Ignacio Urquizu es el autor del ensayo “Otra política es posible” (Debate) donde defiende otra forma de hacer política alejada de la crispación y la polarización.

Texto: Susana Picos

 

Ignacio Urquizu, en política desde 2015 por el partido socialista, ha ejercido en el Congreso nacional, el autonómico y municipal y actualmente es alcalde de Alcañiz, en un acuerdo con Ciudadanos e Izquierda Unida. Hace unos meses publicó el libro Otra política es posible del que pudimos hablar tomando un café en la librería Laie de Barcelona.

 

Otra política es posible. El título de su libro es una clara declaración de intenciones, pero ¿realmente es posible o es una utopía?

Es posible porque la vemos en otros espacios. La estamos viendo en la política local y en algunos gobiernos autonómicos. Lo que aparece en los medios de comunicación todos los días, en el Congreso de Diputados o, incluso, en la política madrileña, entendiendo por ella a Isabel Díaz Ayuso, que es una política polarizadora; está muy alejado de la política que se está haciendo en ayuntamientos o en gobiernos autonómicos. Otra cosa es que lo que más se destaca en los medios de comunicación es la política nacional y la política que pone el foco en la frase más ingeniosa, que no necesariamente es la mejor frase. Los debates que tenemos en las Cortes de Aragón posiblemente no interesan a casi nadie y no aparecemos en las redes sociales ni en los medios de comunicación digitales, pero en cambio las frases ingeniosas de Díaz Ayuso salen continuamente, como una un poco bárbara donde mezclaba los phosquitos con los porros. Yo, que soy profesor de la facultad de periodismo en la Complutense, les decía a mis alumnos: “Si tú quemas algo, todo el mundo irá allí, pero eso no significa que tengas que quemar las cosas”. Igual pasa con la política, pero parece que el foco está en esa política bárbara y la otra, que parece ser que es más aburrida, no le interesa a nadie.

 

Estamos en tiempos de polarización, de crispación, pero Vd. nos habla de empatía, que los políticos tienen que tener empatía, pero ¿cómo se consigue eso?

Cuando hablo de polarización y crispación hay que desdramatizarlo porque responde a una estrategia política para ganar votos. No es por la maldad de los políticos que quieren que todos nos llevemos mal, sino que responde a una estrategia electoral y que ha sucedido en otras ocasiones y en otras democracias. A partir de ahí, si se practicara otro tipo de política esto no sucedería y aquí es donde aparece el fenómeno de la empatía, que es ponerse en lugar de los demás y que sí aparece en otros espacios de la política. Me pasa en el Ayuntamiento. Cuando a veces escucho al portavoz del partido popular argumentar ciertas cosas, mi primera reacción no va a ser ni descalificarle ni decirle que es un radical ni nada por el estilo porque lo conozco de toda la vida, porque hemos ido a clase juntos, a la discoteca un sinfín de veces. ¿Cómo voy a tener un mal pensamiento de una persona que conozco de siempre? Yo sé que no tiene maldad, solo que él piensa de forma distinta a como yo pienso y él tiene sus razones y yo las mías. Eso es la empatía. Si eso se produjera en otras instituciones seguramente habría menos polarización. Cuando estaba en el Congreso de Diputados debatía con mucha gente, con gente que no conocía de nada y con los que posiblemente no volvería a debatir otra vez, por lo que no sabía nada de ellos. Se salía a la tribuna a convencer, ni siquiera eso, a ganar el debate entre comillas. Y ahí es donde tendrían que empezar a cambiar los parámetros de la política.

 

Pero como Vd. comenta en la política municipal es mucho más fácil sentir empatía por los demás que en el Congreso de los Diputados. 

Sí, pero habría que intentarlo. Cuando yo estuve en el Congreso de los Diputados intentaba comprender a todo el mundo y tenía buena relación con el resto de grupos políticos y en numerosas comisiones conseguíamos sacar adelante muchas cosas con el voto de todos. Cuando desaparece el foco mediático, hay más entendimiento de lo que a veces la gente se cree. Es cuestión de tener una aptitud más positiva en ese aspecto y es lo que intento reclamar a los líderes nacionales.

 

¿Qué haría para que se entendieran un poco más?

Mi recomendación es que iniciasen un proceso de negociación. Que se fueran un fin de semana fuera, donde hablasen de fútbol, de perros, de lo que quieran menos de política, a lo mejor así, cuando vuelvan tendrían una visión de los demás un poco distinta. Creo que la gente pide que se baje el balón un poco al suelo y que se intente hacer política buscando algunos puntos de encuentro que ahora mismo no se hace.

 

¿Cuál es su hoja de ruta para que la sociedad recupere la confianza en los políticos?

Generalizar es malo. No creo que todo el mundo piense que los políticos son iguales y desconfíen de ellos. A mí por lo menos no me pasa. Yo no me escondo, digo que soy político, que soy profesor de la universidad, y la gente es muy amable conmigo y muy cariñosa. Me anima mucho a que siga trabajando por mi pueblo, por lo que no creo que todo el mundo desconfíe de los políticos. Otra cosa es que a lo mejor habría que lograr que haya un mayor contacto entre los representantes y los representados. Sobre todo de los grandes líderes. En la época de Zapatero se inventaron cosas, tipo “Tengo una pregunta para Vd” que hacían un poco más humanos a los políticos y los acercaban a la gente, aunque fuera a través de los medios de comunicación. Les realizaban preguntas: como cuánto vale un café, un viaje de metro o una barra de pan, que a veces no podían responder, pero que les hacían un poco más humanos. Creo que esa cercanía les podría ayudar. Esa distancia principalmente ocurre con los grandes referentes nacionales, pero cuando uno sale de ahí, los políticos y ciudadanos tienen una relación bastante cordial. La mayoría de la gente tiene buena opinión de sus concejales y alcaldes.

 

La imagen de los políticos en campaña acercándose a los mercados o a las empresas, ¿cree que es contraproducente?

Cuando estaba ya más metido en política, una vez un chico escribió un tuit diciendo que acabada de ver a Urquizu en el metro, pero ¿cómo pensaba que iba antes, volando? Creo que a veces la gente se hace una imagen equivocada o los medios dan una imagen que no es real, porque los políticos vamos al mercado y al súper, a llevar a los niños al colegio y hacemos la vida como los demás. No somos marcianos ni extraterrestres. A lo mejor se nos pone el foco en momentos muy concretos y se nos ve haciendo cosas que parecen excepcionales, pero que son nuestro día a día y la imagen que trasladamos no es la correcta. Creo que la distancia entre representantes y representados va más en otra dirección que en este tipo de campañas electorales.

 

¿Cómo acabamos con la crispación, cuando da réditos a ciertos partidos políticos?

Los partidos tradicionales que son los que juegan más en la centralidad del espacio público, tendrán que darse cuenta en algún momento que en un mundo bipartidista la polarización llevaba a los extremos a votar al PP y al PSOE, pero en un mundo multipartidista, donde ya hay partidos que se encuentran en los extremos, la polarización lo que hace es engordar esos partidos. Los partidos que juegan a la centralidad y que tienen vocación de mayoría, deberían ver que la polarización está beneficiando a unos extremos que pueden tener representación política muy por encima de sus posibilidades, porque la sociedad española no está tan polarizada como a lo mejor podría reflejar un próximo congreso de diputados, con unos partidos extremistas con un porcentaje muy elevado de voto.  Cuando ellos se den cuenta que alimentar este tipo de comportamientos no es rentable para sus intereses electorales quizá cambien de estrategia. Quiero pensar que serán racionales en ese aspecto.

 

También habla en su libro de las tensiones internas que surgen en las primarias de los partidos, pero si ya hay tensión entre ellos ¿cómo no las van a tener con las demás formaciones políticas?

Lo cuento porque ocurre en Estados Unidos y se acaba reproduciendo aquí y en más sitios del mundo. En Estados Unidos hay muchos estudios que vinculan la polarización con las tensiones internas del partido. A partir de que se establece el sistema de primarias, primero se desideologiza el debate; la ideología pierde peso para poner el foco en el candidato, lo que hace que los militantes vayan perdiendo peso y vayan ganando los expertos en comunicación, que asesoran a sus candidatos para que ganen las primarias y luego competir en la esfera electoral. Esto ha supuesto que la polarización haya aumentado, como se ha visto en EEUU con Donald Trump o también en España. Seguramente para cambiar esto habría que variar el sistema interno de los partidos. ¿Significa que las primarias hayan de desaparecer? No, lo que significa es que las primarias han de funcionar de otra manera. El que gane las primarias debería tener una estructura interna que le obligue a pactar con los demás, a cerrar acuerdos con las diferentes facciones. Si a nivel interno tiene que practicar mucho el diálogo y llegar a acuerdos con mucha gente está claro que cuando salga le tocará hacer cosas parecidas, pero si está acostumbrado a que cuando gana, gana todo, cuando vaya afuera es difícil que pacte.

 

Explica que apoyó a Susana Díaz, pero luego ganó Pedro Sánchez.

Creo que después del último congreso la gente está muy cómoda porque ahora mismo el partido está muy unido con Pedro Sánchez. A la vez todo el mundo tiene su espacio, sus facciones y su manera de entender el socialismo. Yo sí que veo mucha unidad y lo digo en el libro: comparto muchas de las cosas que Pedro Sánchez hace ahora. Creo que uno también está en una facción o en otra por su vinculación geográfica. Yo siempre estoy con la federación aragonesa, por lo que juegan más claves, pero no porque el otro te parezca alguien malo. Para mí Pedro Sánchez es un tipo bastante valiente, que ha sido capaz de enfrentarse a situaciones muy complicadas que muchos no lo hubieran hecho. No haberle apoyado no significa que no simpatice con muchas cosas que hace. El punto de más discrepancia que tuvimos fue el de la abstención, pero en líneas generales yo estoy muy satisfecho de lo que está haciendo Pedro Sánchez en el gobierno.

 

Cuando oye a Vox decir que tenemos un gobierno radical de izquierdas, ¿qué le parece?

Que Vox diga que tenemos un gobierno radical como si ellos fueran los paladines de la moderación. Vox puede dar lecciones de radicalidad, pero de moderación no puede dar muchas. Me da la sensación de que el lenguaje político está excesivamente acartonado, de repente vemos que hay políticos que destacan porque dicen cosas de sentido común, sensatas, ante este tipo de exageraciones. Por eso tenemos la política que vivimos porque tenemos un debate público lleno de lugares comunes, y de frases exageradas y eso es en el fondo la crisis de la representación y es porque la gente no se ve representada en este tipo de debates. No es una competición por los argumentos sino por el tuit más simpático y creo que en la política la gente espera otra cosa.

 

A veces se siente el diálogo con los adversarios como una traición o como una derrota, ¿cómo se pueden cambiar esos sentimientos?

Explicando las cosas. En caso de Alcañiz gobierno con Izquierda Unida y Ciudadanos. Ningún compañero de mi agrupación ha sentido que sea una traición. Es explicar los acuerdos a los que se llega. Al final está supeditado a cuántas ganas tienes de cambiar el mundo, siendo consciente que cambiarlo lleva mucho tiempo. Es un proceso lento y  a veces los pequeños pasos son más profundos que dar grandes zancadas. Creo que en política si eres capaz de explicar las cosas de forma sensata la gente las acaba entendiendo, pero como se transmite la sensación de si se hace lo que yo quiero o nada, se da esa sensación. Yo sigo pensando que los referentes de gente que genera opinión siguen siendo importantes. Cuando por ejemplo empezamos a plantear los indultos a los líderes independentistas, la gente pensaba una cosa y conforme ha ido pasando el tiempo piensan otra y en eso consiste la política: en seducir a la gente y convencerles de que es mejor una opción que la otra, y aunque tengas a ciudadanos en contra no significa que haya que hacer lo que ellos quieran y que tú no tienes capacidad para hacer que cambien de opinión. La palabra y el discurso siguen siendo importantes en política. Las ideas mueven el mundo, y uno no puede renunciar en lo que cree porque la gente no esté de acuerdo. Porque entonces si vas a estar haciendo lo que quiere la gente, ¿dónde quedan tus convicciones, tus proyectos políticos? Es una reflexión que va en esa dirección.

 

Afirma que el mayor proyecto transformador de España se produjo durante los finales de los 80, principios de los 90.

Sí, porque es cuando se construye nuestro estado de bienestar, antes no existía como tal. Existían políticas públicas diseminadas, deslavazadas, pero no había un sistema público de educación, como hay ahora, que se construyó entonces con una red de escuelas públicas y escuelas concertadas. De repente, este sistema cubrió a toda la población hasta los 14 años y después fue hasta los 16. Este es un cambio profundo, porque la educación está en el origen de una sociedad. Se creó un sistema público de sanidad. Antes también estaba deslavazada. En sitios como Alcañiz, había unas monjas que dependían de la red provincial. A raíz del sistema de salud se empieza a absorber todos los hospitales y todos los sistemas sanitarios y se crea una red pública nacional, que luego se descentraliza. Se hace una reforma de las pensiones, hasta entonces tenía unas características muy determinadas y se crea un sistema nacional que ya es viable y sostenible a largo plazo. Se creó un estado de bienestar, propio a un país moderno, adaptado a nuestra renta per cápita. Fue un proyecto muy transformador.

 

Pero también fueron años de muchas protestas en la calle

Se abrieron muchos frentes, también se produjo una modernización del sistema productivo. Había unas empresas, algunas de ellas públicas, que fabricaban barcos u otros productos que no compraba nadie. Esto iba a significar seguramente despidos y prejubilaciones y eso era impopular, pero hubo un gobierno que era consciente que tenía que enfrentar esta reforma porque a largo plazo iba a ser beneficioso. También pasó en los medios de comunicación, donde había medios públicos que ahora ya no existen. Y así en muchos sectores de producción. La España del 82 y la del 96 son dos países distintos. Tuvo una contestación social y, a pesar de ello, el gobierno siguió ganando elecciones. Fue un gobierno que duró 14 años. Creo que en términos colectivos la gente entendió que era lo mejor para nuestro país.  Ahora no sé si el gobierno tuviera que cambiar el sistema siderúrgico de España lo haría. En aquel momento había contestaciones fuertes y el gobierno siguió adelante. Creo que es un proyecto transformador del que vivieron muchos gobiernos posteriores. Mucha de la recuperación económica de Aznar bebe de las decisiones que se tomaron con Pedro Solbes como ministro.  Una reforma laboral incide en cuánto crecimiento se necesita para crear empleo. Cuando se llegó al poder en el 82, se tenía que crecer en un 8 o 9%. Cuando se dejó el poder en el 96, se tenía que crecer al 3%. Los resultados de esas transformaciones se ven años después.

 

¿Los técnicos mandan más que los políticos?

Una de las cosas que Montoro hizo estando de ministro de hacienda no fue que la Administración funcionase mejor sino que gastáramos poco. Como quería que no hubiese mucho gasto público, estableció unos procedimientos administrativos que exigen un gran número de informes públicos, de informes de transparencia, técnicos, de supervisiones oficiales. Revertir todo eso es complicado, porque además hay una parte de la izquierda a la que le parece bien porque cree que cuanto más garantista sea el proceso mucho mejor. Compartiendo la filosofía de fondo, cuando lo ves funcionar en directo tiene muchas dificultades.

Veo a muchos compañeros míos que les acusan de fracasar y de no cumplir sus promesas por no arreglar tal calle, pero cuando estás dentro de la Administración, entiendes que no es culpa de él, sino que en algún sitio algún técnico habrá parado el proceso. Al final se nos olvida que los técnicos tienen ideología, y a veces usan su capacidad para pararte las cosas cuando ellos no están de acuerdo, pero además de ideología los técnicos también tienen intereses. En mi vida he pedido un presupuesto de nada, todos los presupuestos los piden los técnicos. Los técnicos no son más honestos que los políticos. Los técnicos y los políticos somos igual de honestos. Si te fijas, los casos de corrupción son mucho más elevados a nivel municipal que a nivel federal y autonómico, y casi siempre en la corrupción hay algún técnico de por medio. Es raro que solo esté implicado un político. He visto a concejales y a alcaldes que han tenido que ir a declarar a juicios porque una empresa ha perdido un concurso público y esa empresa denuncia el Ayuntamiento porque dice que los pliegos de condiciones técnicas beneficiaban a una empresa más que a otra. Y los pliegos no los redacta ningún concejal ni ningún alcalde. Los redactan los técnicos. Los técnicos tienen mucha capacidad de decisión, pero nunca se presentan a las elecciones. Son los políticos los que asumen la responsabilidad de las decisiones. Yo tengo la suerte de haberme encontrado con técnicos estupendos, pero viendo cómo funciona la Administración te das cuenta que el mundo es más complejo de lo que nos cuentan, y no todo es culpa de los políticos.

 

¿Qué se puede hacer para que la Administración sea más ágil?

Nosotros en el Ayuntamiento hemos intentado acortar determinados plazos pero seguramente una posible solución sería que hubiesen más técnicos en la Administración, no obstante, esta opción no me convence porque sería engordarla y no significa que funcione mejor. Otra opción podría ser que determinados informes se realizaran por técnicos que no pertenezcan a la Administración, que procedan del sector privado o de otras empresas. Sería deseable que se agilizase un poco, abriendo la Administración a otro tipo de informes técnicos, Esto puede sonar extraño en alguien de izquierda, pero no suena extraño en alguien que está gobernando.