Livaneli y la nueva Turquía

El escritor, músico y activista político acaba de publicar en España “La casa de Leyla” (Galaxia Gutenberg) donde refleja los cambios sociales experimentados en Turquía entre finales del siglo XX y principios del XXI a través de la historia de Leyla, heredera de una vieja estirpe de nobles otomanos, expulsada de la pequeña casa construida dentro del jardín del yali, un tipo de mansión señorial a orillas del Bósforo.

Texto: David Valiente

 

Cuenta el escritor turco Zülfü Livaneli (Ilgın, 1946) que pidió a su padre una bicicleta y este no se la compró. No hacía mucho, el progenitor había leído una noticia sobre un trágico accidente que se había cobrado la vida de unos ciclistas y pensó que ese cachivache con dos ruedas y un sillín era demasiado peligroso para la integridad de su retoño. A cambio, le regaló un saz, una suerte de guitarra anatolia tradicional, sin boca y con forma de pera. Sin duda, acertó con el regalo: el potencial renacentista oculto en ese joven comenzó a florecer como los tulipanes invertidos en Hakkâri durante la primavera.

La prudencia paterna terminó orientando, quizás sin saberlo, una sensibilidad multifacética y artística que tiempo después no solo tuvo resonancia en el mundo de las letras y el folk, sino también en el de la gran pantalla y los discursos políticos. Zülfü Livaneli es un reconocido activista político muy crítico con la deriva autoritaria del actual gobierno en el poder en Turquía. Ya fue en los años setenta, cuando los jefes de las fuerzas armadas mandaron un memorándum al gobierno en ejercicio, forzándolo a dimitir y a formar uno nuevo bajo el control de la institución militar. Un joven Livaneli comprometido con los principios de la izquierda desafió con su música y su prosa a los poderes no democráticos y fue encarcelado en varias ocasiones. Temiendo que llegara el día en que solo pudiera ver el sol a través de los barrotes, comenzó un exilio itinerante por Europa que transformó su mundo interior y artístico y que duraría algo más de una década. Como dijo en una entrevista que concedió a este medio en 2023: “Como escritor, elegí el camino de la verdad, y esta decisión lleva su costo”.

Camino que, con sesenta años, demostró seguir cultivando al publicar en 2006 La casa de Leyla, traducida recientemente por Galaxia Gutenberg, y en la que cuenta la desventura de Leyla, heredera de una vieja estirpe de nobles otomanos, quien es expulsada de la pequeña casa construida dentro del jardín del yali, un tipo de mansión señorial a orillas del Bósforo, símbolo intemporal de la élite, que un día fue propiedad de sus abuelos, pero que más tarde un nuevo rico le arrebata de forma espuria. Yusuf, hijo del antiguo jardinero de la casa, acoge a la señora y la lleva al piso que comparte con su novia Roxy en el barrio bohemio de Cihangir.

Leyla apenas pudo disfrutar de la yali propiedad de su abuelo, ya que la desgracia y la vergüenza cayeron sobre la familia, y ambas suelen ir acompañadas de crisis económicas. La abuela de la protagonista solo logró sortear este bache deshaciéndose del inmueble, aunque conservó ese pequeño rincón del jardín, una casa diminuta pero acogedora, rodeada de jazmines, que se convirtió en el refugio de los recuerdos del pasado.

La casa de Leyla pone el foco en los cambios sociales experimentados en Turquía entre finales del siglo XX y principios del XXI. Un síntoma de esa transformación lo encontramos en el reposicionamiento de las élites del país. La tradicional nobleza otomana que fundamentaba su prestigio social en una larga línea genealógica, compuesta de tatarabuelos que habían servido, con mayor o menor gloria, a los intereses del Imperio resulta reemplazada por una caterva de nuevos ricos, sin etiqueta ni principios, sin héroes de los que presumir en la familia y legitimados en el nuevo orden social por su habilidad para acumular capitales internacionales.

Entre la caída de unos y el ascenso de los otros se producen una serie de tensiones que no se resuelven de la noche a la mañana. El mundo de la vieja guardia convive, muy a su pesar, con quienes desde abajo no han contado con el apellido ni el rancio abolengo. Livaneli recrea el desorden propio de las fricciones entre la modernidad y la tradición, mientras juega a ser un científico y hace de la ciudad su laboratorio particular, donde prueba el resultado de combinar distintos grupos sociales, culturas y caracteres.

Este mundo en proceso de cambio también fuerza a las personas a desafiar las verdades familiares e históricas. Aunque antaño se navegara sobre un mar en calma chicha, las tormentas se presentan sin anunciarse y el horizonte de color borgoña se oscurece con tonos que rompen la anterior armonía cromática. Uno de los protagonistas de la novela, Ali Yekta Bey, padre de Ömar Cevherğlu; pensó que las decisiones tomadas eran las correctas y su plan se desarrollaba sin fisuras. Sin embargo, al emerger la crisis, el sueño de toda una vida se convierte en amargura y desesperación.

Es duro afrontar la naturaleza temporal de lo idílico, pero lo es aún más reconocer la subjetividad dentro de lo paradisíaco. Livaneli nunca hace concesiones al pasado ni al presente. Trata de ser ecuánime en su análisis, sin caer en idealismo ni favoritismos que distorsionen o generen querencias inmerecidas en los lectores. Mira con las lentes del ahora y no abusa del feo vicio del proselitismo militante.

Por eso trata los procesos de cambio como lo que son: etapas de transición entre el comienzo de una época y el principio de una nueva realidad. Todo termina, pero nada acaba ni desaparece del todo, parecen gritar sus libros. Siempre habrá un brote pequeño tratando de romper los pedruscos secos del suelo más yermo. La nostalgia y la amargura de los personajes de la novela no son del todo derrotistas, alientan a confiar en la seguridad del puerto de llegada. Estoy convencido de que Zülfü Livaneli piensa que no hay nada de malo en escuchar una delicada melodía procedente de unas cuerdas desgastadas —y de un músico que ya ha vivido sus mejores años—, mientras no se desvanezca la oportunidad de que otras cuerdas afinadas toquen esas mismas notas.