El autor de “El sueño eterno” y “El largo adiós” parecía no creer en nada, pero tenía una fe ciega en la lealtad. A tres días del arranque este jueves del festival de literatura policial BCNegra, recordamos a uno de los escritores que hizo del género negro un arte.

 

Texto: Antonio ITURBE 

 

Los años 1930 fueron los del despertar de esos años 20 de charlestón y descubrimientos científicos asombrosos que pusieron un parche de colores al horror en blanco y negro vivido en la Primera Guerra Mundial. La brutal crisis económica de 1929 pone fin a la fiesta y, al descorrerse la cortina de la realidad, enfrente hay un paisaje de nubarrones en el que empiezan a despuntar los fascismos que prometen soluciones que suenan bien pero todos saben que acabarán mal. En esos años 1930, hay escritores que se saben generación perdida y crean su propia burbuja en París en busca de una cierta bohemia burguesa o viajan por el mundo de corrida en corrida como Hemingway. Otros, se quedan en el bar de debajo de su casa y escriben novela policiaca.

“Yo necesitaba un trago, necesitaba un montón de seguridad en mi vida, necesitaba unas vacaciones, necesitaba una casa en el campo. Lo que tenía era un abrigo, un sombrero y una pistola. Me los puse encima y salí de la habitación”. Ese es Philip Marlowe, el detective que surge de la imaginación, la poesía, el desencanto y la borrachera de Raymond Chandler hablando en ese eterno diálogo consigo mismo en Adiós, muñeca.

Raymond Chandler (1888 – 1959)  no tuvo una infancia fácil. Su padre era ingeniero civil, pero alcohólico y maltratador. Lo mejor que pudo hacer fue abandonar a su familia. Un tío de su madre le pagó los estudios en Reino Unido. Él no sabía qué quería ser, tal vez poeta. Encontró un trabajo en el almirantazgo británico, pero enseguida lo dejó porque no tenía nada que ver con el mundo militar. En ese no saber qué hacer, acabó en el periodismo. Y en esa inacabable cantera de escritores policiacos, publicó su primer cuento en la revista Black Mask (Máscara negra).

Nunca tuvo problema en reconocer que empezó a escribir imitando a Dashiell Hammett. Es cierto que comparten la fascinación por el héroe cuya mayor lucha es contra el desencanto, solitario, con unos principios morales que pasan por encima de la alambrada a veces oxidada de la legalidad. Comparten ese desprecio por el afán de ganar dinero de una sociedad perdida en el laberinto de lo material. Pero su estilo es diferente: Hammett es seco, directo pese a esos difuminados impresionistas de sus tramas, de frases que golpean. Chandler, con ese toque entre el sarcasmo y la ternura, merodea. A veces nos olvidamos de cuál es la trama porque tampoco importa demasiado quién es el asesino sino que lo importante es mostrar de cuántos tonos de gris se puede teñir el alma humana. Tanto es así que en, la que tal vez sea su novela más célebre, El sueño eterno cuando llevaron la película al cine en 1946 y ya estaban metidos en el rodaje, los guionistas (y entre ellos estaba William Faulkner) se dieron cuenta de que había un personaje (el chófer de la adinerada familia que contrata a Marlowe) que no se sabe quién lo mata. A Raymond Chandler le daba igual. Muere, eso es lo que cuenta.

A Chandler se le podrán regatear muchas cosas, pero es difícil no reconocer que es un maestro absoluto en los diálogos. Escuchas a Marlowe y lamentas no haberlo conocido, no haber compartido con él unas cervezas en cualquier bar silencioso.

Raymond Chandler respetaba demasiado la literatura para ser un escritor con prisas. Pasó años encadenando trabajos mientras iba picoteando en sus cuentos, que nunca le parecían lo bastante buenos. Uno de sus trabajos más estables fue en una petrolera, pero también acabaron despidiéndolo por su alcoholismo galopante. En 1939, a sus 51 años publicó su primera novela, El sueño eterno (1939), donde nos presenta a ese romántico cínico que es Philip Marlowe moviéndose por los lugares menos iluminados de Los Ángeles. En una escena inolvidable dentro de un invernadero asfixiante, un militar retirado lo contrata para rescatar a su hija de unos chantajistas que tienen unas fotos suyas no demasiado honorables. El embrollo de la trama nos lleva al mundo de la pornografía, pero también al de la peligrosa enfermedad de la clase acomodada: el aburrimiento, que se convierte en aburrimiento moral. Una obra maestra, tan inconexa como quieran, pero con una atmósfera tan espesa que se mete en los pulmones. Hay quienes prefieren El largo adiós (1953), donde pone el filo del cuchillo en las aristas de la lealtad, la amistad y el amor, las únicas tres cosas que a Chandler y a Marlowe les parece que valen la pena. De nuevo, la alta sociedad californiana es el trasfondo turbio que precipita unos crímenes que al final solo le interesa resolver a él mismo.

Chandler trabajó de guionista en Hollywood para pagarse los gastos básicos y el whisky. Algunos guiones fueron soberbios, como Perdición o Extraños en un tren, pero tropezaba una y otra vez con el engranaje industrial, que le asqueaba. Solía decir que “ Hollywood es un cementerio de talentos”. Tras una etapa de cierta sobriedad, Hollywood y el dinero tintineando en el bolsillo significó el retorno a una vida más desordenada, con más relaciones sentimentales fugaces y más bebida nocturna. Cuando su mujer, Cissy, tan paciente con todos sus vaivenes, enfermó, él se alejó de ese mundo y se dedicó más intensamente a escribir y cuidar de ella lo mejor que sabía. Su muerte lo sumió en una gran depresión que trataba de curar con más whisky. Sería en esta época de madurez, silencio y melancolía en que escribió, en 1953, El largo adiós.

Nos dejó algunas novelas llenas de encanto melancólico y algunas frases para darles vueltas en la boca como caramelos amargos.

“La historia es la aventura del hombre en busca de una verdad oculta”.

“Sin magia no hay arte. Sin arte, no hay idealismo. Sin idealismo, no hay integridad. Sin integridad, no hay nada más que producción industrial.

“Vomita en su máquina de escribir cada mañana. Límpiala cada tarde.

“Decir adiós es morir un poco”

Muy grande.