Perros de caza
Perros de caza
Borja Navarro
Malas Tierras Editorial
152 págs. 18’50€
Borja Navarro ha vuelto a crear un artefacto literario que más que un libro parece una bomba o un ancla que estalla y luego arrastra al lector, con la paciencia propia de los malos de las pelis, hasta las profundidades soleadas de la estepa manchega. Terminarlo es, casi sin exagerar, sobrevivir a él.
Una niña maldita en una familia maldita en un pueblo maldito en una tierra maldita. Esta es la historia, y el descenso será imparable. Porque tanta maldición está firmemente trenzada en cada oración de un modo hábil y contundente; pareciera que Navarro haya recibido el dictado desde el infierno. El estilo supura el contenido. Y el contenido de pesadilla empapa las líneas, tan inocentes ellas, tan negro sobre blanco como cualquier libro infantil. Pero esta magia negra no se limita a infectar cada página, sino que salta al lector más allá del libro y lo obliga, cada pocos párrafos, a cerrarlo como quien entorna la puerta de un piso precintado por asesinato. Emprender una oración es emprender -dubitativo, inquieto, temeroso- un camino impredecible, hasta el respiro del punto y seguido, o el alivio del punto y aparte. Bien, seguimos vivos, con suerte cuerdos. Pero se quiere más. La poética está tan pulida que es imposible no mirar el horror castizo que se nos despliega; las imágenes están tan endiabladamente conseguidas, tan equilibradas entre la huida del lugar común y el riesgo de una propuesta nueva, que encapsulan la literatura más verdadera, la que duele.
Quien se disponga a leer Perros de caza deberá estar preparado, según la definición bolañesca de la escritura, a subir al ring de boxeo sabiendo no solo que irremediablemente perderá, sino que aquí, además, trepará a la lona sin guantes. En estas páginas de polvo y cuero, de cemento agrietado y metal manchado de óxido, nos abismamos a una España intemporal que, simplemente, existe sin que nadie la mire. Es ese árbol que cae en soledad en el bosque, y no solo suena, sino que provoca un terremoto y a nadie le importa. Borja Navarro otea el horrendo espectáculo de la sociedad esquizofrénicamente contemporánea -que a menudo nos incluye- y, comprometido con la respiración de lo feo, se esfuerza en consignarlo. Esta voz que llega desde los páramos desolados del presente incomprensible es un canto agorero. Si está ocurriendo, si queremos comprender(nos), habrá que mirar(nos). La resaca, sospecho, no será moco de pavo. Guillem Borrero









