«Por los bosques. Los árboles son nuestra salvación» (Alfabeto), del veterano periodista cultural Lluís Vergés, una oda personal y sentimental a los bosques y a sus centenarios moradores: los árboles.

Detalle de la ilustración de ESTEFANÍA @acuastory publicada en la revista Librújula número 39

 

Texto: Diego PRADO  Ilustración: ESTEFANÍA @acuastory

 

Hace años escribí en un breve ensayo, que mantengo prudentemente inédito: (…) los bosques son la evasión del presente. Un bosque jamás vive en el ahora porque siempre es un reflejo de algo que ya estaba ahí mucho antes. Es una anacronía en el paisaje actual. Por eso, cuando un bosque desaparece, con él desaparece también la memoria.

He recordado estas líneas propias a propósito de la deliciosa lectura de Por los bosques. Los árboles son nuestra salvación, del veterano periodista cultural Lluís Vergés (Barcelona, 1954), un libro que desde su primera página se erige en una oda personal y sentimental a los bosques y a sus centenarios moradores: los árboles. ¿Y por qué dedicar un ensayo a los árboles? La respuesta la da el propio Vergés: Moran en el planeta desde hace más de 370 millones de años. (…) Los grandes vegetales han sido nuestros mejores aliados en la carrera de la civilización humana.

En efecto, han estado presentes en el devenir de nuestra evolución como especie desde el mismo día en que nos bajamos de sus ramas para andar erguidos. Nos proporcionaron sus frutos, fueron el combustible para el fuego, nos permitieron desarrollar la rueda, hicieron posible la navegación (y con ello, el contacto e intercambio entre culturas). Sus maderas nos sirvieron para fabricar muebles, viviendas, herramientas, aceites y resinas, fármacos,  instrumentos musicales y, por fin, el papel que alumbraría los libros. ¿Cómo no mirar con respecto y admiración a estos grandes amigos que, además, favorecen nuestra salud fabricando oxígeno en la maltrecha atmósfera, son imanes de lluvia y nos regalan su sombra, acunando la vida de los bosques? Sin embargo, haciendo gala de nuestro ancestral desagradecimiento como especie, la realidad indica que cada minuto se pierden en el mundo cuarenta hectáreas de árboles, en una deforestación atroz sin precedentes. Si, como apunta Vergés recordando la célebre frase del Cándido de Voltaire, debemos cultivar nuestro jardín, algo hemos hecho mal al no entender que ese jardín metafórico es la Tierra.

Pero este libro no es tan sólo un alegato a favor de los árboles y sus moradas, un simple tratado ecologista a la moda, sino un documentado y amabilísimo paseo por su historia (que es la nuestra). Científicos, filósofos, artistas de todo tipo, divagaron por sus senderos y trochas y aprendieron a amar la silenciosa confidencialidad de los árboles, seres sagrados ya para milenarias culturas. Por sus páginas asoman desde Darwin y Thoreau a Whitman, Van Gogh o Italo Calvino. Mitos, leyendas e historias dispares (de aparecidos, de bandoleros, brujas o seres fantásticos) se esconden en sus ramajes y siguen formando parte del imaginario colectivo de pueblos y civilizaciones enteras.

Volviendo a las primeras frases de esta reseña, si los árboles atesoran nuestra memoria, protegerlos y cuidarlos debería ser una obligación. Por todo ello, este es un libro valioso y necesario.