Ensayos, narrativa y libros de viajes para acercarnos a la complejidad de Rusia en el año en que se cumplen tres décadas del final de la Unión Soviética.

 

Texto: Antonio ITURBE   Foto: Gabriel CASAS

 

Luis Landero no tiene prisa. En sus libros los relojes se duermen. Su manera de contar tiene la capacidad de sumirnos en un tiempo suspendido y nos da igual lo que nos cuente porque todo es juego. En El huerto de Emerson (Tusquets) empieza paseando el lápiz por la hoja a ver qué topa, como el que sale de casa una tarde ociosa sin rumbo y se para a mirar las cosas con ese asombro del que es capaz de encontrar tesoros en cualquier esquina.

Todo el libro es una divagación que enlaza con otras suyas, con El balcón en invierno, pero también con el merodeo atolondrado de esos personajes suyos durante todos estos años en sus páginas tratando de perseguir sueños inútiles por caminos imposibles o perseguir sueños imposibles por caminos inútiles. Aquí algunos asoman también, como ese Pache que sintió en la vida rutinaria de su finca miserable la angustia y el afán del gran sueño de una vida luminosa y tuvo la peor desgracia que se puede tener: que se hiciera realidad. A Landero le gusta caminar, pero sobre todo le gusta extraviarse. Se pierde por el cementerio buscando la tumba de sus padres de la misma manera que se pierde entre fogonazos de recuerdos de una España precaria. Las frases de su primo o de un tío guardia civil que hablaba bajito se mezclan con las de los muchos libros que resuenan en su cabeza, sin que sean unas más verdaderas que otras.

Nos dice, o se lo dice a sí mismo y escuchamos el eco que rebota en su cabeza: “Como soy escritor y he sido profesor podría suponerse que al menos sé mucho o bastante de lengua y literatura y hacer novelas, pero yo creo que no. Mientras hablo, parece que sé mucho, pero en cuanto me callo, roto el espejismo. Solo quedan mondas, pellejos, desperdicios. Como lacónicamente anotó en su diario Thomas Mann después de asistir a una conferencia de Lukáks: “Mientras hablaba, tenía razón”.

Las razones de Landero son otras. Su verdad es tan incierta como la vibración de esa guitarra flamenca que tocó durante años en su juventud y con la que incluso fue de gira acompañando cuadros flamencos hasta Japón. Cree en la verdad de la literatura, tan falsa como cualquier otra. Una vez me confesó sentados en el salón de su casa de Madrid con el balcón abierto y un par de vasos de vino tinto en la mesa que creía en los milagros laicos.

Él desvela en este libro cuál es su secreto y no hay otro: “A veces pienso que nunca he superado el drama de dejar de ser niño, y que todo lo que hago lleva la marca de una infancia prolongada en secreto. Mi emoción y mi fantasía brotan de un escondido manantial que solo yo me sé”.