El escritor madrileño Miguel Ángel González acaba de publicar «Prolepsis» (Al revés), novela con la que ha ganado el XXV Premio Ciudad de Badajoz.

Texto: Redacción

 

En Prolepsis, la novela por la que Miguel Ángel González ha obtenido el XXV Premio Ciudad de Badajoz, un padre y un hijo comparten una tarde en la que rememorarán los fracasos que les unen y el presente que les separa. Una tarde cualquiera. Quizá la última. Una novela cuyos personajes no se comunican a pesar de estar cerca y en la que viven envueltos en una falsedad que se ha convertido en su realidad diaria.

Miquel Ángel González publicó su primera novela en el 2006 y desde entonces ha ganado numerosos premios literarios como el Café Gijón 2015, el Fray Luis de León 2017 o el Ciudad de Alcalá 2020.

 

¿Qué significa prolepsis y por qué da título a la novela?

La prolepsis es una anticipación, consiste en adelantarle al lector los acontecimientos que descubrirá en las siguientes páginas. Como herramienta literaria, quizá sea la más honesta, porque coloca las cartas sobre la mesa para que el lector decida si quiere continuar o no la partida conociendo toda la información de antemano.  Y Prolepsis, mi novela, habla de la falsedad, de esas mentiras que son como cimientos frágiles sobre los que construimos nuestra propia existencia. Por eso pensé que, para una historia centrada en el engaño, no existía un mejor título.

 

“En la entrada hay un jardín y hay un lago y hay un montón de patos dentro del agua. Pero todo es de mentira. El césped es de plástico y los patos son de madera y el lago es artificial. Todo parece de verdad, pero es falso”, así empieza tu novela, ¿crees que necesitamos mentirnos para ser felices?

Salinger decía que la diferencia entre la alegría y la felicidad radica en que la alegría es un líquido y la felicidad un sólido. No creo que las mentiras sirvan para que seamos felices, pero sí que nos pueden producir una cierta alegría momentánea.

 

¿Está la verdad sobrevalorada o todo nos iría mejor si fuéramos más sinceros?

 Hay una película de Ricky Gervais que se llama The Invention of Lying y que se desarrolla en una sociedad ficticia, una especie de distopía en la que no existe la mentira. Y digo distopía porque, en ese mundo aparentemente ideal en el que nadie miente, no existe el arte. No se pueden rodar películas ni se pueden escribir libros ni se pueden montar obras de teatro sin la mentira. La verdad limita y destruye cualquier tipo de creación artística. Bajo mi punto de vista la verdad está sobrevalorada porque, en el fondo, la verdad como norma no es más que un tipo de dictadura.

 

En España no tenemos mucha tradición de lucha libre, ¿cómo se te ocurrió que el padre del protagonista la practicara y quisiera ser campeón del mundo?

Porque la lucha libre representa a la perfección el espíritu de mi novela. Es muy divertido todo el engranaje que hay detrás. El trabajo de los guionistas, que diseñan personajes pintorescos y logran que un mismo luchador pase de ser amado a odiado por el público en cuestión de minutos. En internet puede verse el último combate de Ric Flair, que quizá haya sido la mayor estrella de la lucha libre. Es una pelea contra Shawn Michaels en la que pone en juego su carrera: si pierde se verá obligado a retirarse. Y lo más increíble es que pese a que todo forma parte de un show, a que ellos ya saben de antemano lo que va a ocurrir, en el estadio hay más de cien mil personas viendo la contienda que no pueden evitar romper a llorar emocionados cuando todo termina. Y aunque la pelea es un montaje, aunque todo lo que ocurre sobre el ring forma parte de una coreografía, la emoción de la gente es verdadera. Y eso es lo que convierte el formato en algo tan atractivo desde mi punto de vista.

 

En tu novela los personajes parece que transcurran por sus vidas por inercia, por seguir decisiones que tomaron un día o por hacer lo que deben pero tienen enormes dificultades para comunicarse y decir lo que piensan.

Me gustan los libros en los que sus personajes tienen muchas cosas que decir pero no saben cómo hacerlo. Y eso fue lo que intenté mostrar en mi novela. Prolepsis cuenta la historia de un padre y un hijo que pasan una tarde juntos. Y me parecía atractiva la idea de verlos allí, sentados uno al lado del otro sin decirse nada, mientras el narrador nos va mostrando su historia, su pasado, sus secretos, sus anhelos… todo lo vemos nosotros al otro lado del libro, pero los personajes simplemente están juntos esperando que el tiempo pase.

 

Con tus novelas has ganado el José Luis Coll de Novela de humor, el Café Gijón, el premio Ciudad de Alcalá y ahora el Premio de Novela Ciudad de Badajoz, ¿recomendarías a los jóvenes escritores que quieren abrirse paso presentar sus obras a premios literarios?

A mí los premios me han dado libertad creativa. Escribir no es solo contar una historia. Escribir es muchas otras cosas. Escribir también es salir a pasear y mirar un programa basura en la televisión y romper muchas hojas y tumbarte sobre la cama a contemplar el techo y seguir rompiendo folios… Ganar premios me ha permitido comprar tiempo para crear con libertad y que cada proyecto tenga la gestación necesaria, e incluso escribir en cada momento lo que he querido contar sin pararme a pensar en la posible repercusión comercial de la obra. Para mí los certámenes literarios han sido satisfactorios por ese motivo, y los recomendaría porque creo que son una buena forma de intentar rentabilizar lo que uno escribe y de verlo publicado.

 

“Imagina un libro en el que no ocurre nada, todo el tiempo parece que va a pasar algo, pero nunca pasa. Entonces, en un determinado momento el narrador anuncia al lector que algo importante va a tener lugar y la novela se acaba” esto es algo que dice uno de tus personajes, ¿qué le dirías al escritor que planteara así una novela?

Escrito así me recuerda a esa anécdota que cuenta siempre Jerry Seinfeld en la que asegura que llegó a las oficinas de la NBC y le dijo a uno de sus directivos que había tenido una idea, quería grabar una serie en la que nunca ocurriese nada. La historia de un tipo corriente que vive en Nueva York y va a cenar a un restaurante con sus amigos, o que va a una cafetería a almorzar. Y entonces el directivo lo miró muy serio y le contestó: «Es la idea más estúpida que he escuchado nunca. Hagámoslo». Me gusta imaginar que yo respondería algo similar.

 

¿Por qué crees que el lector ha de leer Prolepsis?

 Para poder responder a la pregunta de «¿qué demonios es una prolepsis?». Yo me comprometo con los posibles lectores del libro a que, cuando lo terminen, no solo conocerán la respuesta a esa pregunta, sino que ellos mismos sabrán utilizar una prolepsis. Y eso hará que en los próximos eventos sociales en los que participen tengan garantizados un mínimo de tres o cinco minutos en los que serán el centro de atención entre sus amigos o familiares. No creo que haya un mejor motivo para leer un libro.