Luis Landero: “Dentro llevamos abismos enteros”
Landero escribe líneas que vibran como cuerdas de guitarra. No es una metáfora bonita, es que fue guitarrista profesional en su juventud y se le ha quedado la música pegada a los dedos. Tuvimos ocasión de conversar sobre su nuevo libro, “Coloquio de invierno” (Tusquets) frente a sus lectores.

Texto: Antonio Iturbe Foto: Planetadelibros
En Coloquio de invierno un grupo heterogéneo de huéspedes (un jubilado de RENFE, un militar, una librera, un médico…) se ven atrapados en un hotel de montaña a causa de una tempestad de nieve que también los priva de la conexión a internet. No les queda otra que reunirse en el salón y empezar a contarse historias escuchadas o vividas, algunas de ellas muy íntimas y sorprendentes. Todas con el pellizco que tiene Landero para contar historias y mostrarnos esas imperceptibles grietas en lo más soleado de nuestras vidas por las que entra el vendaval que lo arrasa todo.
Tus historias nos sitúan en lo cotidiano y el flujo de las vidas corrientes, como las de cualquiera de nosotros o la de Ginés, que se va a casar con una muchacha agradable y su suegro le va a conseguir un buen empleo… pero pasa algo.
Es que siempre pasa algo.
Incluso donde creíamos que la vida era predecible… ¡Pasa algo!
No hay novela ni hay historia donde no pase algo. Siempre hay un conflicto, hasta en los chistes. En las historias que contamos todos los días también hay siempre un punto de inflexión.
Pero el punto de inflexión no es un gran cataclismo ni unos asesinatos en serie rarísimos, sino esa leve grieta de la normalidad que lo cambia todo.
Los grandes conflictos desaparecieron hace tiempo. En el siglo XIX un adulterio era un gran conflicto, pero en el siglo XX ya es una chorrada. Las grandes novelas están hechas de pequeños conflictos
Esa gente en el hotel se cuentan muchas cosas. ¿Por qué ese afán de contar?
Porque estamos hechos de palabras, somos palabras, criaturas verbales. La única manera de expresar nuestra vida es a través de las palabras, porque incluso las imágenes están asociadas a las palabras. De día vivimos y de noche soñamos. A veces hablamos para afuera y a veces hablamos para adentro, hay gente callada pero están rumiando para adentro sus cosas, sus fantasías y sus obsesiones: eso también es un modo de contar. Escrituras como la de Thomas Bernhard intentan reflejar ese contar hacia adentro.
Tomás, el periodista del grupo dice que: “hay que confiar en las palabras” pero precisamente Bernhard decía siempre que la escritura siempre fracasa en ese tránsito entre lo que llevamos dentro y lo que expresamos.
Todo escritor fracasa en el sentido de expresar ese mundo interior que bulle en su interior, tan rico y tan difícil de atrapar, tan sugestivo que cualquier cosa que verbalices va a ser pobre o insuficiente. Faulkner decía que “todos escritores de mi generación hemos fracasado en decir lo indecible y de alcanzar lo inalcanzable”. Eran muy ambiciosos a la hora de contar ese mundo interior y eso por bien que salga siempre queda por debajo de las aspiraciones. Todo artista está destinado al fracaso desde ese punto de vista. Pero hay que hacerlo. Es como la torre de Babel, al cielo no vas a llegar, pero algo subes.
¿No llegar te impele a escribir otro libro a ver si llegas?
Así sucede. Porque hay en el ser humano una insatisfacción crónica, un afán de trascendencia, ese querer traspasar los límites, comer la fruta prohibida para ser eternos y sabios. Es la maldición ser consciente de nuestra fragilidad y el estar destinados a morir, de ser tan solo una pavesa que se lleva el viento. “Así como las hojas de lo arboles son las generaciones de hombres” decía Homero. Pero ese afán también te impulsa. Don Quijote es el prototipo es un héroe de apariencia ridícula y eso le da una modernidad extraordinaria, aspira a lo más y es derrotado, pero lo intenta y lo intenta. Y el escritor vuelve a escribir y vuelve a escribir…
Tus personajes son de la estirpe de Don Quijote: son tropezadores pero no renuncian fácilmente a sus ensoñaciones…
Somos hijos del azar y de las pequeñas cosas, pero también somos hijos de los grandes sueños. Tenemos una capacidad enorme para soñar. Los que hacen grandes proyectos, cuanto más suben más expuestos están a caer desde más arriba. El afán de explicar los sueños exacerbados que están destinados al fracaso quizás me viene de mi padre, un campesino que apenas fue a la escuela pero tenía mucho ingenio: “¡qué gran abogado se ha perdido con Cipriano!”, decían. Hablaba muy bien y pensaba muy bien. La guerra le hizo descubrir las ciudades, ver el mar por primera vez, ver que había gente que sabía idiomas o escribían a máquina con los dedos volando sobre las teclas o eran artistas y tenían un cauce para expresarse. Y al regresar al pueblo al final de la guerra fue víctima de todo eso que había descubierto mundo adelante, lo condenó a una amargura que se le notaba porque entristecía toda la casa con su tristeza y lo convirtió en alguien sombrío. Proyectó en mí su afán y quería que yo fuera abogado, que era lo máximo. Yo era un golfillo de barrio al que le gustaba más la calle que estudiar y me mandó interno a colegio de Madrid por encima de sus posibilidades. Era un colegio religioso y fueron a preguntar a mis padres si yo querría ser cura. Mi padre, vestido de negro como iba siempre y con su sombrero, los dejó hablar y al final les dijo: ¡no me he gastado veinte mil duros en mi hijo para que ahora sea cura! Mi padre echó la responsabilidad sobre mí de que fuera lo que él no pudo ser. Yo creo que soy hijo de mi padre en todos los sentidos, también en el literario. También tengo ese afán desmedido. Después fue bajando el listón y desistió de que fuera abogado, pero si iba a ser guitarrista tenía que serlo formal, debía ser un hombre de provecho. La muerte de mi padre y me creó un sentimiento de culpa que aún llevo. El carácter se forja en esas fisuras, en esos instantes fundamentales. De ahí surge el mundo de mis novelas.
Don Quijote tenía algo en común con tu padre: los dos descubrieron el mar en Barcelona.
Es que le tocó venir a Barcelona con los republicanos para la guerra y estuvo preso en castillo de Montjuic durante 14 meses, En casa no supieron nada de él y pensaban que estaba muerto. Mi abuela Frasca se pasaba el día llorando hasta que recibe una carta y descube, como en la canción de Peret, que no estaba muerto, que estaba de parranda.
Esos huéspedes que se reúnen en el salón no se habían visto nunca antes pero llegan a contarse confesiones muy íntimas…
Todos tenemos grandes o pequeños secretos que nos aprietan dentro y querríamos contárselos a alguien, ¿pero a quién?
Nos ha pasado a todos alguna vez en un taxi o una sala de espera. ¿Por qué le cuentas a un desconocido algo tan privado que nunca le habrías contado a tu mejor amigo?
¡Porque no vas a volver a verlo nunca más! Es como el confesionario o el psiquiatra, que también son desconocidos. Y también hay algo que a ese grupo de gente encerrados en el hotel los anima a contar: el propio ímpetu del relato, el atreverse. Una vez que uno se lanza, van otros detrás.
El título del libro rescata una palabra que no está muy de moda: “coloquio”.
Es verdad que ha sido substituida por “tertulia”. Coloquio es una palabra con dignidad. A esas tertulias en televisión tan agresivas no les puedes llamar coloquio, que es una palabra que invita a saber hablar pero también a saber escuchar. En esas tertulias mediáticas te das cuenta que la gente no está pendiente de escuchar al otro sino pensando en lo que va a decir en cuanto se calle o pueda cortarlo.
Uno de los personajes del libro dice que “La vida de los idealistas no suele acabar bien”. ¿Mal negocio ser idealista?
Políticamente los idealistas han acostumbrado a acabar mal. También los idealismos, como el comunismo, incluso el fascismo, que surge de un idealismo. Pero también es bueno ser idealista. Muchos estamos condenados a ser idealistas, lo llevamos en el adn. Forma parte de ese misterio que es la persona, apenas nos conocemos. Tenemos mucha puesta en escena hacia afuera pero la trastienda es muy compleja e incomprensible. Dentro llevamos abismos enteros.
Otro personaje dice “La paz termina aburriendo” y explica cómo Mussolini uso la guerra para enardecer a la gente. ¿Qué nos aburra la paz demuestra que somos idiotas?
Dicen los filósofos, no lo digo yo, que la paz cansa. Schopenhauer consideraba que la primera necesidad del ser humano es la lucha por la vida y eso le da sentido, pero al perderse esa lucha hay que buscar otros activos de la vida, como escribir en mi caso. Necesitas encontrar un sentido para vivir cuando ya no hay que luchar por la supervivencia básica. La monotonía nos va cansando, nos va mostrando la futilidad de nuestra vida y cómo nos encaminamos hacia la muerte como unos mansos. Y de repente, alguien te promete una aventura y te saca de la monotonía. Por eso la Primera Guerra Mundial fue recibida con euforia por tanta gente, incluso escritores como Thomas Mann. No es que canse la paz, sino la rutina y monotonía aleja el sentido de vivir. La gente sabia que no le pide a la vida más de lo que la vida puede darles… ¡benditos ellos! Pero los idealistas que le piden más y más, son esos quijotes que se encuentran incómodos en la paz y por eso a veces los demagogos tienen mucho éxito con ellos.
¿De ahí la importancia de artistas, bufones, escritores y comediantes para que la gente no se nos aburra y que en vez de echarse a la guerra lean un libro o vayan al teatro?
Efectivamente, hay muchas maneras de dar sentido al día a día. Yo si no escribiera no sabría qué hacer con mi vida,
Tú has pasado muchos años de tu vida en el Instituto del teatro enseñando literatura. ¿Y eso cómo se hace?
Pues no lo sé. La literatura a veces es tomada por la teoría y la teoría literaria no sirve para nada, sobre todo al principio. Habría que dedicar las clases de literatura a leer y la teoría deberían ser notas a pie de página. Leer, leer y leer. Yo he leído bastantes fragmentos con mis alumnos en clase. El móvil es un juguete, pero no solo de los niños sino también de los jubilados, que hay que verlos en el banco del parque cómo le dan, que tienen a las palomas sin comer. Para leer necesitas una soledad que ahora parece una enfermedad, que a la gente le parece que te pasa algo. Tienes que concentrarte y hacer un esfuerzo. Leer es un esfuerzo, grato y magnífico, pero es esfuerzo, mientras que el móvil es juguete que funciona casi solo.
La novela tiene mucho humor landeriano. En un momento dado, los conversadores empiezan a enumerar la cantidad de cosas de las que la gente trata de convencerte a lo largo del día: desde la conspiración para obligarlo a hacer el Camino de Santiago a practicar yoga o las virtudes del pan integral…
Dan mucho la brasa. Se empeñan en que lo suyo es lo mejor y has de hacerlo así, Hay mucho proselitista suelto por el mundo.
Santos León, el médico, dice que las “caricaturas con sus excesos revelan aspectos de la realidad que de otra forma no llegarían a percibir”. ¿La literatura deforma la realidad?
La literatura es exagerada respecto a la realidad, pero precisamente por eso nos muestra aspectos oscuros de esa realidad que nos habían pasado desapercibidos. No hay mentira literaria bien hecha que no encubra una verdad. Decía Rulfo: “una novela es una suma de mentiras cuyo producto es una verdad”. Hay clichés de los que no puedes escapar salvo con la imaginación. La novedad viene a través de la imaginación y la ensoñación, incluso en la ciencia muchos descubrimientos han venido al salirse los científicos de los caminos trillados.
Escribiste en El huerto de Emerson. “Mi emoción y mi fantasía brotan de un escondido manantial que solo yo me sé”. ¿Nos puedes decir algo de ese manantial que solo tú sabes?
Es una verdad que no sé explicar. De repente, parece que estás escribiendo al dictado y salen de ti cosas que no sabías que estaban ahí, como si hubiera un manantial escondido del que de vez en cuando mana un poco de agua. Tal vez sea algo inspirado en Virginia Woolf, que para ella la escritura es como un pozo casi seco al que lanzas el cubo con la esperanza de sacar un poco de agua. Cuando uno escribe descubre que hay algo misterioso que te va llevando. Por eso el escribir, a veces, da satisfacciones tan extraordinarias.






