Javier Morales, un caminante tras los pasos de John Berger
Publica «Mientras quede una rosa. Miradas de John Berger» (Cuatro lunas).

Texto: Diego Prado Foto: Nati Leal
Extremeño afincado en Madrid, el periodista, profesor de escritura creativa y narrador Javier Morales (Plasencia, 1968) se ha ido destacando como un autor referencial dentro de lo que algunos llaman la ecoliteratura, una firme militancia en pos del respeto a la naturaleza y los animales. Tras libros testimoniales como El día que dejé de comer animales y Caminar con Gary Snyder y otros poetas, o incursiones en la novela y la narrativa breve, persigue ahora los pasos por España del polémico escritor, pintor y crítico de arte británico John Berger (1926-2017) Hablamos con él a propósito de Mientras quede una rosa. Miradas de John Berger (Cuatro lunas).
Tu nuevo libro, Mientras quede una rosa, es una especie de íntimo recorrido por los caminos que Berger transitó en nuestro país y de las personas que conoció. Sé que el influjo de la obra de Berger ha sido importante para ti. ¿Cómo llegas a él?
Efectivamente, Berger tuvo una relación especial con España por varios motivos. De hecho, fue uno de los países en los que más ha influido su obra. Quizás por mi condición de extremeño, siempre he tenido un interés especial por la naturaleza, la agricultura o el mundo rural. Cuando me enteré por la prensa, supongo que por alguna reseña, de la publicación de Puerca tierra, el primer libro de su Trilogía de las fatigas, fui a comprarlo inmediatamente y lo devoré. Aparte de lo que decía, muy importante, me fascinó sobre todo cómo lo decía, la forma. Era algo nuevo para mí. Como lector y como escritor supuso un punto de ruptura. Una nueva manera de mirar el mundo y la escritura.
Berger apoyó abiertamente la causa palestina, hoy tan candente, y se distinguió por su carácter combativo frente a las estructuras capitalistas en la producción artística, entre otras cosas. ¿Fue de algún modo un visionario?
Más que un visionario, diría que fue alguien que supo leer muy bien el tiempo en el que vivía. Aunque fue crítico con algunos aspectos del marxismo, lo reivindicó siempre como un método de análisis muy preciso de la sociedad capitalista, que nos ha llevado al desastre, a las guerras y al ecocidio. Siempre estuvo al lado de las causas menos favorecidas por el orden internacional e imperialista, como la palestina, que por desgracia ha ido a peor y que, lejos de resolverse, hoy asistimos a un genocidio televisado sin que nadie diga nada, salvo excepciones. Respecto al mundo del arte y la escritura, nunca cayó en la trampa de confundir la calidad del arte, de una obra, con las ventas, algo que cada vez se impone más, por desgracia.
Para escribir este libro has tenido que visitar a mucha gente que trató de cerca al autor inglés. Explícanos un poco cómo fue este proceso.
Quería que fuese un libro híbrido, en todos los sentidos, en el que mezclaran varios géneros (reporterismo, ensayo, poesía, narración…) y también diversas voces, incluida la del propio Berger, claro. Y lo estructuré al hilo de algunos de los temas que para él fueron muy relevantes (como la emigración, el mundo rural, la naturaleza, el arte, la escritura) y de personas que, de alguna manera, tuvieron algo que ver con él. De modo que es también un libro de viajes, los que hice para hablar con algunas de estas personas, como Marisa Camino, en las Merindades, o Yves Berger, su hijo, en Quincy, donde vivió Berger. Luego vino el proceso más complejo, armar todo ese mosaico de voces y textos y darle fluidez y sentido. Espero haberlo conseguido.
John Berger nunca fue un escritor cómodo para los poderes fácticos ni para los convencionalismos del arte. ¿Crees, sin embargo, que su perspectiva marxista pudo condicionar de algún modo una mayor difusión de su obra?
A pesar de su importancia y del alcance e influencia de su obra, nunca dejó de ser un autor periférico. Tenía lectores muy fieles, que tejíamos una gran red de resistencia, la que él contribuyó a crear a lo largo de los años. Creo que su filiación marxista pero, sobre todo, su alergia al poder, no le ayudó a ser reconocido. Por ejemplo, cuando le concedieron el Premio Booker Prize por su novela G., le entregó la mitad del premio a las Panteras Negras porque consideraba que el dinero provenía del esclavismo. Este gesto despertó una polvareda. Eso no lo hacen la mayoría de los autores, esa honestidad. Por otro lado, casi diez años después de su muerte creo que los tiempos oscuros en los que vivimos lo han dejado un poco al margen. Este año se celebra el centenario de su nacimiento y, al menos hasta el momento, no veo que haya mucho movimiento para conmemorarlo. Es el signo de los tiempos.
Josep Pla decía que el ser menos ecológico del mundo era el payés, que ha hecho del campo su medio de vida, sin tiempo para recrearse en lo bucólico. ¿Crees que esto ha cambiado o, por el contrario, ha ido a peor?
Creo que, en parte, es normal que así sea porque para el payés, para el campesino o agricultor, el campo es su medio de vida y no lo ve en términos paisajísticos, aunque sin duda el paisaje está ahí. Con el tiempo esa desvinculación se ha agudizado porque, como decía el propio Berger, puede haber agricultura sin agricultores y campesinos. Pero la realidad es que la conservación de la naturaleza es fundamental para la agricultura y la supervivencia del mundo rural. Hoy ese paisaje rural tiene diversas amenazas. Por un lado, la expansión urbanística y turística. Por otro, los agroquímicos y la ganadería intensiva. Y también, por qué no, determinados proyectos de algunas multinacionales que, sin conciencia ecológica y ambiental, están imponiendo grandes instalaciones de renovables. Por supuesto, la transición energética pasa por las renovables, pero en el proceso hay que tener en cuenta a la gente que vive en el campo.
Desde la pandemia mucha gente ha optado por mudarse a pequeños pueblos, alejados de los grandes centros urbanos, y esto parece haber puesto de moda un cierto neorruralismo, una especie de vuelta a la aldea, que se ha extendido significativamente a cierta narrativa actual. Esto no siempre se traduce, por desgracia, en mayor conciencia ecológica. No quiero acabar sin preguntarte, ¿qué opinión te merece este fenómeno?
Cuando John Berger dejó el Londres de mediados de siglo para irse a vivir a Quincy, un pequeño pueblo de los Alpes franceses, sus amigos de la metrópoli no lo entendieron. Nunca se engañó ni engañó a nadie y dijo que él no era campesino, aunque trabajaba en el campo a cambio del alquiler de la casa en la que vivía, porque a diferencia de sus paisanos él siempre podría marcharse de allí. Tuvo conciencia de ese privilegio, digamos. En las últimas décadas, sin embargo, ha habido un movimiento importante (aunque no tan masivo) que deja las ciudades en busca de una vida mejor en el campo. Pero como dices, ese movimiento no se traduce necesariamente en una mayor conciencia ecológica ni en la asimilación al medio. No se puede generalizar, claro, pero en algunas ocasiones lo que se hace es trasladar el mundo urbano al rural, con las “comodidades” de la gran ciudad pero en un entorno natural. En mi opinión, creo que hoy, tan importante como la vuelta al campo en busca de una reconexión con la naturaleza, de la que formamos parte, y que podría estar muy bien en muchos aspectos, es la renaturalización de las ciudades. ¿Por qué no luchar para eliminar el asfalto, plantar árboles, limitar drásticamente el vehículo privado? No son procesos incompatibles.




