«La educación física», de Rosario Villajos

La editorial Seix Barral publica «La educación física», de Rosario Villajos.

 

Texto: Jorge ANDREU

 

El cuerpo femenino ha sido un lastre para las mujeres de muchas generaciones. Nombrarlo entraña todavía una serie de problemas derivados de ideales que chocan no sólo contra los derechos de la mujer, sino contra la dignidad humana.

La Educación Física, de Rosario Villajos, ganadora del Premio Biblioteca Breve 2023, representa a toda una generación que creció sin recibir una educación sexual. Frente a una visión de la belleza física aún gobernada por un deseo demasiado fiel a las fantasías del porno, en esta novela la exploración del cuerpo femenino es resultado del torpe manoseo que una adolescente insegura afronta en su memoria.

A principios de los noventa, Catalina tiene dieciséis años y, después de una experiencia traumática con el padre de su amiga Silvia, decide volver a casa en autoestop: puede ser, y lo sabe, un blanco fácil para cualquier depredador en carretera, como aquellas chicas del crimen de Alcácer. Son las seis y cuarto de una tarde de agosto y debe estar a las diez en casa. Su miedo se debate entre ambas posibilidades que cobran el mismo peso.

Esta doble dimensión del miedo −entre lo público y lo privado, entre lo social y lo familiar− es quizá la mayor virtud de una novela de personaje que transcurre en esas cuatro horas, una historia que se dilata en los recuerdos de Catalina entre su infancia, convaleciente de una enfermedad, y la formación de su carácter, convaleciente de otra menos evidente: la imposición de un orden moral que lucha entre otros dos polos. Pues si por un lado la influencia de su madre conduce a un desprecio obsesivo hacia su propio cuerpo por obligarla a estar guapa, por otro lado la falta de tacto del padre acentúa su inseguridad, binomio al que se suma la presencia de un hermano varón, Pablito, al que se le permite hasta la falta de colaboración en las tareas domésticas. El universo familiar de Catalina se desmorona hasta llevarla a no aceptar su condición femenina en busca de una rebeldía que no termina de alcanzar, porque en el fondo el ala materna pesa más que su conciencia.

Así, si en una amiga como Silvia o en Guillermo, o incluso en un muchacho como Juan, su primer novio −cuya madre la hacía sentir a gusto−, Catalina encuentra una vía de escape a su cárcel hogareña, es normal que su reivindicación de desobediencia la haya llevado hasta este punto. Ahora bien, recuerda Catalina mientras levanta el dedo sin éxito, un dedo que no para de morderse para aliviar su otro dolor, son otras muchas circunstancias las que la han traído a esta carretera solitaria en una tarde de agosto. La más inmediata es una experiencia con el padre de Silvia, que la trataba con cariño y ha pretendido dar un paso más, causando su huida de la casa de campo y haciéndola sentir culpable. Pero hay más: miradas en el instituto, de los chicos y de un profesor, los métodos pedagógicos del de Gimnasia para enseñarla a hacer el pino puente, la exploración de los médicos desde aquella enfermedad de su infancia, la prohibición de su madre de nombrar el sexo en cualquier aproximación.

Se monta así un engranaje narrativo en un largo flash-back que alterna la niñez y la adolescencia y oscila entre el miedo a llegar tarde a casa y el miedo a no llegar. Un miedo común a muchas chicas que temen volver solas porque hay lobos acechando.

La Educación Física de Rosario Villajos es, por tanto, una reivindicación de fortaleza para Caperucita, a la que la sociedad debería dar fuerzas para no depender de un cazador que la salve del lobo, para no temerle al lobo mismo.