Tras algo más de ocho años, Maalouf regresa a la novela con “Nuestros inesperados hermanos” (Alianza), una distopía en la que el mundo está rozando su final pero donde todavía se puede producir el milagro.

 

Texto: Susana PICOS  Foto: P.COSANO/Anaya

 

Amin Maalouf presentó Nuestros inesperados hermanos (Alianza) y lo hizo desde la distancia, desde su casa en París, y a través de la pantalla del ordenador. Atrás han quedado las colas de hombres y mujeres esperando a que les firmase un ejemplar, donde se mezclaban personas de diferentes sensibilidades políticas y religiosas, porque esa es una de las características fundamentales de la obra de Amin Maalouf: ser un punto de encuentro.

El autor de Las cruzadas vistas por los árabes, León el africano, Identidades asesinas, La roca de Tanios — con la que ganó el premio Goncourt en 1993— o Los desorientados vuelve ahora, tras ocho años sin escribir ficción, con una novela distópica en la que están presentes las preocupaciones y las preguntas que acompañan a Maalouf en su obra, pero con el añadido de la pandemia, y aunque el libro lo terminó de escribir antes de que saltasen todas las alarmas con la Covid-19, Maalouf plantea una distopía donde la humanidad se queda en silencio, se cortan las comunicaciones y la electricidad, y la incertidumbre por el futuro se adueña de los habitantes de la Tierra. No obstante, su mirada no es pesimista, es la de alguien que ve en ello una oportunidad. Como dijo su editora, Valeria Ciompi, es “una historia que busca la esperanza en la ficción”.

Maalouf había publicado anteriormente a esta novela el ensayo El naufragio de las civilizaciones, en el que reflexionaba cómo era posible que en una época donde los avances tecnológicos nos permiten vivir más y mejor en unas partes del mundo, en otras se siga viviendo en la miseria y en el olvido. Nos cuenta el escritor libanés, afianzado en Francia, que “de la idea de ese libro nace esta ficción, del naufragio de las civilizaciones”. Nos dice que Nuestros inesperados hermanos es una parábola y le parece adecuado usarla para comprender el mundo de hoy en día, para poder repensarlo e imaginar. “Están ocurriendo cosas nuevas, tenemos nuevos medios, pero nos falta saber hacia dónde queremos ir y qué es lo que queremos construir. La literatura cumple esa función. Yo me siento consternado al ver lo que pasa en el mundo actual. La incapacidad de los hombres de cuidarlo y de progresar con la ciencia. Es el momento de imaginar y necesitamos esperanzas”.

En Nuestros inesperados hermanos, el protagonista, Alec, vive en una isla de la costa atlántica casi aislado de la sociedad para disfrutar de las pequeñas cosas, de sus paseos por la naturaleza y de la soledad, un lugar en el que nos podemos imaginar a Amin Maalouf, ya que, como el protagonista, Maalouf se aleja en la vida real a una isla francesa del Atlántico para escapar del ruido de la ciudad y poder escribir. Desde esa isla imaginaria, Maalouf nos narra el desconcierto de los habitantes ante el corte de las comunicaciones y el desasosiego por no saber qué ocurre. Alec buscará respuestas y descubrirá que el fin del mundo se ha evitado gracias a unos “inesperados hermanos”, un pueblo que bebe de las fuentes griegas y que ofrece a la Tierra una oportunidad. ¿La sabremos aprovechar? “Esta novela está inscrita en la época ateniense. Un tiempo en el que se produjo la filosofía, la democracia… el milagro griego, por eso quería que fuese ese pueblo el que viniese a ayudarnos a seguir adelante. La Grecia Antigua está muy presente en nuestro mundo”.

A Amin Maalouf se le ha definido como el escritor que ha tendido y tiende puentes para que Oriente y Occidente se conozcan, se entiendan y se respeten. La dignidad de las personas y el respeto por el diferente es una constante en su obra, y en esta novela están muy presentes también. Alec se pregunta en la novela: “¿Qué demonios podría compensarle a un hombre la pérdida de su dignidad?”. La dignidad de los pueblos es un punto clave en la filosofía de Maalouf: “Cuando los pueblos se sienten humillados pueden pensar que la solución es la violencia”. Habla de la necesidad de dejar de “envenenar las relaciones entre Occidente y el mundo árabe, pues si no se hace será imposible solucionar los problemas de Irak o Irán». Cuando, durante la presentación de esta última novela, un periodista le preguntó si se sentía desilusionado por haber dedicado su vida y su obra a este entendimiento y constatar que se siguen produciendo muertes, como la de Samuel Paty, el profesor francés que mostró unas caricaturas de Mahoma, Maalouf respondió: “Mi convicción es la misma y creo que hay que seguir haciendo un verdadero esfuerzo de inteligencia y voluntad para cambiar esta situación. Es muy difícil acabar con el fanatismo y el terrorismo, que encuentran caldo de cultivo en ciertos jóvenes, pero yo espero que el verdadero combate provenga de la propia sociedad, que realice un control social de quien cometa estos actos. En todos los países se producen actos horribles, pero no deben contaminar el mundo. Muchos de los problemas que sufrimos actualmente provienen de la época colonial. Argelia, por ejemplo. La percepción de su lucha es distinta según el punto de vista de cada sociedad. Nosotros debemos encontrar una visión equilibrada del pasado y no es fácil”.

Ahora Maalouf vuelve a crear una historia distópica para plantear cuestiones actuales. En 1992 ya lo hizo con su novela El primer siglo después de Beatrice, donde imaginó una sociedad en la que mediante avances científicos se realiza una selección genética para dar prioridad a los nacimientos de varones. Ese desequilibrio entre el número de hombres y mujeres existentes la comparará con la desigualdad entre los países ricos del norte respecto a los del sur. Estas sociedades imaginadas, lamentablemente, son muy parecidas a algunas que conocemos en la actualidad. Con esta novela ocurre igual. “Hoy en día, creo que estamos en pleno naufragio, ha habido un antes y un después y nosotros estamos en el mientras. Después de un año de pandemia y confinamiento, tomo lo que está ocurriendo como un aviso. Vamos hacia una crisis infinita, pero podemos reconstruir las diferentes relaciones; tenemos la necesidad de repensar el futuro, repensar los sistemas políticos, los medios de comunicación.

Yo empecé a trabajar en un periódico y ahora veo los grandes grupos mediáticos de la prensa y creo que no saben hacia dónde van. En este extraño momento en el que vivimos tenemos que plantearnos si nuestras actitudes van a seguir siendo las mismas porque hay cosas que han cambiado y tenemos que preguntarnos: ‘¿Qué queremos ser? ¿A qué queremos parecernos?’. Algunas cosas terminan y otras empiezan. El mundo ha vivido una pausa y nosotros debemos ver que tenemos una oportunidad para poder reflexionar y construir el futuro. Mi novela Nuestros inesperados hermanos tiene esa vinculación con la situación actual”.

Amin Maalouf es un humanista, que ha recurrido a la literatura distópica para imaginar una situación en un tiempo futuro y, a la vez, plantearnos los grandes retos de hoy. Como dice de él su traductora, María Teresa Gallego: “Amin Maalouf tiene un cerebro pesimista y un corazón optimista, o un cerebro lúcido y un corazón ilusionado”.