Lola Llatas y Mónica Rodríguez, premios Ala Delta y Alandar
De la ciencia a la literatura infantil y juvenil. Charlamos con las ganadoras de los premios Ala Delta y Alandar: Lola Llatas y Mónica Rodríguez.

Lola Llatas (izda) y Mónica Rodríguez (dcha.).
Texto: Redacción
Tradicionalmente, en el sistema educativo de nuestro país, elegir cursar estudios de Letras o de Ciencias era pertenecer a dos mundos antagónicos, imposibles de tener puntos en común. Actualmente, esas fronteras se han ido desvaneciendo, aunque esos prejuicios todavía siguen existiendo. Las ganadoras de los premios de literatura infantil y juvenil más veteranos de nuestro país: el Ala Delta y el Alandar de Edelvives, representan precisamente esa unión de las dos ramas del conocimiento . Lola Llatas y Mónica Rodríguez derriban con su trayectoria esa división, igual que demuestran que la literatura infantil y juvenil puede tratar temas tan serios y tan duros, como son la guerra y la soledad.
Lola Llatas, ganadora del Premio Ala Delta de Literatura Infantil con El jardín de los balones perdidos
Eres una ingeniera de caminos, eso debe hacer que vivas muy pegada al terreno y a lo tangible. Sin embargo, en tu obra narrativa el suelo de la realidad está lleno de agujeros hacia la fantasía. ¿Los ingenieros sois menos pragmáticos de lo que pensamos?
Si te soy sincera, nunca he entendido esa frontera tan rígida entre lo pragmático y lo imaginativo. La ingeniería, al menos como yo la vivo, no es solo cálculo y normativa: es, sobre todo, ingenio. Y eso implica imaginar, proyectar lo que aún no existe, atreverse a ir un poco más allá de lo evidente. Como ingeniera de caminos, sí, vivo muy pegada al terreno, a lo tangible: al peso de los materiales, a la resistencia de un puente, a la forma en que el agua busca siempre su salida. Pero precisamente ese contacto constante con la realidad te enseña que el mundo no está terminado, que siempre puede transformarse. Y ahí es donde entra la creatividad. Porque, al final, levantar una estructura no es tan distinto de construir una historia. En ambos casos partes de un vacío y tienes que llenarlo de sentido, de coherencia, de belleza incluso. Y para eso necesitas imaginar, hacer preguntas, abrir grietas en lo que parece sólido. Quizá por eso, en mi narrativa, el suelo de la realidad está lleno de agujeros hacia la fantasía. Es una prolongación natural. Cuando te pasas el día buscando soluciones, aprendiendo a ver lo que no está a simple vista, acabas entendiendo que la lógica y la imaginación son aliadas. Así que no, no creo que los ingenieros seamos menos pragmáticos de lo que se piensa… pero tampoco somos solo eso. Somos, en el fondo, gente que utiliza la creatividad para mover el mundo. Literalmente.
¿A ti de dónde te viene esa atracción hacia el otro lado de la realidad?
De intentar comprender el mundo, y eso solo puede hacerse si te comunicas contigo misma primero, si entiendes quién eres y qué has venido a hacer.
El protagonista de El jardín de los balones perdidos es un niño introvertido que crea un mundo imaginario. En estos tiempos en que el mundo de afuera nos angustia, ¿necesitamos refugiarnos en nuestro mundo interior?
Yo no lo llamaría refugio… o al menos no solo refugio. Ese niño de El jardín de los balones perdidos no se esconde del mundo, lo reinterpreta. Lo que hace no es cerrar los ojos, sino abrirlos de otra manera. Y eso, en tiempos en los que lo de fuera pesa, angustia o resulta difícil de comprender, es casi una forma de resistencia. Claro que necesitamos un mundo interior. Siempre lo hemos necesitado. Pero no para aislarnos, sino para sostenernos, para ordenar lo que sentimos, para dar sentido a lo que nos supera y reconocer qué caminos tomar.
Luis Alfonso se lleva mejor con los objetos que con las personas, pero incluso así es capaz de enfrentarse a lo que teme. ¿Nos da una lección sobre la importancia de salir de nuestra zona de confort para entender al otro?
Luis Alfonso es un niño al que le aterran los cambios. Todo lo que se mueve, lo que se transforma, lo que puede decepcionarle o sorprenderle, le genera inquietud. Por eso se refugia en aquello que no cambia nunca de opinión: los objetos. Son estáticos, previsibles, no le exigen nada. Con ellos se siente tranquilo y cómodo. A salvo. Pero claro, la vida no es estática. Entender al otro implica aceptar lo imprevisible, lo cambiante, lo que no podemos controlar. Y eso, para alguien como Luis Alfonso, es casi una revolución interior. Y ahí es donde está la clave del personaje. Porque, aunque su tendencia natural es quedarse en ese espacio seguro, acaba enfrentándose a lo que teme. No de golpe con un gesto heroico, sino poco a poco, casi sin darse cuenta. Y eso es muy importante: salir de la zona de confort no siempre es dar un salto enorme, a veces es simplemente atreverse a dar un paso. Porque al final, si solo nos rodeamos de lo que no cambia, corremos el riesgo de quedarnos quietos nosotros también. Y vivir exige cierto vértigo. Exige moverse, equivocarse, acercarse a lo que no entendemos del todo. Luis Alfonso nos enseña que ese miedo es legítimo, pero que no tiene por qué ser el final del camino. A veces, basta con asomarse un poco fuera de lo seguro para empezar, de verdad, a encontrarse con los demás. Y también con uno mismo.
En alguna narrativa infantil hay un edulcoramiento de la infancia. Esta es una novela empática pero también nos muestra que en la infancia hay soledad. ¿La infancia no es tan idílica como a veces se quiere hacer ver?
Yo creo que la infancia no es tan idílica como a veces nos empeñamos en recordarla. Quizá, con los años, la suavizamos, la volvemos más luminosa de lo que fue, porque necesitamos pensar que hubo un lugar completamente seguro al que podríamos regresar. Pero la realidad es otra. La infancia es la época de las primeras veces. Y las primeras veces no siempre son dulces: son intensas, desordenadas, a veces incluso difíciles de nombrar. Es cuando uno empieza a intuir la mortalidad, a descubrir la soledad, a enfrentarse a los cambios sin tener aún herramientas para comprenderlos del todo. Incluso el propio cuerpo se vuelve extraño, creciendo, transformándose, dejando de ser algo completamente conocido. Y, sin embargo, los adultos tendemos a minimizarlo. Nos empeñamos en creer que los problemas de los niños no son tan trascendentales, que “ya se les pasará”, que no tienen el mismo peso que los nuestros. Pero se nos olvida algo esencial: todo eso les ocurre en la época en la que son más inestables, más permeables, más vulnerables. Por eso me interesa tanto mirar la infancia sin edulcorarla. Con empatía, sí, pero también con honestidad. Porque reconocer esa complejidad no la hace más triste, la hace más verdadera. Y, de alguna manera, también más respetuosa con lo que significa crecer.
¿Qué querías que simbolizase el personaje de “la bruja” en esta historia?
La “bruja” nunca fue para mí un personaje pensado como alguien malvado en sí mismo, sino más bien como un símbolo. Un símbolo de la falta de comunicación, de esos silencios que se van agrandando hasta deformar la realidad. También de la incomprensión que nace cuando no somos capaces —o no sabemos— ponernos en el lugar del otro. Muchas veces no entendemos lo que tenemos delante, y en lugar de intentar descifrarlo, lo etiquetamos, lo convertimos en algo amenazante, en algo ajeno. Y ahí es donde aparece “la bruja”. Pero creo que hay algo más incómodo todavía: todos, en algún momento, somos ese personaje no grato en la historia de alguien. Todos podemos ser malinterpretados, todos podemos ocupar ese lugar de extrañeza o de rechazo en la mirada de otro. Por eso me interesaba que no fuese un símbolo plano, sino algo que invitara a preguntarse qué hay detrás. Qué pasaría si, en lugar de alejarnos, intentáramos comprender. Porque a veces, lo que parece oscuro no lo es tanto… simplemente no hemos sabido mirarlo con la suficiente empatía.
¿Cambiar la manera en que nombramos las cosas tiene su importancia?
Totalmente. Cambiar la manera en que nombramos las cosas no es un detalle menor, es transformar la forma en que las pensamos y, en cierta medida, en que las vivimos.Yo lo comprendí con mucha claridad viviendo en India. Allí tomé conciencia del poder de los sonidos, de los mantras, de cómo una palabra repetida con intención puede modificar tu estado interior, tu manera de percibir el mundo. No es algo abstracto: se siente, actúa en la psique de una forma muy concreta. Y luego, al vivir en otros países, confirmas que cada cultura nombra la realidad según sus propias creencias, sus miedos y deseos. No hay un lenguaje neutro: todas las palabras están cargadas de significado, de historia e intención. Por eso creo que debemos cuidar mucho cómo hablamos. Nombrar no es solo describir, es también crear. Es dar forma. Es abrir o cerrar posibilidades. A mí me gusta pensar que cada palabra es un pequeño conjuro. Y que, como todo conjuro, tiene un efecto. Así que sí, merece la pena elegirlas con cuidado, con conciencia, casi con respeto… porque, en el fondo, lo que decimos también acaba diciendo quiénes somos y cómo habitamos el mundo.
Mónica Rodríguez, ganadora del Premio Alandar de Narrativa Juvenil con Nara
Nara nos sitúa en la guerra, pero traspasa el relato de acción bélica. Los historiadores suelen contar los hechos y los números de la guerra. ¿Querías contar esa trastienda de la guerra que suele generar menos titulares y se cuenta mucho menos?
En efecto, quería con Nara relatar la guerra desde los ojos de una niña perdida y de un adolescente que se ve abocado a luchar, porque esas miradas contienen mucha más verdad que la de los adultos. Quería ir al drama individual que supone la guerra, la rotura de las vidas y los sueños de la gente corriente. Es una novela que sucede al margen de la batalla, en los límites, por personajes que nada tienen que ver con las razones de la guerra, pero que son devastados por ella.
No se oculta la cara más amarga, dura y descarnada de la guerra. A veces el cine, la literatura y los videojuegos muestran la guerra como un juego de estrategias indoloro. ¿Es importante no blanquear la tragedia de la guerra?
No podemos mentir, no debemos mentir. Es una cosa muy seria la guerra, es mandar al infierno a muchísima gente. Es arrancar de cuajo la vida de toda una generación o de varias, la única vida que tenemos, y eso se debe contar para no vanalizar la guerra y su sufrimiento. En el libro de Víctor Amela: Nos robaron la juventud, se recogen entrevistas a supervivientes de la Quinta del Biberón y de la Quinta del Perlagón, los muchachos de 17 y 18 años que fueron mandados a filas como carne de cañón en el bando republicano y nacional respectivamente. En una de las entrevistas, un anciano que perteneció a la Quinta del Biberón asegura: “No hay mayor engaño que la guerra”. Nadie les había contado que la guerra era matar a gente como ellos, era ver saltar por los aires a los suyos, recoger sus trozos; era que los fusilaran si no se atrevían a disparar, era el infierno de la metralla, la sed y las chinches en las trincheras. Era quedarse sin juventud y, en muchos casos, sin futuro. Tenemos la obligación de contar todo eso.
Hay una presencia incluso física de la poesía en la historia, pero la poesía aquí es algo más que letras bonitas. ¿Qué puede hacer la poesía frente a los fusiles y las bombas?
Frente a la barbarie la poesía puede consolarnos con su belleza, con su capacidad de nombrar lo innombrable, con su búsqueda de un significado profundo que dé luz a la perplejidad y la devastación. Y también por qué no, salvarnos con su palabra. Hacer que otros comprendan nuestra dolor.
Este agosto se cumplirán 90 años desde que murió Federico García Lorca. ¿Qué tiene él y su poesía que un siglo después siguen tan vivos?
Han pasado 90 años desde el comienzo de la Guerra Civil y el asesinato de Federico, uno de nuestros mayores poetas. Tenía 38 años cuando lo fusilaron. Segaron su vida y, con ella, lo que le quedaba por escribir. Lo mataron a él, pero su poesía sigue viva. Esa mezcla de lo popular y lo culto, la musicalidad y la intensidad de su voz dramática lo hacen único. Logra llegar a ese lugar que nos duele y nos desborda. Construye imágenes de una singular belleza, consigue, como decía él, ofrecernos esos misterios que suceden cuando se juntan palabras que nunca van juntas.
En una guerra desoladora, Nara se adentra en el bosque y el corazón de la niña se llena de esperanza. ¿Qué simboliza el bosque en esta historia?
El bosque es un personaje esencial en la historia, que cobra vida en los árboles y las matas y sobre todo en el gato salvaje. Es el refugio de la niña, el lugar alejado de los hombres, que la protege. También la luna o el tiempo con su simbolismo están muy presentes. Son todos ellos, quizá, la representación de ese otro personaje que es la poesía, que atraviesa la novela y la salva. Pero creo que cada lector debe encontrar su propia respuesta a esta pregunta.
¿Qué querrías que se quedase dentro del lector al terminar de leer tu libro?
Que la guerra es el peor de los engaños, que la poesía salva. Son los dos ejes de la novela, pero confío en que los lectores, con su mirada personal e inteligente, encuentren muchas otras cosas en el libro.
Dejaste la Física para adéntrate en la literatura. ¿Qué tienen en común?
La literatura y la física son dos caras de la misma moneda, buscan responder a las grandes preguntas y también a las pequeñas, la ciencia desde lo objetivo, desde la observación y la experimentación; la literatura desde lo subjetivo, desde la emoción y la intuición. No en vano, la literatura es el lugar donde exploramos todos los mundos posibles e imposibles, lo que fuimos y no, lo que seremos y lo que nunca vamos a ser. De alguna forma, la ciencia podría ser parte de la literatura.





