Pere Gimferrer rumbo al planeta encendido
En este superado 2025 ha sido investido doctor honoris causa por la Universitat de Barcelona, cumplido 80 años y publicado su último poemario, “Balada”. Lídia Penelo, cuyos vínculos familiares le hacen tener una cómplice cercanía, nos muestra en su cotidianidad a uno de los intelectuales más singulares de nuestro ecosistema literario.

Texto y foto: Lídia Penelo
Para esbozarlo brevemente, me atrevo a decir que Balada es como un erizo de mar, pequeño y afilado, pero una vez en boca, difícil de olvidar. Se le reveló mentalmente en la calle, dice que “el ritmo del camino determinó el ritmo del poema”. El volumen se estructura en 8 movimientos que, en cierto modo, son un recorrido múltiple, pero con un destino muy ligado a las pinturas del Greco que se conservan en el Santuario de Nuestra Señora de la Caridad de Illescas (Toledo). Unas obras que pertenecen a la etapa final del pintor y con las que alcanzó la depuración del estilo que persiguió.
Pero, ¿a estas alturas del viaje qué queda en Pere Gimferrer de aquel joven adolescente que encerrado en su habitación leía a Rimbaud y Lautréamont y se carteaba con Vicente Aleixandre? Pues sin contar la necesidad de leer, que conserva intacta, queda, una curiosidad infinita.
Voy a empezar con un ejemplo reciente que ilustra el modus operandi de Pere Gimferrer. Incluso hablando de un tema tan baladí como un par de botas nuevas, la conversación muta a un viaje casi psicodélico que une un charlestón con los deseos más oscuros de Jean Genet. Sí, Pere Gimferrer canturrea el “Mama, cómprame unas botas, que estas están rotas, de tanto bailar”, y se apresura a recordar que cuando se habla de botas no podemos olvidar la canción de Nancy Sinatra, y tararea el “This boots are made for walking”. (Utilizar canciones para romper el hielo o cambiar de tema cuando le conviene es un recurso muy propio de él).
Finiquitado el tema de las botas, Gimferrer se preocupa por saber qué libros me ocupan y le digo que la biografía de Patti Smith.“¿Sabes que recitó un poema mío en inglés hace muchos años ya en Barcelona?”. Mi asombro le brinda una réplica silenciosa, y él prosigue la conversación (más bien monólogo río) y cuenta que ha leído Arnau de Adriá Targa con el que ha disfrutado muchísimo. Del Arnau ravalero pasa a Jean Genet. Le confieso que solo he leído Diario de un ladrón y me anima a leer más. Y ubicados en Tánger, aunque sentados en un sofá de una portería esperando un taxi, llegamos al universo de Paul Bowles.
Gimferrer tiene el superpoder de enlazar referencias, datos y contextos. Por eso, muy a menudo, hablar con él es emprender un viaje a través de rutas laberínticas que pueden despistar seriamente al interlocutor. Así que no es de extrañar, que hace unos años, cuando Miquel Barceló quiso pintarle unos retratos en su estudio de París, y se percató de lo difícil que sería tenerle posando como un modelo, le hizo quitarse las gafas (por aquel entonces, Gimferrer llevaba los audífonos enganchados en las gafas, así que sin ellas, Barceló desactivó su conversación inagotable).
Cuando Pere Gimferrer cumplió 80 años, Carme Riera le dedicó un artículo en La Vanguardia en el cual reivindicaba que Gimferrer merece el Premio Nobel. Para Riera, él es el poeta peninsular, en catalán y castellano, más importante que tenemos.
Ubicarlo en la órbita del Nobel, es una manera de calibrar su labor en el mundo de los libros. No toca aquí recordar que ganó el Premio Nacional de Poesía con Arde el Mar en 1966 (15 poemas que cambiaron muchos rumbos) o que ingresó en la Real Academia de la Lengua Española en 1985. Más allá de la poesía y de los ensayos (sobre pintores, escritores, cine y literatura), le debemos mucho a su labor de editor. Fue el primero en publicar a Eduardo Mendoza, a descubrir el enorme novelista que hay en Antonio Muñoz Molina, el primero en traducir a Annie Ernaux al español, y el primero también en traducir Mirall Trencat de Rodoreda, por citar sólo algunos de sus hitos editoriales.
Ante todo, se siente un editor, oficio que sigue ejerciendo para el Grupo Planeta, donde acude a su despacho, cada día, de lunes a viernes. Lo que le agradecen sus autores es que sea un editor de la vieja escuela, de los que proponen cambios, señalan recortes (aunque sean de 50 páginas) y respetan los tiempos hasta que el texto funciona.
Lo de jubilarse no entra en sus planes, pero, ¿seguirá escribiendo o Balada es una despedida? “Yo no tenía intención de escribir este texto en verso y ha salido. A partir de ahora, puede no venir nada o venir mucho”.
Para entender su concepción de la poesía ayuda tener en cuenta los tres puntos siguientes: “No se dice nada que no se visualice” (precepto inculcado por Joâo Cabral de Melo; “El sonido es el bastón de ciego del sentido” (píldora que le regaló Octavio Paz); y por último, aunque no menos importante, la obra de Rimbaud de la que aprendió que la literatura es una operación de palabras, y las palabras unidades abstractas, sujetos verbales autónomos.
El hilo que le une con Rimbaud es irrompible. “Rimbaud, es quizás el poeta que emplea las palabras como los sonidos en la música, o el color y volumen en la pintura, esto se desprende de su práctica. Él se adelanta a Baudelaire y le sigue Mallarmé, todos franceses curiosamente, pero él nunca formuló esa teoría, lo digo yo”, argumenta.
En la cubierta de Balada, no aparece la reproducción de una pintura medieval o barroca, sino una pintura de Twombly, una elección que podría parecer arriesgada, pero que, una vez leído, cobra todo el sentido. Escrito durante una postconvalescencia, asegura que este libro le ha llevado mucho tiempo de escritura y de corrección, “he corregido más que nunca, es un libro corto, pero un poema largo, en el que el sonido era lo fundamental, no el sentido”.
Artificiero de imágenes y referencias de los que le han calado hondo, en esta ocasión, al final de Balada revela algunas referencias de algunos versos. Y es que en este libro nos encontramos con Eliot, Graves, Góngora, Cernuda, Keats, etc. Aunque no pasa nada si no se comprende al completo toda la filigrana, la belleza trasciende y el grito de alguien que toda su vida ha sido fiel a sí mismo.
No es casual que en el último movimiento, recupere un verso que escribió de adolescente en una postal para Vicente Aleixandre ‘A lo más hondo voy, al planeta encendido’. Entonces, ¿lo podemos leer como una conclusión de este bucle de circuitos que encierra Balada? “Bueno, se puede decir que hay alfa y hay omega, y el omega son los cuadros del Greco de Illescas a los que me refiero. Los he visto varias veces porque en una época en el Prado los tuvieron, y la perspectiva deformante respondía a los espejos de aquel momento, los espejos de azogue. Los espejos donde vemos nuestra verdad”.
Mientras paseamos por los movimientos de Balada, él va dando sorbos de un vaso de agua (evidentemente, del tiempo). Pero una vez exprimido el libro tararea la bosanova Água de beber, lo que impone un cambio de tercio. Cuenta que últimamente tiene muy presente a Wallace Stevens: “es un poeta que me gusta muchísimo, Eliot y Stevens son los dos polos, Eliot es un gran clásico, Stevens es algo totalmente distinto, lo que hacía en su momento era una cosa única y Harmonium es extraordinario”.
Le comento que sería estupendo que retomase los dietarios, pero asegura que no lo volverá a hacer: “los dietarios estaban destinados a poner en contacto el catalán como lengua literaria con realidades que no solía frecuentar. Era otra cosa. No me interesa repetir algo que ya he hecho”.
Pere Gimferrer ha escrito dos novelas, Fortuny y La calle de la guardia prusiana, pero luego no ha reincidido en el género. “Llegué a empezar otra, pero no acabé de verlo claro, escribí unas cuantas páginas y lo dejé. Era una novela distópica que transcurría en una teórica Barcelona del año 56-57. El narrador en primera persona, con una forma de hablar cercana a Eugeni d’Ors, era un falangista que, sin embargo nacía de algo no existente en la vida real, un pacto entre la falange y el catalanismo de derechas, cosa que no ocurrió pero podía haber ocurrido. El protagonista era este falangista que en su uniforme llevaba el yugo y las flechas, pero también las cuatro barras y que, caminando, reflexionaba con un tono orsiano sobre la situación. Es una idea distópica pero la confluencia entre falange y el catalanismo de derechas estaba esbozada en textos de los años 30 de varios escritores catalanes, pero no se produjo porque se topó con una barrera que era la actuación de las autoridades de ocupación respecto al catalán; si hubieran sido más flexibles podría haber habido revistas franquistas en catalán perfectamente, había las personas que podían hacerlas, pero el catalán era el obstáculo”.
Percibo que Simenon ha vuelto al taburete que flanquea su butaca de lectura. ¿Será el padre de Maigret su autor de descompresión? “Simenon es un caso literario que me interesa muchísimo. Ya interesó mucho a Henry Miller, John le Carré o Paul Bowles. Pero aparte de Simenon, leo otras cosas. Ahora tengo muchas ganas de releer a Aldous Huxley que me interesó mucho en mi adolescencia y quiero volver a Contrapunto, Ciego en Gaza y La isla. Espero tener tiempo pronto”.
Resulta emocionante ver a alguien que lo ha leído casi todo, contagiar esa fruición por la lectura. La obra de algunos autores se la sabe de memoria como la de Eliot, Rubén Darío, Blas de Otero, y Dante, al menos La Divina Comedia. Aquí va otra pericia de su memoria prodigiosa, la de la noche que recitó la Divina Comedia con un taxista: “Una noche fue preciso volver a Barcelona desde Turín por carretera para no llegar tarde a una cita. Había una huelga de trenes, y nos llevó un chico que era muy joven y que se iba sosteniendo con bebidas reforzantes. Con él empezamos a hablar de literatura y pasamos la noche recitando a doble voz la Divina Comedia. Yo decía un verso, y él, el siguiente, los dos nos la sabíamos de memoria, por lo menos El Infierno… Fue una noche inolvidable. Sólo he conocido a otra persona que también se lo sabía de memoria, Jaume Vallcorba”.
Puede que Pere Gimferrer no sea una persona fácil, pero una vez descifrado su código es una persona extremadamente sabia y cariñosa. En el texto que abre el volumen de L’agent provocador (1998) Gimferrer aclara que “se trata de un texto de carácter autobiográfico que relata solo hechos estrictamente verídicos; pero no es el libro de memorias que quizás escribiré algún día”. Releo L’agent provocador y me pregunto si ese libro de memorias llegará algún día. Por el momento no está por la labor, aunque como escribió T.S Eliot, Tiempo presente y tiempo pasado/ Están ambos quizá presentes en el tiempo futuro,/Y el tiempo futuro contenido en el tiempo pasado (···).









