La editorial Papeles Mínimos publica «Tiempo ordinario», la segunda entrega de los Diarios de Eduardo Laporte.

 

Texto: David PÉREZ VEGA

 

A principios de 2018 leí Diarios (2015-16), que Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) publicó en la editorial navarra Pamiela, y ahora, tres años después, publica su siguiente entrega diarística en la madrileña Papeles Mínimos. Pensé que para adentrarme en Tiempo ordinario, podía ser una buena idea releer sus Diarios (2015-16) a modo de prólogo. Y así lo he hecho a principios de septiembre. Si el primer tomo de los diarios acaba con el año 2016, Tiempo ordinario empieza en enero de 2017, enlazándose perfectamente un libro con otro. Así que opino, desde ya, que ha sido un acierto refrescarme la primera entrega para adentrarme en la segunda.

En el prólogo de Diarios (2015-16), el escritor Miguel Ángel Hernández apunta que la existencia de R., una chica con la que Laporte mantiene una relación sentimental intermitente durante el tiempo de la narración, acaba dando al diario continuidad narrativa. R. ha desaparecido de Tiempo ordinario y, por tanto, más que incidir en la idea de «continuidad narrativa» Laporte se adentra en estas páginas en la composición a base de apuntes, notas, reflexiones, aforismos…

He leído algunos diarios famosos de escritores, como La tentación del fracaso de Julio Ramón Ribeyro o El oficio de vivir de Cesare Pavese, pero en realidad no soy ningún gran lector de diarios. Sin embargo, diría que en la literatura española actual hay dos modelos fundamentales de escritores de diarios: el de Andrés Trapiello y el de Iñaki Uriarte. Laporte se encuentra, por lo que sé ‒y vaya por delante que comento esto sin haber leído ni a Trapiello ni a Uriarte‒ más conectado con la forma de hacer diarios del segundo. Más que reflexionar sobre los hechos concretos de su propia vida, y las personas que le rodean, Laporte apuesta por el apunte mínimo que trata de sacar brillo a situaciones cotidianas, a rincones sobre los que difícilmente se fija uno a primera vista. «Valoro cada vez más el tiempo ordinario. Podría ser un buen título para estas notas. Tiempo ordinario, un periodo de felicidad tranquila, mesetaria, en la que aflora el silencio y por tanto la vida.», leemos en la página 44.

A algunos temas que Laporte abrió en Diarios (2015-16) se les da continuidad en Tiempo ordinario: por ejemplo, Laporte parece sentir un interés adulto y nuevo por la religión y esto le lleva a visitar iglesias y acudir a varias misas. También se produce la repetición de alguna referencia; por ejemplo, en la página 11 leemos: «Decía Humboldt que sentía que le perseguían diez mil cerdos y que, solo lanzándose a la aventura, al viaje, fernweh, se calmaban. Es posible que me persiga algún cerdo que otro, privándome de un verdadero descanso. Los proyectos en curso, mal acometidos, tienen algo de porcinos acechantes que amenazan la paz al tiempo que te dan la vida.», esta comparación con los «diez mil cerdos» de Humboldt también aparece en Diarios (2015-16).

Si, como su propio título indica, Diarios (2015-16), se desarrolla durante un periodo de dos años, Tiempo ordinario abarca cuatro. Como no hay anotaciones temporales en las entradas, que suelen ser cortas, a veces no he detectado el paso de un año a otro. He notado en la nueva entrega una mayor depuración en las reflexiones seleccionadas. Aunque a veces se cuelan aquí algunos temas de actualidad, como el procés catalán, la intención de Laporte es que la actualidad no ocupe casi espacio en sus páginas.

Me ha resultado curiosa una entrada del diario en la página 62-63; es ésta: «Escribe Olmos en su blog que le gustaron en general los diarios de Uriarte, pero que hubo algo que le irritó y que solo con el tiempo detectó qué era: el tono progre. Si bien el autor reconocía que se pone guapo y que añade coquetería intelectual a sus escritos ‒como hacemos todos‒, ese alinearse a lo progre acabaría resultado sospechoso. Porque nadie es progre las veinticuatro horas del día y menos en la intimidad.» Diría que a partir de aquí, esta anotación más o menos se encuentra en mitad del diario, Laporte parece tomarse en serio esta reflexión de Alberto Olmos y hace algún comentario antiprogre en sus páginas, algún comentario con más maldad que la que estaba dejando ver hasta ahora.

Cuando comenté Diarios (2015-16), dije que Laporte usaba algunas palabras de moda en las redes por esos días, como «cipotudo» o «patulea», y esto ya ha dejado de hacerlo. También dije, al comentar el diario pasado, que no me acababan de gustar algunas expresiones hechas que usaba, como «se pasaron siete pueblos en su aplicación», «meter cuña» o «sueltan su chapa», y, no sé si me habrá hecho caso, como parecer habérselo hecho a Olmos, pero estas expresiones que afeaban un tanto la que, en general, es una prosa elegante y cuidada han desaparecido.

El lenguaje de Tiempo ordinario me parece más depurado que el de la entrega anterior, con una buena carga poética y reflexiva. Por ejemplo, me ha gustado esta entrada: «Un rayo de sol se coló en el banco, en una sucursal del paseo de las Delicias. Le caía al cajero en el rostro, dibujando un zigzag como de David Bowie, pero él no se apartaba. “Solo ocurre unos días al año, con el solsticio de invierno”. Un diario debería estar poblado de imágenes como esas.» (pág. 37)

Ya he comentado que es difícil seguir la pista a las actividades de Laporte en los diarios, pero al final se acaban filtrando algunos datos: cambios de residencia, oficios que ha de tomar para complementar el dinero ganado con el periodismo, etc.

En gran medida las entradas de este diario, que no suelen pasar de media página, acaban teniendo la densidad de un poema. Quizás si Laporte hubiera decidido probar con la poesía cortando sus frases, Tiempo ordinario se podía haber vendido como un poemario. Me he dado cuenta de que la sensación final que he tenido al terminar el libro ha sido la misma que al leer un buen poemario. Un poemario reflexivo y melancólico, porque estos adjetivos que ya servían para calificar las entradas de Diarios (2015-16) se vuelven en esta nueva entrega más pertinentes.

Cuando comenté los Diarios (15-16) ya dije que me había parecido que Laporte hablaba de mí en una entrada, pero que se trataba de una falsa alarma. En Tiempo ordinario creo que sí he encontrado, hacia el final, unas palabras en las que está hablando de mí, sin nombrarme. Serían estas: «Decirle a un autor cuyo libro te gustó que te has olvidado de incluirlo en tu lista de mejores libros del año es peor que haberlo olvidado. Callo» (pág. 133). Creo que el libro era mi novela Caminaré entre las ratas, y he de decir que al final sí que me lo contó. Y me gusta pensar, aunque sea por un olvido, que aparezco en este bello diario.

Tiempo ordinario es el tercer libro que leo de Eduardo Laporte, después de La tabla y Diarios (15-16). Además sé que ha publicado la novela Luz de noviembre por la tarde, en la que hablaba sobre la prematura muerte de sus padres. La tabla era una investigación periodística sobre un exalumno de su colegio que estuvo treinta horas perdido en el mar agarrado a una tabla de windsurf. Me parecía curioso que Laporte no hubiera publicado nunca una novela de ficción pura y en Tiempo ordinario se enumeran los títulos de una bibliografía fantasmal: todas las novelas de ficción que ha escrito, pero que no ha visto publicadas. Diría que en un libro tan bello y reflexivo como Tiempo ordinario es donde Eduardo Laporte ha encontrado realmente su tono. He disfrutado mucho de este libro, y añadiría más: he disfrutado más de la relectura de Diarios (15-16) que lo que recordaba haber disfrutado de su lectura. Me ha gustado la experiencia de leer estos dos libros seguidos. Auguro que, cuando en algún momento del futuro, se puedan publicar todos los diarios de Laporte juntos, como ocurre con los de Iñaki Uriarte, éste ha de ser un gran libro.