László Krasznahorkai y la fragilidad de los profetas

El premio Nobel húngaro publica “Herscht 07769,” subtitulada como «La novela bachiana de Florian Herscht “(Acantilado). Una pincelada de muchos matices de más de cuatrocientas páginas para mostrarnos el inquietante resurgimiento del extremismo en Europa.

Texto: María López Bravo/ David Valiente  Foto: Lenke Szilagyi

 

¿Cómo explicar una novela con tantas capas escrita en un único párrafo sin un solo punto? ¿Qué enfoque darle a una maravilla literaria protagonizada por un profeta condenado al fracaso? Me había metido en un berenjenal. Empecé a ver otras reseñas de este libro, pero no era ese el camino que quería seguir. Por eso recurrí a una de las mujeres más importantes de mi vida: mi abuela. A sus 90 años, ella me mostró el camino con su silencio. Despejó mis dudas de la misma manera que el protagonista de esta historia no duda en su empeño de escribir cartas aunque nunca vayan a ser respondidas. Una reseña a cuatro manos y dos cabezas.

En esta novela, László Krasznahorkai hace algo que la crítica le ha alabado y que muy pocos pueden hacer: el texto está articulado en un solo párrafo de más de cuatrocientas páginas y con el único signo ortográfico de la coma para modular las pausas de la lectura.

El protagonista de esta nueva novela es Florian Herscht, un gigantón con apariencia de gorila de espalda plateada y rasgos psicológicos pueriles, que trabaja en una empresa de limpieza dirigida por un neonazi que no solo le da trabajo, sino que es lo más parecido a un padre que él ha conocido en décadas de existencia —ya sabemos lo que sucede cuando las redes estatales o los pilares sociales se desquebrajan y se margina a parte de la sociedad: los monstruos asumen el papel de progenitores de los marginados—. El gigantón invierte los pocos ratos que le deja el trabajo en escribir cartas a Angela Merkel con el fin de advertirle de que en la pequeña y tranquila Kana, un pueblo ficticio situado en el estado tangible de Turingia (Alemania), los neonazis aprovechan la erosión de los vínculos sociales y el deterioro de las instituciones públicas para ganar simpatizantes. Como cabría esperar, las cartas jamás obtienen respuesta. Con este argumento, el escritor húngaro se sumerge en una de las principales causas de la desafección política: los dirigentes se encuentran años luz de distancia de las preocupaciones, necesidades e intereses de aquellos ciudadanos con los que asumió el compromiso de servir en tiempos de estabilidad y aún con más ahínco cuando en el horizonte surgen nubarrones negros pronosticando tormenta.

Pero los desafíos también se presentan a nivel horizontal: la sociedad parece sufrir una sordera crónica que dificulta cualquier tipo de diálogo, por muy banal que se pueda presentar. Resulta difícil no recordar aquí la célebre sentencia de Joseph de Maistre: “Cada pueblo tiene el gobierno que se merece”.

Sin embargo, la verdadera genialidad de esta novela no radica en identificar los males, sino en recuperar un arquetipo arraigado en la tradición filosófica y literaria alemana  y encarnarlo en ese protagonista que deambula por la novela portando una verdad que el resto de seres humanos es incapaz de reconocer o que simplemente incomoda. Florian Herscht  personifica en pleno siglo XXI la siempre denostada y ninguneada figura del profeta. Al igual que ocurre con los personajes nietzscheanos, Zaratustra y el “hombre loco”, el gigantón con brazos de acero recibe la burla de las personas de su entorno por insistir en su carteo con la canciller: “No pretendo ofenderte, pero lo cierto es que te pones un poco en ridículo, y no solo a ti, sino también a mí y a toda nuestra sociedad”. Florian, sin quererlo, se convierte en un pastor sin rebaño pero con una ilusión inquebrantable que de nada le servirá porque todo aquel que haya leído a László Krasznahorkai sabe el gusto del autor por convertir a sus personajes en héroes derrotados —desde la primera página—, atravesados por ambigüedades y con un destino trágico escrito en el ADN como si de un libreto de opereta se tratase.

No obstante, me gustaría creer que la ingenuidad de Florian constituye la última posibilidad de resistencia frente a un mundo que parece precipitarse hacia su propia degradación. Ese mundo que ha escogido el camino de la incertidumbre; esa incertidumbre, que sostiene la obra del húngaro, acumula residuos de anteriores crisis. Y esos residuos engendran profetas ingenuos a los que jamás escucharán, aunque su mensaje pueda contribuir a reconducir esa realidad que ha tomado la decisión de escuchar la voz de la incertidumbre. Incluso la voz de los que hablan y lo dicen todo con los silencios, como mi abuela.