La escritora uruguaya Fernanda Trías publica «Mugre rosa» (Literatura Random House) donde recrea un mundo que obliga a los habitantes a vivir, gran parte de su existencia, encerrados en sus casas, por temor al cambio del tiempo cuando salen al exterior.

 Texto: David PÉREZ VEGA

 

A finales de 2018 leí La azotea de Fernanda Trías (Montevideo, 1976), que inauguró la nueva editorial española Transito. Era una novela ‒publicada por primera vez en Uruguay en 2001‒ claustrofóbica, contada desde el punto de vista de una mujer que decide crear un micromundo dentro de un piso, del que no permitirá salir ni a su débil padre, ni a su hija pequeña, ni a sí misma. Me gustó aquella novela enfermiza y potente. Cuando en 2021 apareció Mugre rosa sopesé la idea de leerla, ya que tenía un buen recuerdo de La azotea. En principio, mi deseo de no leer demasiadas novedades literarias ganó la partida. Pero, meses más tarde, cuando leí que con poco tiempo de diferencia Mugre rosa había ganado el premio Bartolomé Hidalgo en Uruguay a la mejor obra narrativa del año y también el premio Sor Juana Inés de la Cruz en México, me apeteció leerla.

Mugre rosa nos acerca a un futuro ligeramente distópico. La acción se sitúa en una ciudad que el lector sobreentiende que es Montevideo, aunque nunca se especifica en la novela, ni se nombra tampoco a Uruguay. Sí sabremos que la moneda usada en el país es el peso y que la narradora tiene el plan de huir a Brasil, que se intuye que ha de ser un país cercano y colindante al que ella se encuentra. Aparecieron en «el río», que se sobreentiende que es el Río de la Plata, unas algas color borra, que en un principio parecían inocuas, para más tarde empezar a morir peces, y darse cuenta de que era una peligro para la población inhalar sus esporas cuando soplaba el viento. La ciudad aparece continuamente cubierta de niebla, y esta es una buena señal, porque lo contrario de la niebla es «el viento rojo». Cuando empieza a soplar el viento del río, suenan las alarmas y la población debe refugiarse en sus casas con todas las ventanas cerradas, a riesgo de inhalar las esporas rojas y contraer una enfermedad de la piel que les va a conducir a la muerte. La mayoría de la población ha sido evacuada hacia ciudades del interior del país, pero la narradora no ha querido hacerlo porque hay elementos que la atan a la costa. Por un lado su exmarido Max está internado en el hospital el Clínicas, en la sección de enfermos crónicos. Max ha sido contagiado por el virus del aire pero, extrañamente, no ha muerto. Su caso, y el de algunos compañeros en una situación similar, es importante para la ciencia, porque tal vez en ellos se encuentre la solución a los problemas por los que pasa el país (nunca se llega a aclarar del todo si esta es una crisis del país o mundial).

En uno de los barrios pudientes de la ciudad también permanece, sin evacuar, la madre de la narradora. «Después de la evacuación, mi madre decidió mudarse a una de las casonas abandonadas de Los Pozos. Los dueños las alquilaban por chirolas con tal de mantenerlas vivas. (…) Mi madre tenía una confianza ciega en los materiales nobles y tal vez haya pensado que la contaminación no podía atravesar una buena pared, ancha y silenciosa, un techo bien construido, sin grietas por las que se colase el viento.» (pág. 22). La narradora y su madre discuten continuamente. La narradora tiene más de una cuenta del pasado pendiente con su madre, que no ha aprobado nunca sus decisiones. Por ejemplo, la madre estuvo en contra de la boda de la protagonista con Max, a quien conocía desde la infancia. La narradora ahora ayuda y provee a la madre, porque se haya en una posición más fuerte que ella, y parece buscar una aprobación que la madre le negará de continuo. De hecho, durante el tiempo de la novela la narradora evocará continuamente a Delfa, que era la sirvienta que trabajaba en su casa cuando era niña. En más de una ocasión pensará en Delfa como en su verdadera madre. La narradora (siempre innominada) se gana la vida cuidando a Mauro, un niño con problemas de obesidad, un niño al que una enfermedad hace tener siempre hambre. Sus padres emigraron a una hacienda del interior y, unas cuantas semanas al mes, traen a Mauro hasta el edificio de apartamento de la narradora para que ésta le cuide y procure hacerle perder algo de peso.

La novela parece plantear también un enfrentamiento entre el interior del país y la provincia. Estoy mucho menos familiarizado con la tradición literaria y cultural uruguaya que con la argentina. Pero tengo la intuición de que en Uruguay debe darse una tensión similar a la de Argentina entre el interior, más despoblado y pobre, y la costa, más urbana y rica. En el tiempo de la novela, el interior del país parece estar floreciendo, en contraposición a la decadencia de la costa. Desde el interior llegan alimentos y suministros cada vez más caros a la costa.

En el futuro distópico planteado, además, existen fábricas que elaboran un sucedáneo de la carne que, de forma coloquial, la población llama «mugre rosa», y que también viene a mostrarlos la decadencia de las zonas ricas del país.

En gran medida, Mugre rosa es una novela sobre las dependencias humanas: casi todos dependen, de un modo u otro, de la narradora: su orgullosa madre, atrapada en su barrio alto cada vez más precario; su exmarido, atrapado en la clínica de la que no puede escaparse; y sobre todo Mauro, «Él sería, para siempre, el recipiente que contenía la enfermedad.», no dice la narradora en la página 71. En cierto sentido, con Mauro la narradora expía su sentimiento de culpabilidad hacia Max o su madre. Aunque la excusa de ocuparse de él es el dinero que recibe de sus padres por cuidarlo y que, en el futuro, debería permitirle huir a Brasil. Pero este dinero lo ha juntado ya hace tiempo y continúa en la peligrosa costa, entre la niebla y el viento rojo.

Si La azotea era una novela opresiva sobre una mujer que decide encerrar a su familia en un piso y olvidarse del mundo exterior, Mugre rosa también lo es. En La azotea la amenaza exterior era más mental que real, y en Mugre rosa la amenaza exterior se ha hecho más real, y esto obliga a los habitantes de este nuevo mundo a vivir, gran parte del tiempo, encerrados en sus casas, temiendo el cambio del tiempo cuando salen al exterior.

El estilo de Mugre rosa es envolvente y la sensación de opresión y grisura, de nueva realidad colindante con la real, pero diferente, está muy conseguida. Más de una vez se le recuerda al lector que la narradora ha decidido de forma consciente contarnos su historia desde algún punto del futuro. Me ha resultado curiosa esta construcción: a pesar de estar narrado el pasado, en algunos momentos se cambia de una forma verbal pretérita al futuro, dando a las escenas una sensación de inminencia e inevitabilidad.

Si bien una novela como La carretera de Cormac McCarthy es una «distopía de movimiento», en la que los personajes están siempre en continuo peregrinaje, Mugre rosa es una «distopía de la inamovilidad». De hecho, la novela acaba cuando su narradora se va a ver forzada a desplazarse. Y quizás Fernanda Trías podría plantearse escribir una segunda parte, la «distopía del movimiento».

Mugre rosa me ha parecido una novela conseguida, de prosa eficaz y estimulante. Una novela que entra con fuerza, y derecho propio, en el canon de la más reciente estirpe de novelas apocalípticas. De vez en cuando, el mundo de los libros te sorprende y los premios literarios cobran todo su sentido.