Robin Wall Kimmerer reivindica la cultura indígena basada en la comunión con la Naturaleza en “Una trenza de hierba sagrada” (Capitán Swing)

 

Texto: Guillermo ESTEBAN

 

Hacer una trenza es un trabajo en equipo, se necesita que uno sujete para que otro pueda ir tejiendo. La directora y fundadora del Centro para los Pueblos Nativos y el Medio Ambiente, la americana Robin Wall Kimmerer, imbrica en Una trenza de hierba sagrada tres hilos que nos invita a sostener y sobre los que reflexionar: los saberes indígenas, el conocimiento científico y su propia vida como anishinaabe, investigadora, madre y profesora de botánica.

Los relatos cosmogónicos de las diferentes culturas nos permiten conocer sus valores, miedos y maneras de comprender el mundo. También el idioma es algo más que palabras, pues en él habitan ideas y formas de expresarlas que no existen en ningún otro lugar. La continua persecución que padecieron y padecen las comunidades indígenas por parte de los colonos y el Estado ha supuesto una pérdida irreparable de relatos, palabras y vidas. Afortunadamente, se está dando una revitalización de la cultura indígena pero la brecha generacional provocada es un obstáculo enorme.

La cosmovisión indígena parte del relato de Mujer Celeste, una mujer embarazada que se precipita desde el cielo con semillas del jardín superior dentro de sus puños, a la que los animales salvan de la caída y que siembra, sobre el caparazón de una tortuga, las plantas que harán de maestras a la criatura que lleva en su vientre, para que aprenda a ser humana. Porque las plantas son profesoras, y nada silenciosas de hecho, pero su elocuencia se transmite a través de otros lenguajes, recibimos sus lecciones atendiendo a la manera en que viven, observando el apoyo mutuo que se brindan y que les ha permitido prosperar en las condiciones más extremas: los buenos modales del Llantén, que le hacen ser bienvenido allá donde va; los cuidados que se profesan las hojas jóvenes y viejas de Nenúfar o la solidaridad de las especies veceras que, para que ningún árbol se quede atrás, pactan un florecimiento mutuo. Kimmerer trata a las plantas con nombre propio, como personas no humanas, en una “gramática de lo animado” que contribuye a recortar la distancia que establece el idioma científico, “reduccionista, mecanicista y estrictamente objetivo”.

Ciertos idiomas indígenas tienen un término para referirse a las plantas que puede traducirse como “aquellas que cuidan de nosotros”. Las plantas nos dan alimento, medicinas y lecciones de vida. Querer a la tierra puede ser un enunciado tan superficial que quepa perfectamente en una bandera, pero saberte querido por la tierra cambia inmediatamente nuestra relación con ella. Los regalos siempre se reciben con la responsabilidad y el deseo de corresponder. Debemos considerar el hecho de que nuestra relación con el resto de la naturaleza puede no ser exclusivamente dañina, podemos participar también de relaciones simbióticas de codependencia. Los fresnos se ahogan y mueren si los cesteros que los talan no abren regularmente claros entre ellos, o el trigo, tras siglos de relación mutua, ya no pierde las semillas con el viento sino únicamente con la trilla, nos necesita para sobrevivir, y nosotros, qué duda cabe, no podemos vivir sin pan.

Todo radica en llevar a cabo lo que se conoce como una Cosecha Honorable. No tomar más de lo que se nos ofrece. Sustituir la escasez artificial que alimenta el consumo compulsivo por una asunción de la abundancia y una economía basada en el dar y el recibir. “La mayor parte de lo que utilizamos diariamente es el resultado de otra vida” y la voluntad de reciprocidad ayuda a resolver la tensión moral que supone quitarla. Frente al ecologismo de la desesperanza que solo paraliza, Kimmerer propone ceremonias que muestran nuestra relación con la tierra, llamando así nuestra atención, que puede evolucionar entonces en intención para finalmente convertirse en acción.

“La palabra ecología viene del griego Oykos, que significa hogar”. Los seres humanos fuimos los últimos en llegar al mundo, somos inmigrantes, no nativos, pero sí podemos naturalizarnos, integrarnos en la naturaleza y participar en su reciprocidad, cuidar de un futuro que no nos tocará ver y hacer del círculo de cuidados una espiral que aumente infinitamente su radio.