En esa eterna persecución de la gran novela americana, Franzen va en el pelotón de cabeza. A su alrededor se genera mucho ruido pero, como apasionado de la ornitología, a veces se esfuma en busca del silencio de las aves en la distancia. Acaba de publicar su último novelón de ese realismo que te golpea: “Encrucijadas” (Salamandra).

 

 

Texto: Antonio LOZANO Foto: Kathryn CHETKOVICH

 

Se cumplen veinte años de la coincidencia del mayor trauma colectivo reciente de la sociedad americana con el ascenso sincrónico a su cúspide literaria de un autor que sorteó el riesgo de quedar identificado para siempre con un gafe cósmico. El día siguiente a los atentados del 11 de septiembre de 2001, Jonathan Franzen (Western Springs, Illinois, 1959) debía coger el primer avión de una larga gira promocional por Estados Unidos de Las correcciones, la novela en la que había estado una década trabajando y que suponía un cambio de giro hacia el realismo social después de explorar la vía posmoderna en sus dos primeros trabajos: Ciudad veintisiete y Movimiento fuerte. El tour quedó tocado de muerte (y perdón por la ironía). ¿Quién iba a estar por la labor de atender las seiscientas páginas en las que se abordaba con grandes dosis de sarcasmo las miserias de una familia del Medio Oeste? El libro parecía condenado, pero ocurrió justamente lo contrario: comenzó a ser la comidilla del mundillo literario, a escalar en las listas de ventas y a atesorar reconocimientos (entre ellos, el National Book Award de novela). Las correcciones alcanzó esa rarísima condición de título que es, a un tiempo, fenómeno comercial, motivo de debate cultural y foco de discusión en ambientes no lectores. Se diría que el país había encontrado al fin su “Gran Novela Americana”, ese retrato ambicioso de su sociedad atomizada, el reflejo narrativo de su espíritu huidizo. En un momento de depresión anímica y de amenazas exteriores a su seguridad, con la administración Bush azuzando el patriotismo y el miedo con su “guerra contra el terror”, una ficción venía a recordar la potencia de las letras estadounidenses. La literatura seguía importando, era un refugio, pasase lo que pasase; la familia americana todavía merecía seiscientas páginas de análisis y discusión por parte de un escritor superdotado.

El problema era que, lejos de consistir en una visión complaciente o esperanzadora del alma nacional, la novela suponía un retrato familiar devastador, con sus miembros perdidos, deprimidos y enfrentados. La senilidad, la infidelidad y la incomunicación campando a sus anchas. Y un agravio todavía mayor: los habitantes del Medio Oeste aparecían como seres rústicos y cerriles, lo que podía interpretarse como una venganza personal del propio autor con sus orígenes, un ajuste de cuentas con los ambientes provincianos de los que había huido en los años 1970 para instalarse en Nueva York.

Esta cruda aproximación a las dos Américas, la urbanita y sofisticada versus la paleta que hoy llamaríamos trumpista, al tiempo que una tendencia (autoconfesa) a ridiculizar a sus criaturas (ergo, al norteamericano corriente), provocaron que, en paralelo al reconocimiento crítico y las ventas estratosféricas, el autor despertara una fuerte corriente de animadversión. Este desencuentro alcanzó cotas histéricas a raíz de la sonada renuncia del autor a visitar el plató del show de Oprah Winfrey, la mujer más adorada del país y diosa de la prescripción con su club de lectura televisivo, después de declarar su incomodidad con el enfoque de un programa que parecía anteponer el espectáculo y el lucimiento personal a la promoción de los libros y la difusión en general del amor por la lectura. Franzen podría haber salido relativamente indemne mientras las cuestiones espinosas se hubiesen circunscrito a la esfera del libro, pero su afrenta a la starlette lo transformó en el segundo individuo más odiado de América, solo un peldaño por debajo de Osama bin Laden.

A su causa no ayudaba el que transmitiera cierta altivez en las entrevistas por medio de un discurso donde lamentaba la falta de calidad y miras en el panorama narrativo estadounidense (lo que venía a dejar implícito que él venía a llenar ese vacío), exhortando a los de su gremio a realizar un esfuerzo colectivo por devolver las letras a un lugar de prominencia en la formación personal y en el debate de acuciantes cuestiones sociales. A estas alturas muchos debían preguntarse si el llamado a resucitar las letras patrias no escondía a un engreído o un cretino. Lo que no habían conseguido los atentados simultáneos del 11-S —frenar de antemano la proyección de su obra— podría desencadenarlo él mismo a posteriori con sus declaraciones.

Pero, en la configuración de esta virulenta campaña anti-Franzen, también tuvo un papel clave, por descontado, la mezcla de envidia y rabia que generaba la omnipotencia mediática del escritor. La tendencia a concentrar alabanzas y atenciones sobre un único título en el que converge la calidad y la polémica es común a todos los mercados literarios y, en el caso de Las correcciones, fue un fenómeno especialmente acusado. No le faltaron haters en España. Recuerdo cómo durante una cena, tras un acto literario en Barcelona, un escritor argentino y una editora estadounidense se dedicaron a despedazarla a la hora de los postres, repitiendo varias veces, lo más probable que envalentonados por la ingestión alcohólica, una frase que resumía la inquina que despertaba la novela: “The Corrections needs corrections”, esto es, “Las correcciones necesita correcciones” (aunque cabe decir que, hasta cierto punto, esta reserva en concreto me parece justificada, puesto que los libros del autor adolecen de una extensión algo desmesurada, es decir, ganarían con un escrupuloso trabajo de edición). Una muestra del hartazgo que provocó la sobreexposición en prensa del libro me la dio una editora latinoamericana en Madrid, durante el cóctel previo a la concesión de un reputado galardón literario, cuando, citando un artículo que le había dedicado al mismo, me dijo, entre risas incapaces de disimular el fastidio que le provocaba el asunto, “pero basta ya con Franzen, por favor, ¡si es que está hasta en la sopa!”.

Contra la leyenda negra

A todo esto, llegó el momento de conocer a the man himself. Seix Barral invitó al escritor en 2002 a una mini-gira por España y entre los periodistas cundía la curiosidad de si estaría a la altura de la leyenda negra que acarreaba, si esa fama de pedante y difícil se materializaría en persona. Mi primer recuerdo visual de Franzen es inolvidable por cuanto me aguardaba en un salón de un céntrico hotel barcelonés en el que había apagado todas las luces con el objetivo de relajarse entre una entrevista y otra. Para entonces ya se había ganado cierta fama de huraño entre el equipo de la editorial: marcaba distancias, había reducido al mínimo los compromisos sociales, se diría que reverenciaba el silencio. Dos incidentes no auguraban que el encuentro fuera a discurrir por los canales más plácidos: 1) el fotógrafo de la revista comentó que le había llegado que su novela tenía similitudes con American Beauty, la película de Sam Mendes a la que el escritor había masacrado en un artículo como ejemplo insuperable de impostura y pretenciosidad y 2) este periodista tuvo que salir corriendo a comprar pilas para la grabadora transcurridos apenas cinco minutos del inicio de la entrevista.

Sin embargo, bastó esa hora de charla para que quedara claro que la conversión del escritor en una suerte de demonio no era más que una campaña de desprestigio, una práctica muy común con aquellos que han alcanzado la celebridad literaria con un solo título. Sin duda, Franzen era reservado y daba ligeras muestras de que habría preferido un millón de veces la soledad a la compañía de un desconocido (no en vano, uno de sus ensayos más lúcidos lleva por título Cómo estar solos) pero respondió de forma extensa y argumentada, demostrando la seriedad con la que se tomaba la labor por el tiempo que dedicaba a rumiar sus explicaciones. Luego quedé convencido de que, si había algo de cierto en el rumor de que los periodistas españoles no le habían parecido un dechado de profesionalidad, se debía a que su propio nivel de exigencia era tan acusado —con la literatura en general, con sus propios libros, con su implicación promocional…— que lamentaba que sus interlocutores no estuvieran a la altura (probablemente acabar el voluminoso Las correcciones no había sido una práctica extendida entre los del gremio) y en ocasiones intentaran compensar el vacío de conocimientos con la adulación (daba síntomas de llevar muy mal el agasajo, otro probable motivo de fricción con los miembros del sello, que convinieron en tildar de frío su trato).

Esa buena conexión —al menos a mi parecer— y la constatación de los malentendidos que circulaban sobre su figura fueron afianzándose en la década siguiente gracias a dos entrevistas más, estas celebradas en su apartamento neoyorquino con mucha más calma y un marcado sentido de la hospitalidad. Mi impresión es que Franzen siempre colocaba el listón alto para el periodista porque de lo único que le interesaba hablar era de literatura, de sus libros y de asuntos sobre la historia, la política y la sociedad de su país ligados a su obra. Si uno se ponía el esmoquin, la recompensa llegaba en forma de ideas brillantes, expuestas con un gran sentido de la ironía y frases largas e intrincadas que recordaban la forma de razonar de sus criaturas de ficción. Un gesto de cortesía —que me invitara a escucharle en un acto enmarcado en el festival literario organizado por el semanario The New Yorker— y un gesto afectuoso —que me dedicara mucho tiempo de conversación en un cóctel de bienvenida al Hay Festival de Cartagena de Indias mientras yo insistía de forma reiterada en que atendiera a sus anfitriones— me confirmaron que debía de ser un interlocutor digno.

Sin bajar de la ola

En las dos décadas desde la publicación de Las correcciones, Franzen ha aparecido en la portada de la revista TIME, se ha mudado a California, ha dado sobradas muestras de su amor por las aves y su preocupación por el cambio climático, ha firmado uno de los panegíricos a un amigo escritor más bonitos del siglo XXI (Más afuera, dedicado a David Foster Wallace) y, lo más determinante, ha publicado tres novelas y tres colecciones de ensayos que lo han mantenido en lo más alto de las letras estadounidenses contemporáneas. La salida de Encrucijadas, su última ficción, ha sido bienvenida de nuevo como un acontecimiento, algo reservado por lo general a autores que son marcas comerciales de ámbito global. De modo que su obra continúa demostrando que la literatura exigente y cercana de preceptos decimonónicos conserva un lugar en la cultura popular. Y la novela en sí, primera entrega de una trilogía que llevará por título A Key to All Mythologies, un retrato de los atribulados miembros de una familia numerosa de Illinois en los años 1970, reúne toda la fuerza narrativa y las grandes preguntas que han definido sus anteriores trabajos. Sus personajes saltan del papel, los tránsitos temporales son pura armonía y en sus páginas hierve una inteligencia, una capacidad analítica y un sentido del humor apabullantes. Por el camino ha depurado excesos fruto del ensimismamiento y ganado en madurez, calidez y medida. Aunque hubiese sido un ogro y un soberbio, de nuevo la literatura lo habría absuelto de todos sus pecados.