conduciendo un autobús o clasificando documentos, pero probó a estudiar Derecho, canalizando su pasión por la escritura -«cuando vienes de familia pobre, no puedes decirles a tus padres que quieres dedicarte a las artes-» hacia un taller en la Universidad de Columbia. Su talento para lo segundo -el único antecedente en el árbol genealógico era el de un abuelo poeta- se comió el incentivo puramente alimenticio de lo primero, y su carrera literaria arrancó como un tiro. Philip Kaufman le adaptó al cine su ópera prima, The Wanderers, sobre unos pandilleros del Bronx, y en pocos años encadenó tres novelas más –Bloodbrothers (también llevada al cine), Ladie’s Man y The Breaks-, y luego… una crisis mayúscula. Dos libros que no supo acabar, una adicción a la cocaína que lo hundió en un pozo… El cine vino a su rescate, «siempre he tenido buen oído para los diálogos y eso es oro puro», nada menos que de la mano de Martin Scorsese, que le encargó el guion de El color del dinero, secuela de El buscavidas con Paul Newman y Tom Cruise al frente del reparto, que le valió una nominación al Oscar. Con el fenómeno italoamericano repetiría en el segmento que firmó para la película colectiva Historias de Nueva York, y el hilo narrativo y los diálogos que precedían a las escenas de música y baile del videoclip Bad de Michael Jackson. Transcurrirían nueve años desde The Breaks a la novela que resucitaría su carrera literaria, Clockers, considerada su obra maestra y que resonaría aún con más fuerza tras su trasvase al celuloide de la mano de Spike Lee.

Entonces ocurrió un fenómeno curioso. A medida que sus trabajos para el celuloide se tornaban más crematísticos (El beso de la muerte, Rescate, Shaft) sus novelas ganaban en ambición, técnica, complejidad moral y sabiduría a pie de calle (Freedomland, Samaritan. La vida fácil, Los impunes). Obras corales, con conflictos de órdago, tensión y violencia, y criaturas machacadas por la vida, siempre a un paso de alcanzar la redención. Los diálogos, pura dinamita. El fraseo, un rap. Una sensación general de autenticidad, de que el autor se ha pateado las calles que describe y ha hablado con las criaturas que retrata, de que no estamos, irónicamente, en una película. En La vida fácil, por ejemplo, análisis de cómo una muerte absurda en el Lower East Side repercutía en varios desconocidos, vinculándolos y afectando a sus vidas de formas insospechadas, uno encontraba frases como estas: “Aún está tan cocido que va a necesitar una terapia de regreso a sus vidas anteriores sólo para recordar cómo se llama”, “¿Qué le gusta comer?, ¿Comer? Cualquier cosa. Es un chico, no un pez tropical”. También descubríamos que al interrogar a un sospechoso existe el “test del yo”, por el que la policía cuenta y divide los pronombres empleados al tomar declaración, que “si la víctima es una chica y la versión del novio contiene dieciséis “yos” y “mis” y solo tres “ellas” y “sus”, ha suspendido”.

Este conocimiento del terreno -el crimen, sus verdugos y víctimas, sus escenarios-, pasado por el filtro de su talento, le permitió contribuir -junto a colegas como Dennis Lehane o George Pelecanos– a que la serie The Wire convulsionara el medio televisivo. No olvidemos que para lo que muchos consideran lo mejor que le ha pasado al medio nace con Clockers -sus dos primeras temporadas beben abundantemente del libro-, aunque luego su showrunner, David Simon, ramificara su universo, con Price siendo una figura clave dentro del equipo de guionistas. La larga sombra de The Wire, y el prestigio o éxito de proyectos televisivos posteriores –The Deuce, de nuevo junto a Simon; The Night Of, The Outsider…- han ensombrecido la faceta novelística de Richard Price, algo que ha lamentado en público numerosas veces porque ahí vuelca sus energías y reina sobre todas las facetas. Por eso cabe celebrar y reivindicar la publicación de Lázaro resucitado, su primera novela en casi una década, que empieza con el desmoronamiento de un edificio de viviendas de Harlem en el año 2008 para estudiar luego las múltiples réplicas de la tragedia el mundo íntimo -emociones, creencias, esfera familiar y laboral…- de un conjunto de afectados de diversa condición, seres por lo general rotos o perdidos, deseosos de hallar su camino o de cambiar. Tres llevan la voz cantante: un parado al que se le despertará un don oculto tras yacer (presuntamente) cuarenta y ocho horas enterrado bajo los escombros, una inspectora de policía en medio de un divorcio marcado por un respeto asfixiante que busca a un misterioso desaparecido, y el amargado dueño de una funeraria de larga tradición familiar y de capa caída que malvive con encargos de poca monta, a los que sirve de contrapunto un joven recientemente llegado a la ciudad, cuyos sueños de convertirse en un fotógrafo y documentalista visual no se han visto todavía aplastados, pese a las dificultades y la hostilidad que le circundan. Un compendio de esencias del autor – relatos de caída y ascensión, o de resiliencia ante la adversidad, capítulos cortos, diálogos brillantes, radiografía vívida de un barrio…- en los que resuenan cuestiones como a qué agarrase, de qué fuerza tirar, cuando la suerte nos da la espalda, dónde hallar la escurridiza esperanza.

De vuelta en el bar Glaciar, Price me saludó -siempre da la mano izquierda pues un problema médico en la infancia le inutilizó la derecha, lo que invita a pensar en las dificultades extras para tirar adelante una carrera literaria- y se disculpó por ese humor de perros ya perdido en su memoria, aunque asegura que el cine y la televisión no han dejado de darle disgustos en todos estos años: una rueda continua de proyectos cancelados, muchos en el último momento, al albur de los caprichos del director del estudio de turno («si bien los médicos y los polis como material narrativo jamás han dejado de funcionar»), confirmándole que lo más gratificante del mundo audiovisual es cobrar los suculentos cheques, sobre todo porque incluso de tirar adelante sus guiones, «te los acaban triturando entre todos los implicados».

Tres días después, tras jornadas maratonianas de entrevistas que sólo le permitieron escaparse a ver algunas de las joyas de Gaudí «y encima les mando a mis hijas algunas fotos de los preciosos edificios y me lo afean porque todo el mundo los conoce», el escritor encandiló a los asistentes a su charla en BCNegra. En el transcurso de la misma explicó, entre otras muchas cosas, cómo desafió la seguridad económica como valor supremo de su clan al abrazar la escritura; que su método de trabajo se limita a «observar y escuchar con mucha paciencia, por eso tardo una eternidad entre libro y libro. A mí me gusta pasear por los sitios sobre los que voy a escribir, detenerme a charlar y tomar algo con su gente sin una lista de preguntas preparada, mi método es por ósmosis»; sus esfuerzos por dar un toque lírico a su prosa, «no en plan florituras sino en plan Bebop, un tono eléctrico que conjugue bien con el lugar»; que escribir en imágenes viene a ser un asco muy rentable, «un guion es un negocio en el que siempre hay alguien más poderoso e influyente que tú, del que tomas dictado y al que intentas hacer feliz; reveló la verdad sobre The Wire, «nunca dio beneficios a la HBO, que quiso cancelarla a la tercera temporada, ni consiguió nominaciones a los Globos de Oro. Nadie la veía. Para empezar, no trataba sobre una tropa de divertidos mafiosos suburbiales de Nueva Jersey como Los Soprano, sino sobre burócratas y negros violentos y desesperados. Luego las tramas tardaban siglos en evolucionar, prácticamente tenían lugar en tiempo real, algo que ocurría en el capítulo 6 de la segunda temporada podía tener su desenlace en el 14 de la quinta. Era imposible que funcionara en televisión a base de un capítulo a la semana, sólo adquiere sentido viéndola de forma continua en DVD», y confesó que con su última novela se propuso sobre todo retratar a un individuo inseguro acerca de sus creencias y al que abruma la responsabilidad de un don que no ha solicitado: conceder esperanza a la gente.

Al día siguiente, Price regresa a Harlem, confiemos que para seguir explotando el don que no le legó su sangre.