Las normas de la casa de John Irving
Estamos ante una nueva odisea de Irving, llena de giros del destino y personajes excéntricos, pero familiares a sus lectores. Cuarenta años después de la publicación de su gran novela, “Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra”, regresa al orfanato Sant Clouds’s en “La reina Esther” (Tusquets).

Texto: Pere Sureda
En esta novela, John Irving nos lleva a donde nunca nos había llevado antes y, de la misma forma, regresamos a uno de sus más memorables episodios en forma de novela: el universo del doctor Wilbur Larch y sus inhalaciones de éter, los abortos y las infancias difíciles. La traducción (impecable) de Juan Trejo de La reina Esther no desmerece en nada la maravillosa traducción que Iris Menéndez realizó en 1986 de Príncipes de Maine, Reyes de Nueva Inglaterra, llevada al cine por Lasse Hallström con una traslación literal del original inglés: Las normas de la casa de la sidra.
La nueva novela nos lleva a 1908, en el estado de Maine. Durante una noche muy fría y en medio de una intensa nevada, dejan a una niña de casi 4 años en el porche del orfanato St.Cloud’s, que dirige un joven doctor Larch. La historia sigue la vida de Esther Nacht, una huérfana judía nacida en Viena que, tras perder a sus padres, encuentra un hogar en Maine. Ese es el meollo de la novela. Pero el comienzo real lo encontramos con el retrato de la familia Winslow. Constance y Thomas Winslow tienen dos hijas, cada una con el nombre de una virtud. Ella es bibliotecaria y él es un maestro que venera la literatura, especialmente a Dickens. Los Winslow siempre han acogido a niñas huérfanas para que cuiden de sus hijas, tratándolas como si fueran miembros de la familia. Su huérfana más reciente es Esther, a quien han acogido del orfanato del Dr. Larch. Una chica tranquila, vivaz y culta que anhela explorar sus raíces, y por ello viaja a Viena y luego a Israel. Pero antes hace un pacto con Honor, la hija menor de los Winslow, y a través de este pacto, su futuro hijo biológico tendrá dos madres. Este es James, también llama do Jimmy, quien es criado por Honor, pero que nunca ha conocido a su madre biológica…
En este libro, Irving entrelaza las historias estadounidense, judía y europea tal como las viven sus personajes. Sus novelas son de sobras conocidas por sus giros inesperados, y nada se narra de forma lineal, todo comienza de forma vaga, como la propia Esther, antes de ir cobrando mayor claridad en las páginas que vamos pasando sin apenas darnos cuenta. Nos encontramos en la vasta red de acontecimientos que el escritor ha tejido hasta que la obra pasa a mirar las obras clásicas de la primera etapa de Irving como escritor. Eso sí, con una heroína que a menudo resulta un poco enigmática. Es una odisea que incluye, naturalmente, ese ingenio melancólico, así como los temas principales de Irving: la individualidad, la sexualidad y la historia universal. El poder redentor de la literatura en sí misma siempre está en el centro de todo. Esther y su círculo de amistades son muy cultos, así que no sorprende que ella quiera tatuarse una cita de Jane Eyre.
John Irving teje un magnífico tapiz de historias fatídicas, situaciones hilarantes y personajes peculiares, muy a su estilo. La novela respira un profundo sentimiento por los grandes temas de la humanidad. Los temas que hoy discutimos o debatimos, acaloradamente, siempre han formado parte de las novelas del autor. Es un escritor abarcador al que le encanta meterlo todo dentro de su particular cesta, para luego irlo sacando como si fueran conejos de una chistera.





